Empezó con una máquina de coser y hoy trabajan 40 familias

Ruby Bedoya: la mujer que confecciona una vida mejor

Después de salir desplazada de Apartadó, en 1987, Ruby Bedoya creó la marca de ropa Vivimos Pacíficamente, con la que triunfó en Colombiamoda.

Rubiela Bedoya se fue desplazada del Urabá cuando le mataron dos hermanos. Hoy tiene un taller de confección en el que trabajan 40 mujeres. / Unidad para las Víctimas

Esperó 53 años. A esa edad, María Rubiela Bedoya o Ruby, como decidió llamarse, una mujer humilde del Urabá, pisó por primera vez una pasarela de alta costura y así conquistó su más preciado anhelo. Sus primeras puntadas las dio huyendo del dolor que la guerra le clavó en el alma. Dos hermanos asesinados y el drama del desplazamiento la pusieron a coser para sobrevivir en una ciudad donde no nació. Tres décadas después, logró tejer una empresa de confección y diseño, que llevó a exhibir sus prendas en Colombiamoda, la feria más importante del país. La de los diseñadores de grandes ligas.

Fue una noche feliz en Medellín para el grupo de mujeres que hacen parte de la marca Vivimos Pacíficamente. Recuerdan como un sueño el momento en que una modelo atravesó los ojos de los principales expertos de moda en el mundo, vistiendo una blusa con una frase estampada en el pecho que refleja su propia historia: “Volver a comenzar”.

“No conocía ni una máquina plana. Me crie en una bananera en Urabá. Por eso, lo que viví en Colombiamoda fue maravilloso. Tenía nervios, pero a la vez mucha alegría y orgullo de estar ahí a mis 53 años”. Así recuerda Ruby el día de 2017 en que un grupo de compañeras desfilaron en las grandes ligas de la confección su marca de ropa.

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La emocionaban los recuerdos, desandar ese lejano día de 1987 cuando salió desplazada de Apartadó junto a su familia, luego de que la guerrilla matara a su hermano, que era policía. En los 15 días siguientes, Ruby y su familia no aguantaron el dolor y las amenazas y lo dejaron todo. Llegó a Itagüí para empezar de cero. Sólo tenía una máquina de coser, y esa herramienta hizo que la reconocieran más como emprendedora que como víctima del conflicto armado.

Poco después de llegar al Valle de Aburrá compró un lote pequeño con la liquidación que había recibido Leonardo, su esposo, del trabajo como jefe de personal de una finca bananera. Entonces comenzó el viacrucis de conseguir empleo. Tocaron cientos de puertas con sus hojas de vida bajo el brazo, y nada. Pero Ruby no podía quedarse de manos cruzadas con una familia a cuestas. Entonces, juntaron $11.000 y compraron galguerías para empezar una tienda.

Hace memoria de esa época difícil y sonríe al relatar: “Con mi esposo hablamos de que nos compraban era por lástima, porque no había ni una estantería, sino que pusimos el poco surtido sobre una mesa”. A los dos años de haber sido desplazados, el conflicto armado volvió a golpear a su puerta. Esta vez con la desaparición de otro hermano.

Y como la cosa no mejoraba, decidieron arriesgarse a comprar otras dos máquinas de coser. Ruby era una principiante en modistería, pero confiaba en su disciplina. Empezó haciendo camisetas que vendió entre los vecinos del barrio Moravia. Mientras atravesaba sus calles, veía pasar a niños y niñas que iban o salían del colegio. Entonces se le ocurrió que tal vez ese sería un buen mercado. Detalló la manera como lo hacían y empezó a dar puntadas para confeccionarlos. Los vecinos fueron llegando a comprarle y el negocio casero superó las expectativas.

Al tiempo que crecían las ventas, se fueron necesitando más manos, más hilos y, claro, más máquinas. Fue así como le puso nombre a la marca: Marube. Y convirtió el primer piso de su casa en el taller de confecciones. Allí funcionan 13 máquinas, varias industriales, con las que trabajan Ruby, su esposo Leonardo, que se volvió diestro en estampados, y otras ocho mujeres cabeza de familia del mismo barrio, algunas de ellas víctimas de la violencia.

“Vivimos Pacíficamente es un sueño cumplido para un grupo de más de 40 personas de todo el país que renacimos y que conformamos una precooperativa. La unión de nuestras fuerzas nos sirvió para superar la condición de víctimas y convertirnos en empresarios”, expresa. El apoyo que recibió de la Unidad para las Víctimas fue fundamental, reconoce. Ruby prefiere trabajar con mujeres cabeza de hogar, porque se identifica con su deseo de superación y su voluntad para sacar adelante a sus familias, como lo hizo ella 28 años atrás cuando llegó a Medellín huyendo del dolor.

“Me inclino por emplear a estas mujeres que luchan solas cuidando a sus hijos. Uno que sufrió la violencia se vuelve sensible al dolor ajeno. Yo sé lo difícil que es empezar de cero y salir adelante con las uñas. Siento que este es un aporte a la sociedad”. Además de su propia marca de uniformes, las energías de Ruby recaen en sacar adelante la marca colectiva Vivimos Pacíficamente, para la que cuentan con el apoyo de la Unidad para las Víctimas, que coordina su capacitación empresarial y las conectó con el Ministerio de Industria, Comercio y Turismo, y Propaís.

Ruby logró educar a sus hijas y hacer de ellas unas profesionales. Ahora ve con optimismo la oportunidad de realizar un proyecto que una a las víctimas para que se conviertan en empresarias. Resume su vida en una lección: “De la necesidad hicimos una fortaleza, y ser víctimas terminó siendo una oportunidad para convertirnos en empresarios, porque no podíamos quedarnos llorando sobre la leche derramada”.

Agradecida la ayuda recibida, Ruby coordina con los profesionales de la Unidad para las Víctimas acciones de apoyo, en el campo de la confección y el diseño, a nuevos emprendimientos de otras sobrevivientes del conflicto. Dice que esa es su contribución para que las que hoy están saliendo de su condición de víctimas comiencen a andar ahora las pasarelas.

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