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"Yo decidí perdonar y renacer de las cenizas": víctima del conflicto armado

Hace 24 años, Elsa Quinaya fue desplazada del campo junto a su familia cuando un grupo armado quemó su finca. Ella encontró en el perdón una forma de volver a la vida.

Hoy es la administradora su finca en la vereda La Cajita, en Cali, en la que recoge el fruto de 8.000 plantas de café.Archivo particular

La ropa que tenían puesta. Nada más. Eso fue lo único que pudieron conservar Elsa Quinaya, su esposo y sus tres hijos después de la noche del 2 de septiembre de 1994. Su finca, la que inundaba el horizonte de cafetales y les daba de comer, fue el blanco de ataque de alguno de los actores armados que para la época habitaban los montes del Valle del Cauca. Con gasolina y candela la hicieron arder en llamas hasta dejarlo todo del color de las cenizas.

En la penumbra, temblando del miedo e intentando entender, tuvieron que decirle adiós a los cultivos de frutas y a las semillas, a los muebles que los vieron crecer, a los portarretratos con historias familiares, a su labor que comenzaba en la madrugada y al olor del campo. “Nos quemaron la casita y nos desterraron”, eran las palabras que se cruzaban por la cabeza de Quinaya, mientras iban de camino a la ciudad de Cali y se sumaban a los más de 7 millones de desplazados que ha dejado el conflicto armado en el país.

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“No fue nada fácil comenzar de cero”, recuerda. Aunque en menos de ocho días donaciones de amigos y organizaciones no gubernamentales compensaron algunas de las pérdidas materiales, ella entendió que era imposible construir un nuevo mañana con el dolor y la ira como cimientos. Su esposo perdió uno de sus ojos en el incendio y, con él, la esperanza de mirar hacia adelante. Y Rigoberto, el mayor de los hijos y quien entonces era apenas un adolescente, “dejó a atrás su inocencia y empezó a sufrir de una enfermedad llamada venganza”, como define Elsa a la rabia incesante que había invadido el corazón de su pequeño.

Y ella también sintió odio y desesperación. “Yo me pregunté una y mil veces ‘¿por qué a nosotros si no le hemos hecho nada a nadie?, ¿por qué nos echaron con una patada en el trasero si solo trabajábamos la tierra humildemente?’”. Y no había una respuesta diferente al silencio, ni otra reacción que no fuera maldecir lo que les había pasado. Entonces entendió “que el rencor era un peso que solo cargábamos nosotros, que, al fin y al cabo, teníamos que seguir viviendo y que había solo una cosa que nos iba a dejar descansar y avanzar: el perdón”.

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Fue a través de aquel acto, valiente y certero, que Quinaya dio el primer paso hacia el futuro de su familia. “Les enseñé a perdonar, a estar abiertos a volver a nacer, a seguir juntos, así nunca supiéramos quién y por qué nos hizo ese daño tan irreparable”, cuenta. Tanto Elsa como su esposo terminaron los años que les faltaban para completar el bachillerato y sus tres hijos eligieron una carrera profesional para trazar su camino. Desde entonces, cada 2 de septiembre celebran un nuevo nacimiento. Aunque unos tengan más arrugas que otros, en 2018 todos cumplirán “23 años de haber vuelto a la vida”.

Después de un tiempo y de haberse desprendido del pasado, Elsa y su marido volvieron al campo. Hoy, ella es la administradora su finca en la vereda La Cajita, en Cali, en la que recoge el fruto de las 8.000 plantas de café que día a día atiende con paciencia, cuidando sus tonos de vainilla, frutos rojos y canela, y dejando en cada grano el inigualable sabor a reconciliación.

El año pasado, su producto hizo parte de “Renacer”, el kit de cafés de origen de Juan Valdez que buscó visibilizar seis historias de cafeteros del país que sufrieron el paso de la violencia, pero decidieron reconstruirse a sí mismos y sus comunidades a través de esa pepa marrón.

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Paulina Tejada @PauliTejadaT

Posconflicto

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