Nacido para ser presidente

En 1991 inició su camino hacia el poder. Apostó duro, bebió tragos amargos y hoy cosecha lo sembrado. Sus banderas: unidad nacional y prosperidad democrática, producto de la consolidación de la seguridad.

Cuentan en los muchos perfiles que le han hecho desde que comenzó a despuntar en la política —por allá en 1991, cuando le aceptó al entonces primer mandatario César Gaviria el Ministerio de Comercio Exterior—, que a los 14 años, cuando estudiaba en el colegio San Carlos, uno de sus compañeros de curso le preguntó por qué se arreglaba las uñas y que él respondió con firmeza: “Es que voy a ser Presidente”.

No era raro oírle decir eso. La política corre por sus venas como herencia de su tío-abuelo, el ex presidente liberal Eduardo Santos y como hijo de Enrique Santos Castillo, editor general del diario El Tiempo. Juan Manuel Santos se acostumbró desde siempre a apostar duro, quizá llevado por esa habilidad que aprendió a cultivar con los años y que le reconocen amigos y familiares: la de jugador de póquer.

Hoy, en la cúspide de su carrera política como Presidente de Colombia, Santos cosecha lo sembrado durante los últimos 19 años e insiste en aplicar los principios del buen gobierno que tanto pregonó desde la fundación que creó en 1994 y que lleva ese mismo nombre, con la intención de crear espacios de convergencia entre el sector privado y el estatal, con el objetivo de mejorar la gobernabilidad del país en los ámbitos regional y municipal.

La “unidad nacional” y la “prosperidad democrática” son sus banderas. Colombia es ahora diferente y el discurso de la seguridad que encumbró a Álvaro Uribe durante los últimos ocho años comienza a darle paso a la necesidad de desarrollo social y superación de la pobreza. Así lo entiende Juan Manuel Santos, quien desde hace varias semanas ha ratificado otra de las cualidades que más le reconocen defensores y adversarios: su capacidad para armar equipos eficaces.

Ya sus propuestas están sobre la mesa: una casa digna, un empleo estable con salario y prestaciones justas, y acceso a la educación y a la salud para todos los colombianos. Además, bajar el desempleo, apoyar el emprendimiento empresarial, convertir a Colombia en una despensa productiva para el planeta, trabajar para que los campesinos sean dueños de las tierras y las exploten, ejecutar las grandes obras de infraestructura que requiere el país, mantener la economía fuerte y sana, consolidar la seguridad y combatir a los corruptos, entre otras.

Los retos aún son muchos, lo ha reconocido Juan Manuel Santos, conocedor de que en la labor pública muchas veces sólo se beben tragos amargos. Fue por eso que ayer recordó en su discurso de posesión las palabras que pronunciara su tío-abuelo, Eduardo Santos, el 7 de agosto de 1938 —hace 72 años—, al momento de asumir la Presidencia: “Cualquier sacrificio que me espera en la vía que hoy empiezo a recorrer, lo recibiré con alegría, sí puedo en cambio llevar a los hogares colombianos un poco más de bienestar, un poco más de justicia y el don divino de la paz”.