Víctima beneficiaria del Fondo de Educación de la Unidad para las Víctimas

Pasos de dignidad en el Catatumbo

Mileyni Ramírez tenía 13 años cuando cayó en un campo minado. La explosión y la demora en ser atendida en un centro médico le costaron la pérdida de media pierna, pero paradójicamente esta tragedia le dio fuerzas para superarse y hoy está a punto de ser profesional.

Mileyni Ramírez tenía 13 años cuando perdió una pierna por una mina antipersonal. / Unidad para las Víctimas

Fue el 9 de mayo de 2004, justo antes del atardecer. Mileyni Ramírez tenía 13 años. Salió de su casa ubicada en el corregimiento Kilómetro 60. Iba de Tibú a La Gabarra, una distancia que le tomaría 10 minutos a pie. Iba a hacer una tarea escolar, pero en su camino se encontró la tragedia que le cambió la vida.

A mitad de camino sintió deseo de orinar. Se alejó de la carretera y buscó refugio entre la vegetación. Cuando terminó y estaba acomodándose su pantaloneta, perdió el equilibrio. Su pie derecho buscó apoyo justo sobre un hueco cubierto por hojas. Un paso que marcó su vida para siempre: al pisar sonó un estallido que la dejó sorda por una horas y completamente indefensa.

“A pesar del ruido quedé consciente. Revisé mi cuerpo y vi que me faltaba la mitad del pie derecho. De inmediato supe que había pisado una mina antipersonal. En ese momento pensé en un soldado al que 15 días atrás le había sucedido lo mismo, en una cancha de fútbol del pueblo. Yo no sentía dolor, pero sí botaba mucha sangre”, recuerda Mileyni.

Se levantó como pudo. Salió a la carretera a pedir ayuda. Pero los gritos se los llevó el viento. Con mucha dificultad llegó hasta una casa cercana, de donde salió un hombre que se negó a llevarla hasta la base militar del municipio. En cambio le comunicó al presidente de la Junta Comunal, quien localizó a Eva, la mamá de Mileyni. En minutos llegó Eva angustiada y fueron a pedirles a los mandos militares que la llevaran en helicóptero hasta Cúcuta.

A cambio de helicóptero le prestaron un carro militar que las transportó hasta el puesto de salud de La Gabarra. Allí no encontraron medicamento para evitar la gangrena. Un habitante se apiadó y les entregó tres ampolletas. De allí la mandaron en ambulancia al hospital Erasmo Meoz, de Cúcuta.

Como no estaba registrada en el Sisbén, el turno para ser operada se demoró. Fue la previsión de Eva, que pidió una constancia de lo ocurrido a la Personería de Tibú, lo que permitió el trámite de la operación. Seis horas después de haber perdido su pie, la niña entró al quirófano. Era la medianoche.

“Me desperté a la una de la tarde del 10 de mayo. Sola, desnuda, cubierta sólo con una sábana y con un muy intenso dolor. Me percaté de que me habían cortado casi la mitad de la pierna derecha y al verla así me puse a llorar”, recuerda.

“No podía comprender cómo, si la mina sólo me había arrancado medio pie y pude caminar apoyada en mi talón, por qué ya no tenía media pierna. El médico me explicó que las inyecciones se aplicaron muy tarde y que tuvieron que cortar por debajo de la rodilla para prevenir la pérdida total de la extremidad”, recordó.

Pero esa no fue la única vez que el conflicto armado golpeó a Mileyni y su familia. Antes, en 1999, los paramilitares habían llegado a Tibú para disputarse el Catatumbo con las guerrillas. A Eva y sus hijos los acusaron de ser cómplices de los rebeldes. Y fueron obligados a desplazarse. “Mi mamá se asustó y pensó que nos matarían. Entonces, un día abandonamos el pueblo. Llegamos a Cúcuta, seguimos a Mesa de los Santos, en Santander, donde vivía mi nono (abuelo), y nos quedamos allí por un buen tiempo. Luego nos fuimos a Lebrija. Allí, mi mamá trabajó en casas de familia, haciendo oficios varios. Mientras, mis dos hermanos y yo vendíamos chance y hayacas”, continúa.

En Lebrija vivieron hasta inicios de 2004. Cuando oyeron que el Gobierno había firmado la paz con los paramilitares, Eva decidió que había llegado la hora de retornar. Volvieron a la casa esquinera del kilómetro 60, donde una vez atendió un supermercado o rentó habitaciones.

“A nuestro retorno sólo encontramos las paredes en pie. Lo demás, puertas, ventanas y hasta los sanitarios, se lo habían robado. Mi mamá decidió empezar de nuevo y en esas estábamos cuando pisé la mina antipersonal”, recuerda Mileyni. Veintiséis años después de haber perdido su pierna, Mileyni piensa que ese fue el precio que pagó para que la vida le presentara un mejor panorama. A raíz de su accidente, la Cruz Roja Internacional apoyó el traslado de su familia a Cúcuta. Después ingresaron al Registro Único de Víctimas. En ese momento accedieron a la ruta de reparación dispuesta en la Ley de Víctimas.

Con una prótesis y como beneficiaria del programa de rehabilitación física y emocional, Mileyni logró terminar el bachillerato. Y gracias al convenio de la Unidad para las Víctimas con el Sena se graduó como técnica en operaciones y registros. Se enamoró, tuvo una hija y hoy está a punto de graduarse como trabajadora social en la Universidad Simón Bolívar, como becaria del programa Permanencia y Graduación de la Unidad para las Víctimas.

“La mina antipersonal me quitó la mitad de mi pierna, pero también me mostró otro mundo. En Cúcuta estudié. Sigo haciéndolo y tengo la firme convicción de que podré ayudar a otras personas”. Además de madre, empresaria y próxima a ser profesional, Mileyni Ramírez Guevara es presidenta de la Asociación de Sobrevivientes Víctimas de Minas Antipersonal y Artefactos sin Explotar (Asovivir). Por su labor en favor del desminado fue galardonada el miércoles pasado con el premio CaMina, entregado por las embajadas de Canadá y Bélgica y la campaña Colombia Contra Minas.

Su sueño es contribuir en el desminado. Mientras habla de sus proyectos de vida, la mujer de 26 años de edad rememora el lejano 9 de mayo de 2004, cuando perdió su pierna. Una tragedia que, irónicamente, la condujo a una vida distinta, en la que pudo estudiar, perdonar y enfocarse para ayudar a que en Colombia las víctimas del conflicto se acaben de una vez y para siempre.

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