La apoteósica salida del ‘superministro’

Néstor Humberto Martínez salió de la Presidencia con un capital político más amplio que el que tenía antes de llegar a la Casa de Nariño. Sus críticos dicen que dejó al Ejecutivo resquebrajado.

Néstor Humberto Martínez dejó el Ministerio de la Presidencia y, con su salida, agitó la política. Primero fue la novela de los motivos de su dimisión. Luego, los congresistas del oficialismo y la oposición uribista ensalzaron su papel como intermediario de la Casa de Nariño con el parlamento, incluso, le rindieron inusitados homenajes. En el Gobierno, por otro lado, quedaron en evidencia fracturas, los compromisos políticos volvieron a ser motivo de disputas y Martínez, ya fuera del Ejecutivo, empieza a dejarse tentar por las sirenas del poder.
 
Tan pronto asumió el segundo periodo, el gobierno de Juan Manuel Santos hizo una reingeniería de la Rama Ejecutiva por sugerencia de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Ocde). El mayor cambio en la estructura del poder fue la creación del ministerio de la Presidencia, un cambio de nombre y una ampliación de funciones para la dirección del Departamento Administrativo de la Presidencia de la República que, según dijeron en la Unidad Nacional, se hizo a la medida de Martínez. 
 
Una vez en el cargo, no pasó mucho tiempo para que Martínez se convirtiera en el puente entre la Casa de Nariño y los poderes judicial y legislativo. En la propia Unidad Nacional se empezó a cocinar la idea de que estaba usurpando funciones de los ministros de Justicia e Interior, Yesid Reyes y Juan Fernando Cristo, y los celos de partidos como el Liberal y la U, piezas claves de la coalición de gobierno, afloraron pues, a su juicio, el presidente permitió que Cambio Radical concentrara demasiado poder. No solo por el lugar que ostentaba Martínez (fundador de ese movimiento), también, porque Germán Vargas Lleras, el vicepresidente y jefe natural de esa divisa, se convirtió en el zar de la infraestructura.
 
Ese papel se hizo cada vez más evidente conforme avanzaba el  trámite en el Congreso de la reforma al equilibrio de poderes. Martínez no solo ayudó a conciliar con sectores de oposición sino que, según se supo durante las sesiones en el Congreso, las negociaciones del Ejecutivo con los parlamentarios, que generalmente eran canalizadas por el ministro del Interior, se concentraron en el despacho de Martínez. El ‘superministro’ se apoderó del poder de negociación. 
 
Desde la Casa de Nariño, Martínez logró capotear esas críticas. Se mostró independiente frente a Cambio Radical (la semana pasada le fue otorgado el carné del Partido de la U) e hizo lo posible por mostrar unidad con los ministros. Al tiempo, sonaban en los corrillos versiones sobre la intención del ‘súperministro’ de convertirse en Fiscal general en 2016. Rumores que se acentuaron cuando discrepó públicamente con Reyes y Cristo por el nuevo modelo de administración de Justicia. La discusión se zanjó en el despacho presidencial con saldo favorable para los encargados de las carteras de Justicia e Interior y se dijo que la pirueta de Martínez tenía que ver con sus deseos de ganar el favor de las cortes en una eventual candidatura a la dirección del ente acusador.
 
Cuando apenas faltaba el último debate de la reforma, Martínez renunció a su cargo. Aunque se dijo que lo hacía por una supuesta tensión de un sector del Gobierno con su manejo del poder otorgado o para rodear de legitimidad su aspiración a la Fiscalía, fue él mismo quien dijo que por cuenta de un compromiso comercial adquirido por la firma de abogados que lideró hasta que asumió el cargo en el Ejecutivo, Martínez Neira Abogados, debía dejar el ‘superministerio’ por su “realización profesional”.
 
La salida de Martínez se constituyó como un hecho político. Mientras se discutía el reequilibrio en la Cámara, las mayorías de la plenaria firmaron una carta en la que agradecieron al ‘superministro’ y destacaron su labor. El expresidente Álvaro Uribe, que después de diversos intentos del gobierno por tender puentes solo aceptó reunirse con Martínez, salió a elogiarlo públicamente. Sonaron respaldos a su candidatura a la Fiscalía, lo promocionaron como presidente de Cambio Radical y él mismo, a través de los medios de comunicación, expresó su deseo de seguir siendo un aliado de Santos para generar concordia con el Centro Democrático.
 
Algunas voces disidentes de la Unidad Nacional y el uribismo, como las senadoras Viviane Morales y Paloma Valencia, insistieron en que Martínez concentró mucho poder y en que, por lo tanto, era necesario que el presidente considerara eliminar funciones o, incluso, el cargo de ministro de la Presidencia. Esa no fue una opción en Palacio y, de inmediato, el cargo quedó, transitoriamente, en manos del ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas.       
 
Aunque es solo un encargo, Cárdenas empezó a sonar como el reemplazo formal de Martínez, así como el exembajador en Estados Unidos y exministro de Defensa, Gabriel Silva, muy cercano al presidente. Si no aparece nadie más en el sonajero, la designación de cualquiera de los dos, dicen en los mentideros políticos, significaría un golpe para el ‘vargasllerismo’, pues no era poca  la importancia de tener a un hombre de confianza en el manejo de las relaciones con las ramas del poder público.
 
Más allá de las proyecciones de los bloques políticos, lo cierto es que Martínez salió fortalecido tras su renuncia. Las buenas impresiones que dejó en las mayorías del Congreso y en algunos sectores de la Rama Judicial le dejaron el terreno abonado para considerar una aspiración a la Fiscalía, o a manejar los hilos de la Unidad Nacional de cara a retos como la eventual firma de la paz y las reformas que implica, o mantener la cohesión del santismo como un bloque con aspiraciones de poder. Martínez entró al ruedo político después de gozar por menos de un año de los superpoderes. 
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