Transformar dolor en memoria poética para la paz

El Ejército asesinó a su hijo y ahora es activista por los derechos humanos. Recibió el Premio Mejores Líderes 2016 y fue nominada al Nobel de Paz.

Luz Marina Bernal es una de las madres de Soacha, mujer de la Colombia profunda, madre de Fair Leonardo Porras Bernal, muerto en un mal llamado “falso positivo”. La conocí en la Corporación Colombiana de Teatro, con sus compañeras. Venían a contar en una acción poética la verdad sobre sus hijos asesinados y presentados como guerrilleros dados de baja en combate para simular en las estadísticas y en las noticias que se ganaba la guerra.

Su hijo desapareció el 8 de enero del 2008. A los ocho meses Luz Marina lo identificó en una foto de Medicina Legal, la mitad de su cara de niño grande destrozada. Le dijeron: “Es un jefe narcoguerrillero. Enfrentó a la Brigada Móvil 15 del Ejército con una pistola en su mano derecha”. “Pero mi hijo es zurdo, discapacitado de su mano y su pierna derecha, no sabe leer ni escribir ni identificar el valor del dinero, es un niño en un cuerpo grande, no es un jefe guerrillero”. Con seis meses de embarazo, a Luz Marina la atropelló un carro. Fair nació prematuro. Con meningitis. Su amor de madre lo retuvo en la vida. Su hermano lo abrazó la última mañana que lo vio vivo. Fair iba a hacerle un favor a un vecino. Su felicidad era ayudar a todos en el barrio.

Lo sepultaron como N.N. en fosa común, en Ocaña. Luz Marina fue por él: “En la exhumación de mi hijo sólo me dieron la mitad de su cuerpo. ¿Cuántos años más tengo que recorrer este país para que me entreguen la otra parte?”.

Ella y sus compañeras llegaron al teatro a participar en Mujeres en la plaza, memoria de la ausencia: Dónde están, acción poética creada por Patricia Ariza con 300 mujeres en la Plaza de Bolívar el 27 de agosto del 2009: 250 familiares de desaparecidos y 50 artistas, músicas, actrices, bailarinas. Quizá la más grande y conmovedora performancia hecha en el país para nuestros más de 60.000 desaparecidos (más que en las dictaduras del Cono Sur). De esta primera experiencia artística, Luz Marina suele decir: “Uribe quiso callarnos. Mandó que no nos dieran más pantalla. Pero la Corporación Colombiana de Teatro nos abrió las puertas del arte. Hace ya ocho años. Y nos convertimos en poetas, en grafiteras, en cantantes, en creadoras”.

Con estudiantes de la Escuela de Cine y TV de la Universidad Nacional, fuimos a las casas de Luz Marina y sus compañeras María Sanabria y Lucerito Carmona, para documentar su participación en Mujeres en la plaza. Luz Marina sacó algunos objetos de su hijo. Y se avivó su recuerdo. Él se hizo presente en esos objetos: un oso de peluche, unos carritos, una Biblia. Pasó igual con sus compañeras. Y le dije: hagamos una obra de teatro en la que, así como ahora, con los objetos de Fair, cuentes quién era él. Y creamos colectivamente Antígonas: Tribunal de mujeres, con Tramaluna Teatro y ellas. Y dos mujeres sobrevivientes del genocidio de la Unión Patriótica. Y una exdirigente estudiantil, cantante bullerenguera víctima de montajes judiciales e injusta prisión. Y una abogada del colectivo José Alvear, víctima de las chuza-DAS y de viles amenazas a su familia: le enviaron una muñeca ensangrentada, descuartizada. Con objetos de sus hijos y familiares presentan sus casos ante un tribunal imaginario. Las actrices de Tramaluna Teatro sitúan esos relatos íntimos en el mito: todas ellas son Antígonas: nos revelan que lo más personal es político, que su amor va más allá de la muerte. Hacen de su dolor verdad poética que pregunta por el tejido de horror y poder de un Estado padre capaz de desaparecer a sus hijos en el silencio de las fosas comunes. Con los objetos de su hijo, Luz Marina logra ir más allá de la denuncia del crimen. Logra que Fair se haga presente. Que el público lo sienta presente. Y sepamos quién es ese niño grande de ojos azulados cual estrellas de menta. Igual sus compañeras con los suyos. Hemos recorrido parte de Colombia y otros países con esta obra.

Cuando Luz Marina habla, su presencia, su mirada clara y profunda nos revelan la nobleza sobrehumana de quien ha vivido lo que no tiene nombre: la muerte de un hijo, y que cada día transmuta con amorosa alquimia materna su dolor en fortaleza y en memoria poética para dignificar la vida. Su conmovedor relato no inspira lástima. Su dulzura y su tranquila rebeldía contagian rabia y esperanza. Ella habla y su palabra convoca los dones magnéticos y misteriosos de la poesía y la acción iluminada que desafía los poderes incontestables de la muerte. Las amenazas no la arredran.

“Durante más de 40 años viví sin ver dónde vivía. Tuve que perder a mi hijo para ver lo que pasa en Colombia. Yo parí a mi hijo, pero él me parió para la lucha del país.” El primer día con ellas en el teatro no sabíamos que en Luz Marina latía esa voz. En ella y sus compañeras había una especie de luz o sombra indescifrable que el dolor les talló en el rostro y en la presencia. El dolor, una fuerza contenida. La presencia, un látigo. Eran las madres de Soacha. Sus denuncias indignaban a la población y al mundo. El presidente Uribe quiso acallarlas con otra infamia. Dijo a los medios: “Los falsos positivos son falsas denuncias. Los jóvenes de Soacha no se fueron precisamente a coger café sino con propósitos delincuenciales.” Como las palabras matan, atizó un ciclón. En el tribunal de Antígonas, Luz Marina lo recusa: “¿Quién era él para degradar el nombre de nuestros hijos? ¿Acaso se tomó el trabajo de averiguar quiénes éramos cada una de sus familias?”.

La tenacidad y lucidez de Luz Marina la llevaron a estudiar derechos humanos. Hizo un diplomado con el Colectivo de Abogados José Alvear. Se hizo lectora. Estudiosa. Con su abogada consiguió que los asesinos de su hijo fueran condenados y la justicia signara su crimen como de lesa humanidad. Un precedente definitivo para los más de 6.000 casos de falsos positivos denunciados.

Con su lucha por la verdad y la justicia para los jóvenes asesinados, Luz Marina fue como víctima a los diálogos de La Habana. Y ha recibido entre muchos reconocimientos el Premio Mejores Líderes 2016, el Premio del Instituto Catalán de la Paz, la nominación al Premio Nobel junto al presidente Juan Manuel Santos y a Rodrigo Londoño, comandante de las Farc. Luego de la derrota del plebiscito, Luz Marina le dijo a una periodista en España: “Se lo dieron sólo a Santos para comprometerlo de verdad con la paz”.

Pero quizá el premio más tenaz conquistado por ella es el ser memoria viva de nuestra tragedia, canto que brota de su transformación de madre victimizada en lideresa que lucha en los tribunales, las palestras, las acciones performáticas, los teatros, las calles; mujer que busca cada día a los jóvenes usados como mercancía para las estadísticas militares y premiar a sus asesinos con medallas, viajes, monedas.

Quienes tenemos el privilegio de trabajar con ella en los tablados del arte y de la vida sentimos en su amorosa presencia y en su palabra el llamado a crear la verdad poética de lo vivido para construir la paz honda y duradera que merecemos: si los pueblos no transmutamos en poesía compartida, en canto común, la historia de nuestra tragedia, la épica de nuestra tenacidad, nos condenamos a repetir la roja muerte violenta.

Luz Marina ha dicho: “Como víctima, a pesar del dolor, le aporto todo al proceso de paz. El día que deje de revivir a mi hijo en la palabra o en el teatro, él muere y yo también. Somos la historia, somos la memoria”.

* Poeta, dramaturgo, escritor y actor. Profesor de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia. Director de Tramaluna Teatro.

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