"Sabemos que hay diferencias enormes"

Al Ejecutivo le incomodaron el discurso de 'Iván Márquez' y las mofas de 'Jesús Santrich'. A la guerrilla, que le pidan dar la cara a sus víctimas.

Los delegados del Gobierno a la hora de la rueda de prensa. / EFE
Los delegados del Gobierno a la hora de la rueda de prensa. / EFE

El “optimismo moderado” con el que el gobierno Santos ha calificado su estado de ánimo para enfrentar un nuevo proceso de paz con las Farc, quedó en evidencia ayer en el primer pulso público entre las partes. A pesar del tono protocolario de las intervenciones de los voceros de los equipos negociadores, el exministro del Interior Humberto de la Calle y el jefe guerrillero Iván Márquez, tanto en sus discursos como en sus posteriores comentarios a la prensa, salieron a relucir sus hondas diferencias a la hora de encarar los diálogos.

Las claves del discurso oficial estuvieron marcadas por la insistencia en que la estructura del proceso tiene por objetivo la terminación del conflicto armado y que a ésta debe llegarse con confidencialidad, seriedad y realismo, es decir, sin confrontaciones retóricas. Recalcando que el liderazgo del proceso está en manos del presidente Juan Manuel Santos, el jefe de la delegación gubernamental, Humberto de la Calle, enfatizó en que el propósito no es que las Farc depongan sus ideas, sino que se conviertan en una fuerza política desarmada.

Lo que no esperaba el Gobierno era que el discurso de Iván Márquez tuviera todo, menos de diplomático. De entrada advirtió que las Farc no le juegan a un proceso contra reloj, o como el mismo lo denominó, “una paz express”, y tras puntualizar que a ésta se debe llegar después de abordar los problemas políticos, económicos y sociales del país, con un repertorio de cifras, se despachó contra empresarios, multinacionales, sistema financiero y otras fuerzas del mercado, al que en tono hostil calificó como “asesino metafísico”.

Y no se quedó ahí. Después de casi media hora de discurso ideológico, con recurrentes alusiones a la élite económica, las Fuerzas Militares o el gobierno norteamericano, Iván Márquez abordó otro tema que, sin duda, será crítico en el momento de las decisiones: rechazar que se les dé a las Farc el tratamiento de victimarios. “Nos han golpeado y hemos golpeado”, resumió para insistir en que su organización es una fuerza beligerante con un proyecto de país y que ellos también han sido víctimas del Estado a lo largo del conflicto.

Como era de esperarse, el tono del discurso del jefe guerrillero y sus cuestionamientos al modelo económico o a la clase empresarial no le cayeron bien al Gobierno, que incluso llegó a pensar que se trataba de un velado intento de las Farc por salirse de la agenda y edificar una paralela. Además, le incomodaron las referencias a personas específicas, bajo la consideración de que no podía partirse del irrespeto, ni tampoco crear la sensación de que el proceso de paz pueda derivar en la discusión sobre los temas estructurales del Estado.

Pero si la primera parte del acto de instalación del nuevo proceso de paz dejó malestar, en la rueda de prensa que por separado dieron las dos delegaciones quedó en mayor evidencia que no será un camino fácil. Primero le correspondió el turno al gobierno y De la Calle Lombana se encargó de poner los puntos sobre la íes. Recalcó que de ninguna manera habrá despeje militar de territorio alguno, que tampoco se ha pensado en concertar un cese al fuego y les recordó a las Farc que la lucha armada hoy es un anacronismo.

De la Calle explicó que la correlación militar de fuerzas es muy diferente a la de una década atrás y claramente hoy favorece al Estado, y en esta perspectiva dejó claro que la mejor manera de humanizar el conflicto es terminarlo. Además, agregó que no habrá una negociación a través de los micrófonos, como sucedió en el pasado, que su competencia no incluye el tema de la lucha armada del Eln, y que el propósito del proceso de paz en sus tres fases concertadas es que las Farc se transformen en un movimiento político.

Acto seguido, ante el interrogante de uno de los periodistas, en el sentido de cuál iba a ser el trato jurídico a los crímenes de lesa humanidad en los que están incursos algunos jefes guerrilleros, el delegado del Ejecutivo reiteró que necesariamente la solución tiene que partir de un proceso de justicia transicional. Y luego añadió en tono vehemente un comentario que a la delegación de la guerrilla tampoco le cayó en gracia: “Las Farc tienen que darles la cara a sus víctimas”. Una forma de comprometer a la insurgencia a una incómoda verdad.

Después de la rueda de prensa con el Gobierno, en la que sólo intervino Humberto de la Calle, a pesar de que una periodista quiso conocer las impresiones del general (r) Jorge Enrique Mora Rangel a la hora de reencontrarse con sus antagonistas en la guerra, les correspondió a las Farc su encuentro con la prensa. Y lo primero que hizo Iván Márquez fue advertir que sus compañeros de mesa también iban a hablar. Por eso, de manera alterna, también intervinieron los delegados Rodrigo Granda, Jesús Santrich y Andrés París .

Márquez advirtió que en lo posible Simón Trinidad, hoy preso en una cárcel norteamericana, debería estar en la mesa de negociaciones, y así expresamente se lo solicitó a los gobiernos de Colombia y Estados Unidos. De paso, les pidió a los países europeos que ayuden al proceso de paz, para lo cual sugirió una controvertida fórmula: sacar a las Farc de las listas de terroristas. Una intervención a la que se sumo Jesús Santrich, quien en tono sarcástico le pidió a Humberto de la Calle que no se ofuscara y parafraseando una canción le dijo “Tranquilo Bobby, tranquilo”.

De manera alterna, los delegados de las Farc expresaron su complacencia por encontrarse con el general Mora, a quien calificaron como un “hombre que sabe de la guerra y por lo tanto sabe de la paz”, y aprovecharon para decir que los militares también debían contribuir al éxito del proceso de paz. Y hablando de confrontación, añadieron que lo ideal hubiera sido el cese bilateral del fuego, dejando en claro que, eso sí, no se trataba de una negociación, sino de una mesa de diálogo, pero que de ninguna manera iba a ser para firmar una capitulación.

Luego salió a relucir el asunto de la guerrillera holandesa Tania Nijmeijer. A pesar de que en su intervención De la Calle se limitó a decir que el Gobierno respetaba la composición de representantes de la guerrilla en la mesa de diálogos, Iván Márquez no se cuidó de decir que su inclusión en la delegación de la insurgencia generó dificultades. Como lo informó El Espectador, el tema sí generó problema. Primero porque las Farc nunca mencionaron a extranjero alguno para intervenir en Oslo, y segundo, porque no había tiempo para trasladarla.

Lo cierto es que el tema de la holandesa causó líos por los trámites de inmigración y requisitos para ingresar a Europa, con el dilema adicional de las órdenes de captura internacionales, y que las Farc lo exigieron con el argumento de que ellos no habían vetado la presencia de ninguno de los voceros del Gobierno. A la hora de la rueda de prensa, los delegados de las Farc insistieron en el tema y tras calificarla como una internacionalista o “la flor de la montaña”, informaron que alias Alexandra estará en los diálogos de La Habana.

Al cierre de la intervención, las Farc se despacharon con dos pullas más. Cuando se habló del marco jurídico para la paz, Márquez se fue lanza en ristre contra el Congreso y, aunque aclaró que había excepciones, por el escándalo de la parapolítica, calificó al Legislativo como “algo parecido a un antro de corrupción”. Este comentario le dio pie para responderle a Humberto de la Calle su observación de que las Farc debían darles la cara a las víctimas, para despacharse con una diatriba sobre quién es víctima y quién victimario en la confrontación entre el Estado y las Farc.

En síntesis, aunque el inicio formal de los diálogos quedó pospuesto hasta el próximo 15 de noviembre, ayer quedó en evidencia que, como cerró su intervención Humberto de la Calle, las dificultades son enormes. Pero de eso se trata un proceso de paz. Ayer, en círculos cercanos al Ejecutivo, hubo cierto sinsabor por la postura de las Farc. Pero también quedó clara la convicción del Gobierno de que no se discutirán reformas a fondo del Estado, ni existe la idea de pensar en una constituyente, ni tampoco están en discusión pactos como el TLC.

 

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