El oriente antioqueño sufrió un oscuro capítulo de la guerra

Trazos de reparación en San Carlos (Antioquia)

José López es un artista que se ha dedicado a resignificar los lugares de la tragedia en uno de los municipios más afectados por el conflicto armado, donde entre 1988 y 2010 se realizaron más de 30 masacres. Así se ve el nuevo horizonte de los sancarlitanos.

José López busca patrocinio económico para extender su proyecto de murales a favor de la memoria histórica de San Carlos.Sebastián González-Unidad para las Víctimas

Con cada brochazo la fachada gris se iba transformando en un extenso paisaje, con figuras coloridas y campesinos cultivando la tierra. Poco a poco fue tomando la forma de San Carlos (Antioquia). La gente se acerca curiosa y el pincel se detenía en los lugares que fueron marcados por la guerra. El mapa del dolor, hoy convertido en un mural que pretende el renacer de San Carlos.

José López los conoce bien. Tiene 35 años y vivió en este municipio antioqueño a finales de los años 90, cuando el conflicto armado trajo los peores flagelos de la disputa del territorio entre guerrillas y paramilitares. Fue la época de los asesinatos diarios y las masacres. Los cadáveres quedaban a la vista del pueblo por varios días en sus calles y campos. Víctimas que nadie recogía por temor. La gente desaparecía sin dejar rastro y las minas “quiebrapatas” sembraron de terror los caminos.

Mientras la gente se desplazaba por millares, José encontró en el teatro, la pintura, los títeres y la música una barrera contra tanta violencia. “El arte me dio un escudo para sobrevivir al conflicto armado”, asegura. Su carrera como artista se desarrolló en el fuego cruzado. Y ha sido tan prolífica como el dolor visto. Es pintor, artista plástico y director del grupo teatral La Gotera.

Lea: Zipacoa (Bolívar), en la recta final de la reparación colectiva

“San Carlos, Memoria de Sueños y Esperanzas” es un proyecto que busca convertirlo en el “pueblo de los murales, en una galería al aire libre para mostrar cómo, desde el arte, nos reconstruimos y aportamos a la paz, la reconciliación y a la memoria histórica”, dice el artista mientras señala calles o lugares donde ocurrió algún hecho violento. Su lienzo son los muros usados por los grupos violentos para intimidar a la gente y dejar mensajes de muerte.

Ya ha hecho 16 murales que suman más de 700 metros cuadrados pintados sin apoyo económico de ninguna institución, pero con ayuda de muchas manos. El más reciente retrata a un arriero halando una mula cargada de café y, al fondo, en medio de sembrados, una colorida casa campesina. Lo llama El Mural del Retorno, por los desplazados. Lo acompaña una leyenda: “Los sancarlitanos nos soñábamos volver al pueblo y encontrarlo con el campo sembrado, con ganado y los arrieros en sus casas”.

Y es que el desplazamiento tuvo dimensiones dramáticas en San Carlos, se estima que cerca de 20 mil personas que abandonaron sus tierras (más de la mitad de su población). Y no era para menos, el Centro Nacional de Memoria Histórica a documentado que, entre 1988 y 2010, San Carlos fue escenario de 33 masacres de guerrillas y autodefensas que dejaron 219 víctimas.

El uso indiscriminado de minas antipersonales causó 119 víctimas civiles y 127 militares. El miedo a estas trampas mortales también forzó a la gente a abandonar sus predios y muchas veredas quedaron vacías. El municipio pasó de ser conocido por su riqueza hídrica, a una zona roja. Primero llegaron las Farc y el Eln; después, los paramilitares.

Joselo, como le dicen en el pueblo, cuenta que a “estos grupos armados no les quedó ni un pedacito para intimidarnos. No era sólo asesinar, desaparecer a la gente o poner minas, sino que con sus acciones y hasta los grafitis nos llenaron la cabeza de imaginarios de guerra. Era común que la gente dijera que nos cayeron todas las plagas”.

Como muchos pobladores de San Carlos, José tuvo que irse en el año 2001 luego de que los paramilitares lo acusaran de ser colaborador de la guerrilla. Vio de “cerca la muerte” cuando un paramilitar con fama de sanguinario lo abordó mientras trabajaba. Vestía de camuflado y gafas cuando le apuntó al rostro con su arma gritándole que lo mataría. “En ese momento uno se paraliza por el miedo, siente que la vida termina para allí mismo”, recuerda.

José y el hombre armado se conocían desde niños. Crecieron en el mismo barrio y, en medio de la violencia, cada uno tomó un camino distinto. Por casi un año vivió desplazado, pero el arraigo a su pueblo lo llevó a asumir una misión: “Mostrar la historia de San Carlos desde el arte para dejar atrás las huellas del dolor”. Con esa idea, en una esquina muy cerca del comando de la Policía, pintaron un mural que ilustra una chiva. “Decidimos pintarlo como alegoría a la idiosincrasia campesina. Es una chiva repleta de sueños que nos invita a retornar a nuestro terruño”.

Otro muro tiene retratado a Arcadio, un anciano muy conocido en el pueblo, de quien se dice siempre le gustó más conversar y caminar que trabajar. Y en otra cuadra se ven dos hombres de sombrero, poncho y carriel en un tradicional trueque. En el mural del barrio Zulia los retratados son los niños que juegan golosa y canicas. Lo hizo porque cree que se necesita “recuperar la inocencia que el conflicto hizo que perdiéramos, porque de jugar al escondidijo, la golosa y la lleva pasamos a jugar a los pistoleros y los muertos”. “Tenemos que sembrar en estos muchachos la nueva semilla, lo que tenemos en San Carlos se lo deseo a todo el mundo. Nuestra tierra tiene todos los climas, cantidad de ríos y cascadas, fauna, flora. Y sin minas ya, no volvimos a tener más víctimas”.

Para Joselo el arte ha permitido a “la gente identificarse en estas obras, porque reconocen su historia y hacen catarsis de lo que sufrieron”. Y concluye: “No sólo embellecen las fachadas, sino que retratan cómo éramos antes del conflicto, la historia de resistencia de la gente y de cómo, incluso en medio del conflicto armado, ya estábamos reconstruyéndonos”.

El artista se refiere al retorno de cerca de 15 mil desplazados en los últimos años. También al desminado humanitario realizado por sus habitantes, que comenzaron a desenterrar minas y su ejemplo impulsó al Ejército a asumir el reto, que concluyó en 2012 con San Carlos certificado como el primer municipio libre de este riesgo en Colombia. José López Rincón ha querido pintar la historia de San Carlos con colores brillantes. Mientras lo hace repite una y otra vez que “no vamos a seguir con el corazón arrugado del odio y tristeza, tenemos historias de violencia, pero estamos construyendo la paz y volvimos a estar orgullosos”.

Siga a la Unidad de Víctimas en redes sociales:

Twitter,Facebook e Instagram y vea su canal de Youtube

 

últimas noticias