Santismo y uribismo: ¿dos rutas para la paz?

La génesis de la disputa política que viven hoy el presidente Juan Manuel Santos y el expresidente Álvaro Uribe. De la ‘seguridad democrática’ al proceso de paz.

El presidente Juan Manuel Santos, Álvaro Uribe Vélez./ Archivo

En los últimos meses, el presidente Juan Manuel Santos, en diversas ocasiones, ha contestado a las críticas del expresidente Álvaro Uribe, indignado con el rumbo del país en las manos de su exministro de Defensa, uno de los pilares incuestionables de la ‘seguridad democrática’, protagonista de la ‘Operación Jaque’ y del operativo en el que resultó muerto ‘Raúl Reyes’ en territorio ecuatoriano.

En su conciliador discurso de posesión, el presidente Santos ya se distanciaba de los elocuentes pronunciamientos que pasaron a hacer parte del imaginario nacional. La imagen de un presidente incansable, que creía en su estrategia militar para recuperar la presencia del Estado en áreas dominadas por la guerrilla y que mientras negaba el conflicto, lograba cambiar la percepción de seguridad de la mayoría de los colombianos, lo que contribuyó para su reelección.

Su alta popularidad se constituyó por el apoyo de la élite económica y política tradicional y la clase política emergente, fortalecida durante su gobierno. Segmentos importantes de la población, extenuados por un conflicto sin fin, en aquel momento creyeron que los fines justificaban los medios.

Mientras la seguridad democrática provocó, especialmente en el exterior, un cuestionamiento sobre la ética militar y los derechos humanos, el riesgo país disminuyó y Colombia recuperó la confianza de los inversionistas extranjeros. Las pescas milagrosas se distanciaron del cotidiano y las coordenadas que facilitaron la liberación de los secuestrados trajeron esperanza de paz al país, con el apoyo logístico de Venezuela y Brasil.

No obstante, el conflicto se complejizaba en el campo: el debilitamiento ideológico de los grupos al margen de la ley financiados por el narcotráfico se enfrentó con un paramilitarismo también fortalecido militar y financieramente, y con un Ejército equipado con la tecnología del siglo XXI, además de los intereses de las multinacionales. El campo se volvió un lugar de innumerables batallas y el desplazamiento de los campesinos una consecuencia directa y trágica del largo conflicto interno.

A la par con el respaldo interno a la ‘seguridad democrática’, Colombia enfrentó varias crisis diplomáticas con antiguos socios en el ámbito de la Comunidad Andina de Naciones, protagonizadas por un vecino incontrolable, Venezuela, cuyo proyecto político e ideológico aún encontraba respaldo en el alto precio de los barriles de petróleo.

El fortalecimiento de la cooperación militar con Estados Unidos y el tema de las siete bases militares estadounidenses en territorio colombiano suscitaron cuestionamientos, no obstante no hubo ninguna propuesta regional alternativa debido a la inexistencia de excedentes económicos y militares que permitieran sustituir o complementar la dinámica del Plan Colombia y los acuerdos derivados.

Al final del segundo mandato del presidente Uribe, Colombia era un país que indicaba cambios significativos en el contexto doméstico, no obstante, era también un país con un potencial liderazgo en su zona de influencia que se había aislado de la región. La imposibilidad constitucional de un tercer mandato consecutivo, las chuzadas realizadas por el aparato estatal, la corrupción en “agro negocio seguro” y la crisis entre los tres poderes (Ejecutivo-Legislativo y Judicial) había desgastado su imagen mítica.

El uribismo y su representación simbólica --un poder político emergente– retornó entonces a la Casa de Nariño en la figura de Juan Manuel Santos, un legítimo representante de la clase política tradicional, considerado por aliados y opositores como un estratega.

En los primeros meses de gobierno, Santos tomó decisiones que indicaban un nuevo camino: el fin de la crisis diplomática con Venezuela y Ecuador, su primera visita de Estado a Brasil, el ingreso de Colombia al Consejo de Defensa Suramericano y el nombramiento de María Emma Mejía como Secretaria General de UNASUR, el retorno de Zelaya a Honduras y su sorprendente actuación en la Cumbre de las Américas Fue así como se dio la reaproximación de Colombia a la región y comenzó a ser visto como un nuevo líder regional.

Sin embargo, su plataforma política se distanció de los temas de sus aliados. El ‘santismo’ empezó a caminar con su propia pauta y poco a poco, más allá de la normalización de las relaciones internacionales, el debate acerca del proceso de paz sustituyó lentamente el discurso de fortalecimiento de la estrategia militar, como única forma de resolución del conflicto.

Hoy, a pocos meses de un nuevo proceso electoral, el presidente Santos tiene como su mayor contrincante al grupo liderado por el expresidente Álvaro Uribe, cuyo representante será el exministro de Hacienda, Óscar Iván Zuluaga.

Más allá de atritos y de la ruptura política, se percibe el potencial de dos líderes que creen en soluciones distintas. Uno apuesta en las estrategias exitosas de la década pasada, el otro se arriesga a luchar por un proceso de paz. ¿Qué tal que ambos se dieran cuenta de la importancia real que tuvieron hasta llegar a las mesa de negociaciones de la Habana y la que tendrán ojalá muy pronto en una Colombia en época de pos-conflicto? Toda América Latina espera celebrar ese día.