"La reconciliación al cien por cien no va a ser posible": Tania Ramírez

El padre de Ramírez fue desaparecido por razones políticas en 1997. En ‘Reconciliación, orillas que se juntan’, un evento del Fondo de Cultura Económica, contó su experiencia y analizó la relación entre las víctimas y los victimarios.

Cortesía - FCETanía Ramírez durante su visita en Bogotá.
Tania Ramírez pudo ser escritora o pintora o matemática o ingeniera. Sin embargo, parte de su camino estaba definido desde antes de su nacimiento: su padre, Rafael Ramírez Duarte, militante de un partido radical de izquierda, fue desaparecido en 1977. “En nuestra casa —recuerda— siempre hubo una foto grande con el rostro de mi papá. Siempre supe quién era y sabíamos que estaba en algún lugar. Y poco a poco fuimos construyendo la historia, a la par de construir la historia de nuestro país. Nos hizo darnos cuenta de que era la historia de muchas otras familias”. Ramírez es directora del Colegio de Derechos Humanos del Claustro de Sor Juana en México y de la asociación H.i.j.o.s, que discute sobre la salud de estos derechos en ese país y en América Latina. Estuvo en Bogotá, en el Fondo de Cultura Económica, hablando sobre su experiencia y los puntos similares que encuentra con la situación de Colombia, donde la palabra desaparecido ha sido siempre un sustantivo enmudecido.
 
¿Cómo fue la desaparición de su padre?
 
Mi padre fue desaparecido por motivos políticos en 1977. En aquellos tiempos, el descontento social había alcanzado un nivel importante, pero las vías políticas para la oposición abierta estaban limitadas. El grado de represión era alto, y eso hizo que muchos grupos se radicalizaran. Uno de esos grupos, que tenía un pensamiento de cambio inmediato, fue la Liga Comunista 23 de Septiembre, que agrupó a varias organizaciones de guerrillas urbanas, socialistas y comunistas. Mi padre militaba allí, al igual que unos hermanos suyos, quizá otra tía; no eran tiempos en que mi familia hablara mucho de eso. En ese contexto, un buen día secuestran a mi padre; mi madre estaba embarazada, me tenía a mí en el vientre de cinco meses. Durante los siguientes meses se tuvo que esconder, recibimos amenazas de muerte, acoso, persecución, etcétera. Muy velado, pero muy insistente. Y en octubre nací. Ese fue mi contexto: sin haber podido conocer a mi padre, pero con la certeza de que, cuando yo nací, él todavía estaba vivo. Un grupo de trece personas alrededor de la familia fueron detenidas en esos días, entre ellos dos de sus hermanos y su cuñada, que también fueron desaparecidos después. Fueron puestos en prisión, en unas mazmorras del campo militar número 1, y a partir de sus testimonios reconstruimos qué había pasado con él. Cuando una tía alcanza la libertad, ella sale y dice: yo lo vi a Rafael, estaba lastimado, tenía una costilla rota, le habían aplicado la picana, pero estaba vivo.
 
¿Cómo fue crecer en ese contexto?
 
Tanto mi abuela como mi madre tomaron un papel activo. Participaron junto con otras madres en las primeras agrupaciones, en el comité Eureka, tal vez el más reconocido. Como mi abuela y mi madre participaban ahí desde que estábamos muy chiquitos (mi hermano tenía poco más de un año), era algo que estaba a la vista, que no hacía falta hablarlo con palabras especiales porque formaba parte de lo que veíamos. Mi hermano y yo íbamos a jugar a los carritos en el Zócalo porque ahí estaban plantadas mi madre y mi abuela. Nosotros llevábamos los juguetes y jugábamos a que el caminito era eso. Crecimos observando cuál era la lucha. Yo no lo recuerdo, pero cuentan que un día mi hermano, que ahora es matemático, hizo una pregunta: ¿cuántos años tiene ahora mi papá? Mi mamá se quedó muy sorprendida. Si desapareció en el 77 y estamos en el 83, ¿cuántos años tiene mi papá? Él hizo toda una historia de una búsqueda de un dato matemático. En el caso de la familia, fue un tema del que siempre se habló, que nos fueron abriendo según nuestra capacidad de entenderlo.
 
¿Y no se volvió a saber nada de su padre?
 
Más adelante no se supo nada, después del testimonio, como no se supo de tantas decenas de desaparecidos. El caso mexicano es quizá especialmente perverso. El grado de silencio y de ocultación alcanzó límites insospechados. La sociedad mexicana no reclamó este tema y la búsqueda de verdad se quedó limitada a las familias y las organizaciones.
 
¿A qué se debió ese olvido?
 
A una mezcla interesante y nociva de falta de legislación y de voluntad del gobierno. Obviamente desde el accionar del estado ha habido limitantes gravísimas, protección de los culpables. No sólo por falta de capacidad de quienes juzgan; hay negligencia y hay falta de voluntad para tocar los puntos de poder y los espacios de garantía que tenía y sigue teniendo un sector muy poderoso. La impunidad de los poderosos se instala en la desmemoria de los pueblos. El hecho de que México haya permitido que esta demanda fuera únicamente de las familias, sin asumir que los desaparecidos generan un hueco en la sociedad entera, fue lo que generó condiciones propicias para que la impunidad se instalara. México, y quizá Colombia, nunca aceptó que en el grupo de personas desaparecidas faltaban médicos que podían estar curando gente, faltaban economistas que habrían aportado en una propuesta más humana, faltan mujeres haciéndose cargo de sus hijos, mujeres que estaban estudiando y le iban a dar un vuelvo al papel de la mujer. Es un hueco fértil para que la falta de capacidad de los gobiernos permita que no haya procesos de juicio y castigo. La impunidad funciona como un cheque en blanco. Cuando alguien se encuentra en un lugar de poder, dicen: bueno, México es un país ideal para cometer estas cosas. Tan así es el caso que en los últimos años México presentó un aumento brutal en las desapariciones forzadas, hasta terminar en los 43 (estudiantes) de Ayotzinapa. En México se puede desaparecer de tajo o poco a poco a una población sin que nada pase.
 
¿Es posible recuperarse de estos hechos?
 
Yo misma me he hecho esa pregunta con mi terapeuta por décadas. Creo que no es posible recuperarse, si por recuperación entendemos volver al estado inicial de las cosas. La idea de reparación tiene que ver con devolver a la víctima al estado que tenía antes de que fueran violados sus derechos. A mí nadie me puede devolver al vientre de mi madre. Nadie puede devolverme las décadas en que no estuve con mi padre. ¿Se puede volver a vivir con esto? Eso sí, sin duda. A todos nos suceden cosas terribles, traumáticas, a veces son tragedias nacionales. Sí se puede seguir adelante con esas historias, siempre y cuando haya procesos, más que de reconciliación, de juicio y castigo: procesos donde la justicia se active. Que le den garantías a la sociedad de que eso no se va a repetir. A mí me ha lastimado mucho más, más que mi padre no haya estado cuando me titulé, lo que pasó con los 43 chicos (de Ayotzinapa). Eso vulnera la posibilidad de creer que la sociedad puede reconciliarse, que se puede reparar ese daño.
 
¿Qué se debe hacer entonces con los victimarios en un proceso de justicia transicional?
 
Es bien complejo, pero la justicia transicional es una forma de justicia que acepta positivamente muchas de las ideas que se generan en otros ámbitos del pensamiento. La justicia penal tradicional está dictada por un saber que parece pertenecerles sólo a  los abogados especializados. La transicional permite que las nociones de sociología y antropología entren en ella. La justicia debe activarse con una lectura más compleja de los asuntos, donde ese saber entre en juego para establecer nuevas reglas de castigo, de valoración de penas y delitos. El derecho no está escrito: es un sistema y una forma de entender la vida que ha ido cambiando. En estos momentos tenemos situaciones excepcionales que ponen a la justicia en jaque, pero ese jaque permite socializar más, que las víctimas tengamos más espacio y no seamos un actor pasivo. Pienso que por ahí tiene que ver cómo se enfrentan estas cosas en el futuro y sobre todo incrementado la capacidad de las personas que están a cargo de este proceso. Muchas veces esta frustración tiene que ver con la falta de acción del gobierno. 
 
¿Pero los victimarios deben o no pagar condenas?
 
Eso tiene que ver con un cambio de paradigma que nos va a tomar años poder entender. Te diría que sí como hija de un desaparecido y como persona que ha participado en cómo se construye la condena. Sí hacen falta sistemas de juicio y castigo. Como sociedad, estamos ante una situación que nos obliga a repensar las formas de castigo. En el caso de las personas que secuestraron y torturaron a mi padre, muchos están muertos. Si uno a uno van muriendo y la única justicia que necesito es verlos detrás de las rejas, eso puede verse limitado. Cuestiones como garantizar la no repetición, los castigos simbólicos, son necesarias para que se devuelvan de algún modo constructivo a la sociedad. En un estado de derecho, creo que el juicio y el castigo son importantes. Eso lo dijeron mucho nuestras madres y nuestras abuelas: si cometieron un delito, que vayan a prisión. Yo hubiera preferido ir a la cárcel a ver a mi papá por estar cumpliendo una pena, que no verlo durante toda mi infancia. En el caso de cómo se castiga a quienes estuvieron del lado de la guerrilla o de los paramilitares, creo que en favor de la mayor claridad con respecto de cómo debe ser la convivencia en la sociedad, el castigo es importante. Nos toca empezar a imaginar cómo le vamos a dar cuerpo a esos castigos.
 
¿Qué papel tienen las víctimas en ese proceso?
 
No tienen el papel que deberían, pero deberíamos tener un papel mucho más activo. También resulta un poco injusto cómo en esta búsqueda las víctimas terminan en procesos que no quieren estar y se enteran de cosas que no quieren saber. En el caso mío, siempre me preguntaré si me hubiera dedicado a las letras y a ser bailarina; en cambio me volví experta en estos temas. Claro que tenemos que ser más partícipes. Se tiene que ser cuidadoso con cómo se acompaña esta participación de las víctimas; hay hijos de desaparecidos que no quieren saber más al respecto, o familias que han preferido dejarlo pasar y que tienen que enfrentar otra realidad. Sí es una mirada que se tiene que incorporar en un sentido menos pasivo que el que se asume cuando hablamos de víctimas. No la víctima como el quejoso, la dolida, la llorona. Eso existe, pero también las víctimas como la representación de una sociedad que fue lastimada. Una chica lo dijo: yo no necesito tener un familiar desaparecido para dolerme por lo que sucede en Colombia. 
 
¿Es posible una reconciliación entre las víctimas y los actores armados?
 
Creo que no como lo imaginamos. Por eso digo que la creatividad es importante en estos procesos. Nada como los juicios de Nuremberg, nada como ver a Videla tras las rejas, nada que lo que nos es conocido hasta ahora está dentro de las posibilidades de esa reconciliación. A mí me costaría, honestamente, llegar a un punto en que se me presente frente a las personas que se llevaron a mi papá y nos demos un abrazo. Eso es inimaginable, imposible. Otro tipo de forma de convivencia sí que existe. Después de los castigos, los castigados vuelven a ser ciudadanos. Al final, son personas que podrían reinsertarse en la sociedad, y eso nos pone a las víctimas en un jaque con respecto a cómo entendemos esa convivencia. Porque no hemos ni siquiera visto la relación con los victimarios (al verlos o no tras las rejas), mucho menos imaginamos qué será después. Estamos frente a un momento en que se va a escribir el futuro con palabras que aún no conocemos. La reconciliación al cien por cien no va a ser posible. Algún colega me dijo: ¿reconciliados? ¿Acaso alguna vez estuvimos conciliados? Pensar que sólo un proceso de reparación y un pacto van a borrar ese gran choque es muy iluso. 
 
¿Tiene alguna recomendación para el proceso de paz con las Farc?
 
Estoy más o menos enterada (del proceso), pero incluso para los más enterados hacer una recomendación es difícil. Sí creo que eventualmente esos espacios se tendrán que abrir. Entiendo la necesidad de hacerlo en un espacio cerrado, en un contexto geográfico ajeno a Colombia, pero nada de lo que ahí se acuerde se va a convertir en un consenso social si ese debate no se abre en otro espacio. No va a ser el acuerdo de las cúpulas lo que sane una herida que está en cada una de las calles, de los pueblos. Yo diría que hay que mirar las experiencias de otros países. Como región, tampoco tenemos de dónde cantar victoria. Argentina puede ser un caso inspirador, pero las sentencias de indulto han sido bastantes. No han sido suficientes las comisiones de la verdad. Creo que por ahí va.
 
Usted es profesora. ¿Qué papel cumple la educación en el objetivo de recordar esa historia?
 
El papel de la educación, como el papel de la cultura, es fundamental. Y también como espacio para detener la desmemoria es esencial. En cuanto entré al Claustro de Sor Juana en la carrera de Derechos Humanos, me dije: yo me encargo de que las próximas generaciones sepan que en esta país hubo desaparecidos por motivos políticos. No más desmemoria en este terreno. La educación o los espacios formativos también son claves para la creación de generaciones que, aunque no hayan vivido eso, no lo olviden. Que recuerden que el país donde les tocó vivir tiene una historia, que sepan de dónde viene. Tenemos echado a andar desde enero un diplomado sobre justicia transicional. Nunca se había dado un espacio de esta naturaleza, para debatir qué capacidad teníamos para afrontar el futuro. Vamos dándole las herramientas a los estudiantes y a la sociedad civil para que sepamos qué se ha hecho hasta el momento en Iberoamérica para enfrentar estos procesos, y a partir de ahí, qué podemos dibujar hacia adelante. Porque si no conocemos estamos condenados a repetir errores, a desandar caminos ya andados. 
 
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