Las fiestas patronales vuelven a tomar ritmo en el municipio de Villanueva

Zipacoa (Bolívar), en la recta final de la reparación colectiva

En 2001, paramilitares llegaron a este corregimiento, a 40 minutos de Cartagena, y se llevaron a cuatro de sus habitantes, quienes aparecieron asesinados en una finca cercana. Hoy, su población está en la última etapa del proceso de reparación colectiva junto a la Unidad para las Víctimas.

Como parte de una medida de satisfacción dentro del plan de reparación, una niña zipacoera plasmó la paz en un mural del pueblo. Germán Gómez Polo - El Espectador

“Cómo no me voy a acordar del día en que mataron a mi hijo”. Carmen Murillo tiene 64 años y desde la sala de su casa, a pocos metros de la plaza principal de Zipacoa, en Villanueva (Bolívar), narra lo que pasó el 9 de enero de 2001, cuando paramilitares del bloque Norte llegaron al pueblo. Intimidaron a la población y la obligaron a reunirse frente a la iglesia. Allí escogieron a cuatro jóvenes, tres menores de edad, y se los llevaron al monte. Algunos dicen que los disparos se escucharon en las tres calles de Zipacoa, pero fue un vecino de Carmen quien le contó que a Eligio Antonio Niño Murillo, su hijo, lo habían matado.

“Se llevaron a los pelaos para una finca como a las cuatro de la tarde dizque para hacer un sancocho y allá los mataron. Eligio tenía 17 años, era el menor de todos. Y uno viendo a esa gente no podía hacer nada sino dejarlos que se los llevaran”, cuenta la mujer en vísperas de las fiestas patronales del pueblo, que coinciden con la celebración de la Inmaculada Concepción, que se celebra el 8 de diciembre, y para las que ya quedan pocos ánimos. Ese día también mataron a Gelmin Enrique Jiménez Murillo, Rider Arellano Muñoz y Gilberto Bellido Tordecilla.

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Sin embargo, aunque la masacre de los jóvenes enlutó a los zipacoeros, el fantasma del desarraigo les llegó al día siguiente. La historia que cuenta Américo Arellano, miembro del comité de impulso para la reparación colectiva de Zipacoa, es que en la noche siguiente a la matanza nadie pudo dormir y las pisadas de los militares que habían llegado al pueblo en busca de los responsables se sentían en los jardines y los patios. Por radios se comunicaban con los altos mandos y aseguraban que los victimarios estaban en un rancho en El Bayano, un corregimiento de San Estanislao de Kostka, a cinco kilómetros de Zipacoa. “Allá entró el Ejército y se formó una balacera. Estaba lejos, pero el combate se sentía como si fuera aquí mismo. Entonces, la gente empezó a salir en buses, animales y a pie. Cuando íbamos saliendo, iban llegando los periodistas”, comenta Arellano.

Algunos se fueron a Barranquilla, Cartagena, Santa Rosa o Villanueva. Otros llegaron hasta Venezuela. Muchos no regresaron, pero quienes volvieron a sus tierras lo hicieron con la esperanza de recuperar lo perdido, de trabajar en proyectos productivos y de volver a bailar en la cancha principal, como lo hacían antes de que los paramilitares los llenaran de miedo y les quitaran las ganas.

Desde 2013, con el acompañamiento de la Unidad para las Víctimas, se inició el plan de reparación colectiva, que ha tenido medidas de rehabilitación y de satisfacción, y que hoy está en su recta final. Una de las acciones más recientes fue la estrategia de comunicación para dignificar el nombre de Zipacoa y que en la memoria colectiva quede inscrito que es un pueblo de paz. Por eso, durante el 6 y 7 de diciembre pasados, sus niños pintaban murales, sonaban los picós y se preparaban para la festividad como siempre.

Sin embargo, no todo es tan fácil en un pueblo en el que faltan las tierras para trabajar y se replican las dinámicas políticas tradicionales. Como explica Miguel Morón, investigador de la Fundación Universitaria Tecnológico Comfenalco, que ha acompañado el plan de reparación colectiva de Zipacoa desde hace dos años, las diferencias políticas han disociado y generado conflictos en la comunidad: “Hay personas que cuando dicen ‘reparación colectiva’ se concentran más en la palabra reparación y dejan en segundo plano la colectividad. Hay traiciones, cambios de bandos, chismes, y eso genera una serie de inseguridades a la hora de tomar decisiones”.

Una situación que también se hace evidente en las cooperativas que se han creado en la comunidad y que, en la práctica, se quedan en el papel, pues son conformadas, básicamente, por las mismas personas. “Puede ser estratégicos para acceder a proyectos y organizarse, pero a nivel interno es un desastre porque se crean envidias y recelos”, señala el académico.

En la Unidad para las Víctimas también son conscientes de la necesidad de la tierra, por lo que se dispone de un grupo especial para resolverlo. “Se acompaña a la comunidad en la legalización de tierras, donde cada caso es único. Por otra parte, junto al Ministerio del Trabajo, se avanza en la implementación de los proyectos productivos y las intervenciones en los predios disponibles”, explica Miledy Galeano Paz, directora territorial de la Unidad para las Víctimas en Bolívar.

Por fortuna, las desdichas y las alegrías de Zipacoa no quedarán en el olvido y ya han empezado a plasmarse en las libretas de algunos de sus habitantes. Pedro Paternina, un albañil que tiene su casa a medio levantar en una de las esquinas del pueblo, guarda con celo una agenda en la que desde hace más de 20 años ha escrito canciones y poemas, champetas y vallenatos. La abre en la terraza y recita de memoria las líneas que ha escrito para su pequeño Macondo: “Vas quedando en el olvido, mi pueblo viejo / y envejeciendo más y más / quisiera verte crecido como los años que te han caído / hoy que me inspiro te canto alegre / pueblito viejo de mis quereres / y es que mi anhelo es verte crecer como la bonga vieja que tienes /esa que recibe al que viene”.

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