“La recompensa al perdón es la tranquilidad”

Es optimista. Cree que esta es una oportunidad extraordinaria de oír las voces que provienen de la otra orilla de la realidad del país, que debemos aprender a hacer política de ideas y no de pasiones y que hay que buscar la verdad.

Íngrid Betancourt cumplió 50 años de edad, estudia teología en Oxford y se ha mantenido al margen de la actividad política en Colombia.
Íngrid Betancourt cumplió 50 años de edad, estudia teología en Oxford y se ha mantenido al margen de la actividad política en Colombia.AFP

Íngrid Betancourt ha resuelto alejarse de los reflectores, de los micrófonos y del mundanal ruido. Hoy en día, a los 50 años, ha querido volver a ser estudiante y se pasea en bicicleta por la amena ciudad de Oxford, en Inglaterra, donde hace una maestría en Teología. Entre sus compañeros de clase hay anglicanos, luteranos, islámicos, budistas, ateos. Ella es la única católica del grupo, pero ese mismo hecho de ser distinta la hace sentirse bien. No se define como una buena estudiante, pero sí, al menos, como una estudiante aplicada, que ha pasado bien los exámenes, que lee mucho de filosofía y redacta en inglés sus trabajos.

Esta entrevista para El Espectador fue virtual y la cita se hizo por Skype, a principios de la tarde en Colombia y al caer de la noche en Inglaterra. En la pantalla se ve una mujer serena, reconciliada con la vida, que vive entre libros de La Pléiade en una buhardilla de estudiante. Responde con calma, meditando bien cada respuesta y midiendo cada palabra.

Todos sabemos que Íngrid Betancourt estuvo seis años y medio secuestrada por las Farc en las selvas de Colombia. En este sentido, ella es una de las víctimas innegables de esta práctica atroz del secuestro, a la que la guerrilla dice haber renunciado, como una muestra de su voluntad de paz y de su intención de integrarse a la vida legal del país. Quisimos entrevistarla en su calidad de víctima de las Farc, pero también como alguien que conoce muy bien a Colombia y muy bien a los guerrilleros, pues estuvo obligada a convivir con ellos durante más de un lustro.

Usted tuvo que convivir durante mucho tiempo con la tropa de la guerrilla, con los guerrilleros rasos. Conociéndolos a ellos y a los mandos medios, ¿cree que hay verdadera cohesión en las Farc frente a un proceso de paz? ¿Cree que van a aceptar los acuerdos o más bien se convertirían en bandas criminales?

El testimonio que puedo dar sobre la realidad interna de las Farc es el de una organización militar jerarquizada. Creo que, en ese sentido, el pronóstico para evaluar la posible coherencia entre lo que se pacte y lo que se agencie en la realidad es más bien alentador. Es factible que haya una desmovilización efectiva y completa, con mejores resultados que los que se obtuvieron con las organizaciones paramilitares, porque hay en las Farc un afán de centralizar la responsabilidad política. Esto lo estamos viendo, por ejemplo, en la manera como se están llevando a cabo estos primeros pasos del proceso. El jefe de la organización se resguarda como última instancia, los miembros del Secretariado asumen la responsabilidad colectiva de la negociación y participan mandos medios como asesores, todo con el objetivo de actuar en consenso a alto nivel e impedir riesgos de fraccionamiento dentro de la organización.

El esquema de discusión en la mesa es indicativo de fortalezas. Muestra que hay voluntad en actuar como cuerpo unido y por lo tanto lograr que lo que se acuerde en esa mesa, al ser el resultado del consenso de un grupo de comandantes y no de uno solo, sea acatado por la totalidad de la organización. Hay por lo tanto dentro de las Farc un modus operandi ya establecido que de alguna manera actúa como garantía de cumplimiento.

El problema puede presentarse en fases posteriores, en las cuales se necesite recobrar información que necesariamente esta descentralizada. Como, por ejemplo, en un proceso de resarcimiento a las víctimas. Estoy pensando en hechos como la recuperación de cadáveres, la posibilidad de saber dónde están enterrados, de qué manera murieron, si hubo ejecuciones sumarias (...) allí puede haber una ausencia de rigor en la documentación, porque la tropa no lleva un registro de los hechos de manera sistemática. Es una tropa móvil, con un nivel de educación básico. Por lo tanto, el archivo de las Farc está ante todo en la cabeza de cada uno de ellos. Ahí es donde la estructura jerárquica tiene porosidades porque hay elementos dispersos de tiempo, de espacio, incluso de comandantes que han muerto y se han llevado con ellos la información. De allí que la participación de la tropa como actor del proceso sea fundamental. En la práctica, ella es el elemento central de cualquier acuerdo, porque en ella se va a medir finalmente la disciplina y la ética revolucionaria de una organización que ha sido señalada como terrorista y como narcotraficante.

¿Usted cree que este proceso de paz es distinto a los anteriores?

Hay diferencias sustanciales. La primera es un cambio generacional evidente. Una comandancia integrada por personas que todas están en sus 50. Hacen parte de una Colombia que nació en la guerra, que ha vivido en el conflicto toda la vida. Es una generación que puede concebir la paz como una victoria y no como una derrota.

Lo segundo es que estamos frente a una organización —las Farc— y un país —Colombia— muy diferentes de lo que eran hace diez años. Los primeros con un debilitamiento militar obvio, con lo cual el objetivo de llegar al poder por la vía armada se vuelve irrealizable, pero simultáneamente con un entorno internacional que les demuestra que la izquierda puede hacerlo en América Latina por la vía democrática. Colombia como país también ha cambiado. Nuestras Fuerzas Militares han logrado una transformación muy importante, en particular en el rigor con el cual asumen su responsabilidad frente a la población civil. Son instituciones comprometidas con el respeto a los derechos humanos, lo cual implica que hoy pueden ser reconocidas como un factor de paz. Nuestras Fuerzas Militares han buscado desligarse de sus propios elementos comprometidos en relaciones paralelas o pactos secretos con fuerzas ilegales y han sido serias en su responsabilidad con la justicia.

Hubo en un momento de nuestra historia la creencia de que aliarse con el paramilitarismo, la ilegalidad y el narcotráfico era aceptable como una manera de afrontar a una guerrilla decidida a usar todos los medios de lucha para llegar al poder. Colombia ha madurado políticamente y el proceso para la desmovilización del paramilitarismo fue un paso muy importante en ese sentido. Nuestra nación es hoy una que ha elaborado su reflexión en torno a la paz. Ese proceso, esa maduración, la está personificando Santos. Estamos hablando de un país que quiere la paz sinceramente, con el corazón, pero que no quiere una paz a medias que termine siendo una prolongación del conflicto.

Estas novedades parecen positivas, pero ¿cuáles podrían ser los riesgos o los puntos negativos, las fuerzas que pueden hacer fracasar el proceso?

Yo creo que hay en Colombia un grupo social que no concibe su bienestar sino con la permanencia del conflicto. Y ese bienestar puede ser de muchos órdenes: bienestar económico (comercio de armas, ilegalidad, usurpación de tierras, proyección laboral y ascenso dentro de una situación de guerra), bienestar político (personas que le apostaron a la guerra y cuya fuerza política está basada en la idea de que solo se logra la paz en Colombia con el exterminio de la guerrilla) y bienestar social (personas que socialmente le temen a una reintegración en la sociedad de quienes piensan diametralmente diferente). Ya sea por motivos económicos, políticos o sociales, hay en Colombia un sector que se vería afectado por un éxito del proceso de paz. Este sector tiene mucho poder y sobre todo tiene el poder de engendrar dudas y de generar divisiones. Y esto constituye una amenaza muy fuerte para el futuro.

Un proceso de paz como el que requiere Colombia, necesita de la unidad nacional. Tiene que haber un consenso, una disposición de los corazones para asumir los retos y los riesgos que implica este proceso de paz. Tenemos además que estar listos para asumir cualquier fracaso, porque necesitamos tener la libertad para ir hasta el final de la ruta y no quedarnos cortos, que el miedo no sea lo que nos frene para llegar a culminar el proceso. Porque este es un proceso que va necesitar mucha altura de corazones, mucha templanza, mucha gallardía.

Usted señala enemigos de la paz de este lado, ¿no los ve también dentro de la misma guerrilla?

Cuando hablo de un sector que se va a ver afectado por la paz incluyo dentro de ese mismo sector a personas pertenecientes a las Farc. Jefes que temen perder sus ventajas de vida, o que no saben vivir de otro modo y para quienes la paz es la peor opción. Hay personas o grupos que se verían afectados por el éxito del proceso, ese es un hecho que debe analizarse. Los líderes y los negociadores deben buscar lo mejor posible para toda Colombia, incluyendo soluciones para aquellos que se van a ver afectados o que piensan que podrían verse excluidos, de manera que debemos ser precavidos para que no se pueda sabotear el proceso por acción o por omisión, desde adentro o desde afuera.

Usted, personalmente, ¿va a participar en este proceso? Hay quienes dicen que usted sería facilitadora ante algunos gobiernos europeos...

Tengo mi vida de estudios organizada aquí en Inglaterra. Estoy siguiendo, como todos los colombianos, este proceso con mucho interés, con toda la mejor disposición por entender lo que está sucediendo y con la esperanza de que se logre. Es curioso porque de los jefes que conocí, a todos los mataron o murieron: Marulanda, Raúl Reyes, El Mono Jojoy, Iván Ríos. Queda solo Joaquín Gómez. A Cano no lo conocí. A otros solo de lejos. Andrés París estuvo en el proceso del Caguán, y a Simón Trinidad me acuerdo haberlo visto en la mesa de negociación en Pozos Colorados. Hoy hay una nueva dirigencia.

Es interesante porque el relevo trajo gente preparada, jefes que tienen experiencia universitaria: Timochenko es de la Lumumba, como Pablo Catatumbo y Joaquín Gómez. Jaramillo es médico de la Nacional, Iván Márquez alcanzó a estar en el Congreso y es el que tenía a su cargo la red de estudiantes y académicos vinculados a las Farc. Creo que esta es una dirigencia que tiene una reflexión política sobre el país, a diferencia de la anterior, cuyos méritos eran esencialmente militares. Ese es uno de los factores que pueden favorecer el proceso.

¿Qué puede ofrecer Colombia, o el Gobierno de Colombia, a cambio de la paz, a la guerrilla de las Farc?

Lo que nosotros tenemos para ofrecerles a la hora de hacer la paz, no es ni dinero, ni poder. Ellos ya han conseguido mucha plata con el narcotráfico y con los secuestros, y con ello desarrollaron un poder territorial real. ¿Qué les podemos ofrecer que pueda ser realmente trascendental? Creo que podemos ofrecerles algo que tiene más valor que toda la riqueza o que todo el poder que hayan podido acumular: respetabilidad.

Ese es el mayor activo que se tiene como ser humano; se logra con mucho esfuerzo, se puede perder en un segundo; hace parte de una valoración superior de las cosas y tiene relación con la noción de dignidad humana. Para cualquier ser humano esa respetabilidad es fundamental. No solo en lo individual, cada cual en la intimidad de su vida personal, sino también en la proyección de cada cual en la historia del país.

Creo que las Farc han tenido que resolver una disyuntiva, a saber: que la utilización de todos los ‘medios de lucha’ los deslegitimó como revolucionarios. Porque la verdad es que el fin no es el que justifica los medios, sino los medios los que determinan el fin. Hoy, a través de este proceso de paz, ellos pueden demostrarse a sí mismos, al país y al mundo, que no se convirtieron en un grupo de bandoleros, sino que son en realidad una organización que tiene unas banderas y las defiende hasta el final. Ahí ellos demuestran su coherencia y le dan un valor a su lucha. Eso es lo que les podemos ofrecer.

Usted ha sido, indudablemente, una víctima de las Farc. Como víctima, ¿está dispuesta a perdonar?

(Largo silencio) Qué tan importante es para nosotros la paz. ¿Es la paz ese sueño tan grande, que por ella estaríamos dispuestos a hacer concesiones que nos duelen? ¿O pensamos que nuestro dolor legitima que se siga matando, que haya más muertos, más niños huérfanos, más mujeres violadas, más ríos de sangre? En algún momento tendremos que cerrar la puerta. Y de pronto nos tocó a nosotros, a esta generación nuestra, ejercitarnos en una de las opciones espirituales más difíciles que un ser humano pueda enfrentar: la del perdón. Es muy difícil el perdón. Sin duda. Pero la recompensa al perdón es la tranquilidad de nuestros hijos, de nuestros nietos. Es la oportunidad de una Colombia próspera.

Yo me pregunto: ¿habría yo querido que mis abuelos hubieran perdonado para evitarme a mí el dolor de haber vivido lo que vivimos? La respuesta es sí. Y hoy en día somos nosotros los que tenemos la posibilidad de hacer ese gesto. Y para mí ese gesto se convierte en una obligación moral, esencial. Tenemos la obligación de perdonar, para dar a las generaciones futuras la posibilidad de conocer una Colombia distinta.

Está muy claro lo del perdón, pero ¿qué pasa con la verdad?

La verdad la tenemos que buscar. Tiene que ser parte de nuestro proceso de reconciliación. Tiene que haber un espacio de búsqueda de la verdad. Ese espacio requiere de la total colaboración de todos para que la encontremos, en cada caso, en cada dolor individual, no es solo un problema legal o de la justicia. Necesitamos la verdad porque la verdad nos hace libres. No podemos seguir encadenados a la mentira, al dolor de no saber. Una cosa es un acuerdo de paz firmado con una serie de reglamentaciones jurídicas, y otra cosa es el perdón del alma, y ese pasa por saber la verdad. Nos la debemos entre colombianos, es parte de lo que tenemos que hacer para alejarnos de la sed de venganza. Es la oportunidad de mirarnos a los ojos, ya no como enemigos sino como seres humanos complejos. Es el paso necesario para no juzgar la humanidad del otro, porque nos damos la oportunidad de confesar, y por lo tanto de reconciliar a la familia colombiana.

El Gobierno ha dicho que este proceso no puede ser muy largo. ¿Qué opina de los tiempos de estas conversaciones?

Si hay voluntad política, el proceso debe ser rápido. Es indispensable. Una de las lecciones que nos dejó el fracaso del Caguán es que los momentos de la paz son efímeros y son frágiles. Estamos viviendo uno de esos momentos. Lo que haya que hacer hay que hacerlo ahora. En cualquier momento cambian los actores, el entorno internacional se vuelve hostil, se nos va a la deriva el barco de la paz y perdemos el norte. Lo que haya que hacer hay que hacerlo en los próximos doce meses.

¿Cree que el Gobierno está dispuesto a conceder mucho a cambio de la paz?

Yo estuve mirando los puntos de la agenda y la verdad me parece que por primera vez cada cual ha moderado sus ambiciones. Estamos saliendo de una paz que se juega como al póquer, a golpes de audacia, en el cual se caña, se pide más de lo que se tiene para ganárselo todo. Y estamos entrando a una etapa de una reflexión seria con ambiciones a la medida del espacio militar que cada cual conquistó o supo defender. No creo que estas pretensiones sean desmesuradas.

Hablar del tema agrario en Colombia es muy importante y esa es la realidad de las Farc. Ellos surgieron como una organización de campesinos excluidos del derecho a tener tierra. Es un problema que nosotros venimos posponiendo desde hace décadas, por no decir siglos, y en ese sentido debe haber una reflexión práctica, pero enmarcada dentro de nuestra vocación democrática. Hay cosas que se pueden hacer desde ya: este Gobierno y el Congreso tienen instrumentos legales para avanzar en los temas de desplazamientos masivos y de devolución de tierras. Otros temas necesitan ser refrendados democráticamente.

¿Qué significa, por ejemplo, en la práctica hacer la paz para las Farc? ¿Qué significa para ellos salir de la ilegalidad y convertirse en ciudadanos de pleno derecho en el seno de la sociedad colombiana? Darnos los instrumentos para lograr que esa transición sea un éxito es de la esencia de la paz.

El primer punto fundamental es el de la seguridad. El gran avance de esta negociación es que por primera vez las Farc aceptan entregar las armas. Este era un punto que en el Caguán, Jorge Briceño había vetado drásticamente. Al ellos aceptar entregar las armas, nosotros como sociedad tenemos que garantizar la protección de sus vidas. De eso depende el éxito del proceso. Porque en la práctica, ellos aceptan el postulado de que sus vidas serán defendidas dentro del esquema de monopolio de las armas detentado por el Estado. De allí que necesiten tener la garantía de que no van a ser víctimas de terroristas actuando en la oscuridad del anonimato y desde la ilegalidad. Para lo cual se necesitarán esquemas de protección adecuados.

El segundo punto es la actividad económica como tránsito a la legalidad de estas personas. Vamos a tener 8 mil mujeres y hombres con un estilo de vida totalmente diferente y que es único, exclusivo de las Farc: vivir en la selva, vivir en caletas, bajo carpas, cargando todo su sustento en equipos, vivir armados y en constante movimiento. Ellos van a dejar esa vida a la cual ya se acostumbraron, que tiene para ellos ventajas sobre todo para quienes han vivido en la absoluta miseria, porque tienen techo, comida, ropa y un arma. El hecho de tener un arma los hace ser respetados en un mundo donde sin ella se sienten como si no fueran nadie.
Por ello el tránsito hacia la legalidad es un tránsito hacia la respetabilidad moral y económica. Debemos garantizarles un trabajo legal y digno, que les permita vivir con seguridad económica en los años por venir. Los colombianos debemos entender que la paz del país pasa por el bienestar de estas personas, por acompañar esa desmovilización con generosidad. Con la esperanza de que este sea el primer paso para lograr el bienestar de toda la población colombiana.

La siento muy optimista...

Sí, soy optimista. Creo en el género humano.

En este momento usted pareciera estar más con Santos que con Uribe…

Estoy con Colombia. Me parece que Santos es una persona que ha sabido rodearse, que hace la tarea con juicio. Se sienta a estudiar, se involucra personalmente, y este es un proceso que para él, como ser humano, es muy importante. Y lo único que le podemos desear es éxito.

¿Se les debe conceder participación política a los miembros de las Farc, al menos a los no condenados por delitos de lesa humanidad?

Pienso que esta puede ser una oportunidad extraordinaria de oír las voces que provienen de la otra orilla de la realidad del país. Es muy importante que el espectro político de Colombia se amplíe, y lo más importante ahí es dar todas las garantías. Políticas, claro. Electorales en particular: que el sistema no solo sea pulcro, sino que las reglas de conteo de votos autoricen reales posibilidades de ser elegidos para que puedan participar de pleno derecho en los debates políticos.

Tal como están las cosas en el escenario real de Colombia, las Farc tendrían que buscar uniones con partidos de sensibilidad cercana, porque el umbral es muy alto para lograr entrar al Congreso. El ejercicio puede ser interesante. Las Farc deben también aprender a debatir con personas afines a ellos que no necesariamente piensan exactamente como ellos. Y que logren estructurar una alternativa seria de izquierda. Eso es maduración política, algo sano para todos nosotros. Por lo tanto se debe incentivar y facilitar la fundación de partidos que puedan integrar a los hoy miembros de las Farc.

Se necesitan también garantías financieras. Impedir que se haga política con recursos del narcotráfico o del secuestro. ¿Qué va a pasar con los haberes de las Farc, con su capital ilegal fruto del secuestro y del narcotráfico? Sería importante que eso fuera claro para que las elecciones sean limpias. Es posible que deba evaluarse la posibilidad de la financiación estatal de las campañas. Que no haya tantas desventajas entre los que tienen recursos y los que no, porque ello alienta una plutocracia en la que los que tienen plata son los que se hacen elegir.

Y garantías de vida, porque en el escenario político colombiano, uno está expuesto a ser apoyado pero también a ser criticado. En el pasado eso ha conducido a enfrentamientos que se pagan con la vida. Debemos por lo tanto aprender a hacer política de ideas y no de pasiones, a ser tolerantes de la opinión del que no piensa como nosotros, sin estigmatizarlo, sin distorsionar su pensamiento, sin difamarlo. Pensar en hacer la paz con las Farc es, por lo tanto, desde ya, comenzar a caminar por el camino correcto.

Los países vecinos como garantes

Hábleme, por favor, del papel de los países vecinos...

Pienso que este proceso no hubiera sido posible sin los vecinos. Ellos han demostrado que en América Latina, algunos que piensan como los dirigentes de las Farc pueden llegar al poder por la vía democrática y ese es un incentivo mayor para que este proceso se dé. Lo que está pasando en la región afianza las posibilidades de salir del conflicto. Los necesitamos como garantes de un proceso de paz, en el cual debe haber vigilancia para el respeto de los acuerdos: que las armas se entreguen todas, que no se creen bandas residuales de delincuencia común, por ejemplo. El peso moral de nuestros vecinos, su compromiso político, su decisión, es necesaria para cerrarle las puertas a quien pretenda desconocer el acuerdo, buscando apoyos extranjeros.