Vamos Colombia cierra con un fin de semana dedicado a la reconciliación en Caquetá

El fin de semana pasado, voluntarios de empresas privadas, líderes sociales, miembros del Ejército, exguerrilleros, campesinos y estudiantes trabajaron unidos por Colombia en la versión de cierre de Vamos Colombia.

Cortesía Vamos Colombia

Conocer nuevas realidades, derribar estigmas, encontrarse con el otro, sembrar esperanza y darse la mano: esto es lo que cultivó Vamos Caquetá, el evento final de Vamos Colombia, un proyecto de la Fundación Andi con el apoyo de Usaid y Acdi/Voca, organizaciones que hacen parte del Programa de Alianzas para la Reconciliación.

El fin de semana pasado, Caquetá fue escenario de perdón, empatía y nuevos proyectos. Del 16 al 19 de noviembre, las comunidades de la vereda el Caraño y el barrio de invasión la Ilusión, junto con militares, exguerrilleros, campesinos, empresarios, indígenas y líderes sociales, zoquearon cafetales, pintaron escuelas, sembraron árboles y cantaron al ritmo de la unión.

Vamos Colombia estuvo también presente en otros cinco departamentos en lo corrido del 2017, generando activaciones regionales en Chaparral (Tolima), Quibdó (Chocó), San Carlos (Antioquia), Santa Marta (Magdalena) y Buenaventura (Valle del Cauca).

Esta iniciativa surgió con el fin de sensibilizar a las personas de las empresas privadas en relación con el posconflicto a través de una experiencia de contacto directo entre “seres humanos que se hablan, que se ponen en los zapatos del otro y que desde ahí comparten sueños, posibilidades de futuro”, como lo definió Néstor Gómez, director de Vamos Colombia, en entrevista con El Espectador. Lea también: La inclusión no es un favor

Desde el pasado jueves, los estudiantes de la Institución Educativa Avenida el Caraño, lugar en el que se llevó a cabo el campamento del evento, esperaron a los 250 voluntarios con pancartas de bienvenida, bailes y trovas. Esta fue la apertura a cuatro jornadas de integración y trabajo en equipo entre todos los asistentes.

Más allá de los logros compartidos que se alcanzaron, como lo fueron las obras de mejora al centro comunitario del barrio La Ilusión, la siembra de huertas urbanas, la disposición de una nueva biblioteca, el trabajo de apoyo con el Circo del Ejército, la reforestación del cauce de las quebradas, la pintura de murales y las labores realizadas en las fincas veredales, los voluntarios se quedaron con aprendizajes y una serie de compromisos de cara al posconflicto, etapa que pronto enfrentará el país.

Daniel Guerrero, auxiliar de la Gerencia de Comunicaciones y voluntario de Sura, aseguró a El Espectador que, después de su participación en Vamos Caquetá, quedó con “la misión de contarle a la gente de la ciudad lo que pasa más allá del cemento, porque es muy sencillo desde el escritorio y la comodidad opinar sobre temas que son sensibles para el país”.

Una de las voluntarias de Bavaria, Luisa Fernanda Casas, coincide con Guerrero. “Nosotros vivimos el conflicto a través de un televisor y somos los que estamos poniendo obstáculos para que este país cambie. Llegar acá y darse cuenta de que la gente que vivió todo lo perdona, entiende el verdadero significado de perdonar”.

Y es que, en Caquetá, entre la humedad y el bochorno propios de la región amazónica, se puso en evidencia lo que se puede lograr cuando las personas se unen a trabajar por un objetivo en común, más allá de su lugar de origen, su pasado e historia. “Ver a todos juntos, sin importar quiénes éramos y de dónde veníamos, haciendo un hueco en el suelo, pintando un mural, sacando adelante un proyecto que en la mañana nos trazamos, es una metáfora de lo que puede lograr el país. Sí se puede la paz”, expresó Jonathan Rave, de Marinilla, Antioquia, voluntario de Griffith Foods.

Hasta Hernán Méndez, el presidente de Procafecol – Juan Valdez, cambió su pinta impecable por unos zapatos salpicados de pintura y una camisa manchada de tierra. Haciendo parte mano a mano de las actividades, reafirmó que “nuestra responsabilidad es abrir las puertas a las personas que han participado en el conflicto para que tengan acceso y oportunidades, ya sea como proveedores, clientes, empleados o distribuidores. En esa medida estamos haciendo un aporte importantísimo para la paz”.

Parte de esto se refleja en la edición especial de café "Renacer", que lanzó Juan Valdez, con el fin de rindir un homenaje a seis regiones afectadas por el conflicto armado. Lea más: Juan Valdez le apuesta a una Colombia que renace con el café

Los retos que trae el posconflicto para Colombia desde lo económico, según un estudio de la Andi, están clasificados en dos grupos: el primero, se trata de la construcción de bienes públicos, vías terciarias, carreteras, escuelas y hospitales en las zonas que fueron abatidas por la violencia. El segundo radica en incluir realmente en las cadenas de valor de la economía del país a estas las poblaciones y territorios para hacer sostenible y competitiva la paz.

“Vamos Colombia es esa ventana que permite que las empresas entiendan ese otro lugar, tomen consciencia de su papel protagónico en el posconflicto y de la importancia de incluir poblaciones y territorios tradicionalmente excluidos de las dinámicas económicas”, afirmó Liseth Beltrán, coordinadora de proyectos de la Fundación Andi, proyecto que guía actualmente a 140 empresas en este proceso.

Según Beltrán, no se trata de hacerlo por “filantropía o la lástima”, sino que esto  “realmente consolida un mercado más fuerte que beneficia a las empresas, a las poblaciones y, por supuesto, al país”.

Jeison Montoya*, quien ahora se encuentra en proceso de reintegración a la sociedad después de haber pertenecido a las Farc, encontró en Vamos Caquetá un espacio para volver a soñar, compartir sus reflexiones y aprendizajes y pedir perdón.

Su sueño es terminar sus estudios y poder trabajar desde la legalidad para darle un ejemplo a sus dos hijos. “Yo le pido a las empresas que ojalá nos brinden la oportunidad, no queremos ser ricos ni tener el puesto de gerentes, queremos laborar y ganarnos nuestras oportunidades, demostrarle al país que podemos cambiar, que no le volveremos a fallar a nuestras familias o a la sociedad”, le confesó a El Espectador.

Lo mismo siente María Isabel Hernández, también en proceso de reintegración, quien sueña con montar su propio salón de belleza en el pueblo y estudiar enfermería para darle un título formal a lo que tanto practicó en la selva. Así, dijo, podría poner sus manos y su don de sanar al servicio de los colombianos.

Uno de los voluntarios de Chevrolet, Luis Eduardo Cañón Ramírez, recordó cuando en San Carlos, Antioquia, entendió la magnitud de la guerra y la llegada de la paz, aunque aún queden grandes retos y desafíos.

“Íbamos hacia una de las fincas caminando y en el piso se encontraban los casquillos de las balas, entonces era darse cuenta de que esto era algo que se vivía diariamente, que nosotros lo veíamos en las noticias pero era una realidad. Venir acá es conocer un poco de lo que vivieron pero más que todo es ver la nueva historia que se está escribiendo en cada una de las regiones del país, más allá de la firma de un acuerdo”, afirmó. Le puede interesar: Menos dolor: las cifras del primer año de la paz en Colombia

“¿Quién me trae tapitas de botella?”, preguntó al aire una voluntaria en pleno sol de mediodía, mientras la comunidad reciclaba botellas de plástico en las calles de La Ilusión. Todos salieron corriendo a buscarlas. Un militar trajo un par, los niños, entre risas, recogieron otras, algunos voluntarios le entregaron unas y un campesino regresó con varias en sus manos. No hubo ninguna distinción, solo una actitud de construir entre todos, de lograr un proyecto juntos. ¿Y si ese proyecto se llama Colombia?

 

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