“Una marcha multitudinaria será un remezón necesario”: pensador argentino de izquierda

Atilio Borón, que participa en la Cumbre mundial de arte y cultura para la paz, reflexiona sobre la movilización del 9 de abril y el proceso de paz, que considera estratégico para Latinoamérica.

Atilio Borón, pensador argentino de izquierda que participa en la Cumbre mundial de arte y cultura para la paz.

Ya parece un lugar común afirmar que la paz en Colombia, el único país del continente donde se mantiene un conflicto armado, significa paz para la región. Esa afirmación, sin embargo, suele repetirse tanto que su sentido práctico se ha diluido entre discursos optimistas. El argentino Atilio Borón dictó este miércoles 8 de abril una charla en la que intentó descifrarla, como parte de la Cumbre mundial de arte, cultura para la paz que hasta el domingo se llevará a cabo en Bogotá. El Espectador dialogó con él sobre esto y sobre el significado que tuvo la marcha del día nacional de solidaridad con las víctimas.

Usted dictó una charla titulada La paz de Colombia es la paz de la región. ¿Por qué hacer esa afirmación?

Primero, por la gravitación que tiene Colombia: por su economía, demografía, geografía e historia es uno de los países más relevantes de la región. Por lo tanto, una situación de conflicto en Colombia, de alguna manera, aparece como un espejo para los otros países, incluso para las cosas más malas. El terrorismo de Estado que asoló a América Latina encontró en la experiencia histórica colombiana una fuente de maligna inspiración. El conflicto en Colombia ha enseñado que la aplicación del terrorismo de Estado es algo posible.

Segundo, porque Colombia se constituyó en la cabeza de playa del militarismo más desaforado de los Estados Unidos. Ese acuerdo que su Tribunal Constitucional declaró ilegal, algo que en la práctica para Estados Unidos no tiene la menor importancia, para tener en siete bases militares presencia fuerte de personal militar norteamericano, de vuelta es una amenaza sobre todos los países del área. De hecho se produjo un efecto contagio: Perú imitó lo que hizo Colombia al punto que hoy tiene más bases con presencia militar norteamericana. Eso no hubiera ocurrido si no hubiera estado ahí la presencia colombiana, de alguna manera legitimando esa cuestión. Por eso, para nosotros, la paz en Colombia significa, de alguna manera, el primer paso para un proceso de desmilitarización que tenemos que tener en América Latina.

Esa es la importancia que usted dimensiona. ¿Pero cuál es la importancia que se le da en los demás países al proceso de paz entre el Gobierno colombiano y las Farc?

Mucha. Hay que diferenciar entre gobiernos y movimientos sociales. Los gobiernos no tienen más que acompañar en silencio o demostrando su satisfacción por lo que está ocurriendo. Los movimientos sociales son mucho más enfáticos, y están mucho más entusiasmados y esperanzados porque son conscientes de los enormes sufrimientos que esto le ha traído al pueblo colombiano. En Argentina hemos vivido una dictadura salvaje, brutal, genocida, pero nunca llegó a los extremos de lo que acá en Colombia aconteció bajo gobiernos supuestamente democráticos. Algo como los ‘falsos positivos’ son cuestiones que sorprenden aún ante la existencia de casos tan aberrantes y atroces como en la Argentina. Allá te robaban los bebés, pero acá reclutaban jóvenes de las zonas más marginales y ya se sabe la historia. Eso ha generado una solidaridad muy fuerte ante esos horrores y esa injusticia.

En el país se marchó en homenaje a las víctimas. ¿Cuál es la importancia de la movilización social para un proceso como el que vive Colombia?

Es muy importante. Los gobiernos muchas veces tienen que moverse en función de múltiples condicionantes y restricciones, y a veces tropiezan con algunos obstáculos que los hacen actuar con cautela, como las luchas políticas internas. La presencia multitudinaria que seguramente habrá en esta marcha será un remezón fuerte y necesario. Los gobiernos necesitan eso. Grandes manifestaciones fueron las que permitieron muchos cambios sociales importantes en América Latina. Por eso la marcha no es un festival, no es jolgorio: es un instrumento político para que el gobierno sienta que hay un reclamo fuerte, no negociable, no transigente para avanzar en los diálogos de paz. 

En La Habana están representantes del Gobierno y de las Farc, y las víctimas han ido mediante delegaciones. ¿Cuál es el papel real que ellas deben cumplir dentro del proceso?

Tienen que mostrar las atrocidades y su sufrimiento. Impulsar y forzar a quienes están en la negociación para que avancen lo antes posible. La inclusión de las víctimas ha sido una gran innovación que han tenido los diálogos. Colombia tiene el mérito de que las incluyó en la negociación, algo que no ha ocurrido en otros países. Esto es lo que me hace ser optimista de que realmente alcanzaremos la paz, lo que seguramente hará de América Latina una mejor región.

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