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hace 1 hora

¿Voluntad de paz?

No es la primera vez que gobierno y guerrilla dicen querer una salida pacífica para el conflicto interno armado. Pero falta mucho para concretar una negociación exitosa en el país.

Acusar al otro de falta de voluntad ha sido recurrente en casi todos los procesos de paz. “Si algunos conflictos han quedado sin resolver, no ha sido porque no se conocieran técnicas de arreglo pacífico ni porque tales técnicas fueran inadecuadas. El fallo se ha debido, en primer lugar, a la falta de voluntad política de las partes para buscar una solución a sus controversias”, escribía el ex secretario general de las Naciones Unidas, Boutros Boutros Ghali, en su Agenda para la Paz.

Colombia no escapa a la regla. Desde hace más de 30 años, gobierno y guerrillas se acusan mutuamente de no tener voluntad de paz, y cada vez que uno declara tenerla, el otro lo cuestiona. Las recientes declaraciones del presidente Juan M. Santos y de Alfonso Cano (el jefe de las Farc) son un nuevo episodio de esa retórica ciclotímica.

El Gobierno, que no confía en la voluntad de la guerrilla de dejar las armas, le pide que muestre primero gestos de buena voluntad. A su vez, la guerrilla insiste en que el gobierno demuestre su disposición de hallar caminos que permitan “crear el entorno para las profundas reformas económicas, sociales y políticas que garanticen la paz con justicia social”.

Decir que el éxito de una negociación depende de la disposición de ambos lados de negociar, es una evidencia que no es inútil de recordar. El problema es que este concepto de voluntad política es bastante ambiguo. Suena bonito, pero no es muy útil ni operativo.

Sin voluntad política de llegar a un acuerdo, la negociación se vuelve estéril y no se logra nada. Sin embargo, la voluntad no es un hecho innato o inflexible. No es un concepto estático, o fijo. No se trata sólo de buenas intenciones o de convicciones. Es también el resultado de necesidades, de correlación de fuerzas, de presiones y de intereses particulares.

Ambos lados tienen razón para desconfiar. Se han sentido engañados en el pasado: Unión Patriótica, Casa Verde, Caguán, esos nombres nos recuerdan que la sombra del pasado es pesada y que el camino a la paz no sólo depende de decisiones y de las circunstancias de hoy.

En la mayoría de conflictos, los actores no quieren tomar el riesgo de negociar de verdad, porque no hay garantías e incentivos suficientes. Por lo tanto, y para evitar que se convierta en un salto al vacío, cada negociación busca minimizar los elementos que provocan aversión (risk averse), y maximizar los incentivos al tomar riesgos (risks incentives). Debe promover garantías sólidas para cambiar las actitudes de las partes e incentivos para que desistan de usar la violencia.

¿Tuvieron más voluntad de paz el M-19, el EPL, PRT, la CRS y el Quintín Lame que las Farc y el Eln? Algunos decidieron tomar un riesgo calculado porque consideraban que los cambios propuestos daban suficientes incentivos y garantías para defender y promover sus intereses. Otros líderes rechazaron la oferta, porque no veían suficientes beneficios concretos para sus grupos… ni para ellos.

En efecto, los procesos de paz son también la combinación de anticipaciones racionales por parte de actores movidos por sus intereses personales. No es que haya, por un lado, líderes meramente virtuosos, y por el otro, líderes puramente cínicos o interesados, pero muchos procesos resultan ser el producto de arreglos mutuos.

¿Quisieron más la paz los salvadoreños, sudaneses, y camboyanos, que los afganos, palestinos, o colombianos? No es que unos quisieron más y otros no. Algunos tenían intenciones o deseos, pero no estuvieron dispuestos a hacer la paz a cualquier precio; otros evaluaron, sopesaron, cambiaron sus percepciones y sus lógicas de pensamiento, y lograron defender sus intereses.

No se puede, entonces, tener siempre una visión maniquea de la realidad, la voluntad por un lado y su ausencia por el otro. Lo que a veces percibimos como voluntad de paz o gestos de buena voluntad, no lo son necesariamente. Pueden ser el resultado de una táctica, de una trampa para ganar tiempo y reforzarse, o de una puesta en escena para mostrarse como pacifista. Al mismo tiempo, diagnosticar una ausencia de voluntad no significa que haya necesariamente mala voluntad. Múltiples factores (presiones internas, dilemas de seguridad, falta de confianza) pueden obstaculizar la deconstrucción de lógicas de pensamientos conflictivas y la construcción de representaciones favorables a la paz.

Finalmente, acusar al otro de no tener voluntad puede deberse a que una de las partes no quiere la paz que le propone la otra. No porque falta voluntad de paz, sino porque falta claridad y consenso sobre la finalidad de las negociaciones, sobre lo que entiende cada parte por lograr la paz.

Las Farc y el Eln dan la impresión de no saber lo que quieren exactamente, refugiándose detrás de sus llamadas a una consulta popular a través de una constituyente. El Caguán dio lugar a un catálogo de reivindicaciones, pero más allá de fórmulas verbales sobre la necesidad de grandes reformas socio-económicas y políticas, no está claro cuáles son sus prioridades y qué estarían dispuestas a ceder.

Por su lado, el Gobierno insiste —con razón— en que el diálogo debe pasar antes por la liberación de los secuestrados y, de manera general, acatar el derecho internacional humanitario, pero no se sabe muy bien cuál es su visión de paz, más allá de la desmovilización de la guerrilla a cambio de su reincorporación.

En conclusión, ¿qué es lo que más les hace falta a las partes en conflicto para (re)iniciar diálogos de paz: voluntad política o claridad política?

* Frédéric Massé es codirector del Centro de Investigaciones y Proyectos Especiales (CIPE) de la Universidad Externado de Colombia.

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