La Plaza de Bolívar... y del desahogo

La Plaza recibió una multitud de marchantes, escuchó de nuevo la oración por la paz y desde el miércoles alberga un creciente grupo de campistas que exigen que se mantenga el cese el fuego. Se convirtió, una vez más, en el espacio que simboliza la libertad para indignarse.

Con alusiones a zonas donde se ha vivido la guerra, los campistas de la Plaza de Bolívar mantienen su llamado a que cese el conflicto. / Cristian Garavito - El Esp’ectador
Con alusiones a zonas donde se ha vivido la guerra, los campistas de la Plaza de Bolívar mantienen su llamado a que cese el conflicto. / Cristian Garavito - El Esp’ectador

Ya había comenzado el partido entre Colombia y Paraguay, la noche del pasado jueves, cuando llegó otra carpa a la Plaza de Bolívar de Bogotá. Era la sexta. De fútbol no se hablaba a pesar de que, a escasos cien metros, la carrera Séptima bullía, locales adentro, de hinchas de amarillo ansiosos de gol. Los campistas, en otro cuento, rodeaban una botella plástica que antes había cargado seis litros de agua y pasó a convertirse en florero.

-¡Viva la paz! -les gritó un caminante que pasaba frente a la catedral.

El grupo, que veía cómo la figura del hombre se desdibujaba mientras continuaba su camino, aplaudió y silbó efusivamente como respuesta. Esa voz desconocida les nutría, aún más, el ánimo de pasar allí su segunda noche. La primera fue la del miércoles, el día de la marcha que, en silencio, atestó la plaza como símbolo de la presión ciudadana para que la guerra con las Farc termine pronto a pesar del triunfo del No en el plebiscito.

Manuel Echavarría, diseñador en una empresa que promueve la agricultura urbana y el diseño ecológico, fue a marchar con sleeping al hombro. Él y una decena de amigos que comenzaron a mover en Facebook la idea de quedarse acampando después de la manifestación. Cumplieron, y al día siguiente tenían lentes y micrófonos encima. El campamento permanente por la paz, como lo llamaron, se ha convertido en otra forma de presión ciudadana para que, a pesar del golpe sufrido en las urnas, el acuerdo de paz no se caiga. “No nos paramos hasta que haya un acuerdo”, resalta Manuel. “Es nuestro”.

Este acto, que no quiere ser otra cosa que un símbolo (de resistencia, de solidaridad, de valor civil), convierte a la Plaza de Bolívar, una vez más, en el espacio por antonomasia para el desahogo.

El sitio de llegada

El miércoles pasado, uno de los estudiantes que organizaron la marcha para exigir “¡Acuerdo ya!” leyó la “Oración por la paz” ante los miles de asistentes que llegaron a la Plaza de Bolívar (que no alcanzó, por poco, a llenarse, pero que tiene capacidad para 55.612 personas, de acuerdo con un estudio de la Universidad de los Andes). Invocar ese discurso de Jorge Eliécer Gaitán, el caudillo liberal que lo pronunció el 7 de febrero de 1948 ante una plaza repleta, como protesta contra la persecución a sus seguidores, no sólo se hizo para revestir de mayor trascendencia el momento que vive el país, sino que recordó, precisamente, que este lugar, que en el siglo XVI tenía una picota en el centro, ha servido desde hace rato para el desahogo colectivo.

Los seguidores de Gaitán ya habían marchado hacia la plaza el 23 de septiembre de 1945, celebrando su elección como jefe del liberalismo, y el 18 de julio de 1947, protestando en la Marcha de las Antorchas. Fue la del Silencio, dos meses antes de que lo mataran, la más multitudinaria. Para allá se dirigía la horda de estudiantes que el 9 de junio de 1954 condenaba, durante el régimen de Rojas Pinilla, el homicidio de su compañero Uriel Gutiérrez, pero cuadras antes, en la Séptima, los detuvo una lluvia de balas que mató a trece de ellos.

Poco a poco, y más allá de esas adversidades, se fue forjando el hábito: llegar en gallada a un costado de la estatua en bronce de Bolívar a defender causas nobles. Los desplazados acampan, los estudiantes arengan, los trabajadores exigen, los LGBT, los animalistas... Hasta allá llegó caminando —y acampó— el profesor Gustavo Moncayo, el 1º de agosto de 2007, desde Sandoná (Nariño), a exigir la liberación de su hijo Pablo Emilio, que llevaba 10 años secuestrado por las Farc.

El 4 de febrero de 2008 la plaza se desbordó con la manifestación más fuerte que ha habido contra esa guerrilla. Un mes después, las víctimas del paramilitarismo y de crímenes de Estado contestaron con una movilización menos nutrida, aunque igual de sentida. La “toma a Bogotá” de la Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE) terminó en la plaza, en medio de un paro nacional, el 11 de noviembre de 2011.

Una diversa multitud arribó el 29 de agosto de 2013 en el día 11 del paro agrario, que terminó en medio de bombas molotov y los gases del Esmad. En diciembre de ese año, cuando la Procuraduría destituyó a Gustavo Petro como alcalde de Bogotá, sus seguidores marcharon hasta allí, noche tras noche, para escuchar los discursos que él lanzaba desde un balcón del Palacio Liévano. Hasta los uribistas llenaron este espacio el lluvioso sábado 2 de abril, contra las Farc y contra el “desgobierno de Santos”.

La plaza, a la postre, es de todos, y llenarla se convierte en un punto de honor.

Van 20, y contando

El viernes en la noche ya iban 20 carpas que albergaban a unos 60 manifestantes. Un día antes, cuando El Espectador los visitó, la activista Adriana Quiñónez y una decena de compañeros de Redepaz y otras organizaciones sociales llegaron con la sexta carpa. Mientras la armaban, ella contó que se trasladaron allí tras ver la convocatoria en redes, preocupados por lo que pueda pasar luego del triunfo del No en el plebiscito. “No creo que ahora se logre fácil un acuerdo mejor. Estamos aquí para que no hagan otro Frente Nacional”.

Ella no se conocía con Manuel Echevarría, el diseñador que acampa desde el primer día. Tampoco con Jorge Alexánder Olmos, un artista de la Nacional que se refiere a su carpa como sus tres metros cuadrados de oficina, ahora “trasladada a un exclusivo sector de la ciudad”. Más tarde se toparon con la periodista Jineth Bedoya, víctima de los paramilitares, que llegó a nutrir el círculo que cantaba al ritmo de una guitarra.

Esos pasados diversos, esas trayectorias distantes, coinciden ahora alrededor de un florero artesanal y de un discurso que pide que se mantenga el cese el fuego.

Este acto, así, no sólo hizo intrascendente el resultado del partido de la selección de Colombia, sino que comienza a forjar, desde la Plaza de Bolívar (que es lo mismo que decir la calle), un coro para que los esfuerzos por la paz se mantengan.