“¡No te juntes con esa chusma!”

De cómo el presidente Alfonso López Pumarejo les inculca a sus hijos la importancia de no amistarse con personas de inferior extracción social.

El voyerismo hace parte fundamental de la labor del historiador. Quien penetra en un archivo accede, de inmediato, a la vida privada de las personas. Y si éstas son lo que algunos llaman grandes personajes, la curiosidad —para no hablar del morbo— crece y se torna fácilmente en una adicción.

De Alfonso López Pumarejo es común que se diga que fue el mejor presidente de la historia. Reformista, pionero, visionario, innovador, transgresor y tantos otros excelsos adjetivos han sido utilizados, aquí y allá, para referirse al autor de la revolución en marcha. El carismático presidente López Pumarejo, además, era un padre preocupado. Incluso algo entrometido. Las minucias de las vidas privadas de sus cuatro hijos —Pedro, Fernando, Alfonso y María Mercedes— lo inquietaron por mucho tiempo. Está en su vida epistolar, lo podemos rastrear.

Así, no es de extrañar que en medio de la paradigmática reforma agraria de 1936, López Pumarejo se desvelara por los desamores de Alfonso, o que durante una penosa crisis económica lo importunara el “furor matrimonial” que habría poseído a Pedro. En carta del 14 de agosto de 1940 el entonces ex presidente se desahoga y le describe a Alfonsito algunas de las fallas de carácter de sus otros hijos. Se muestra molesto con las actitudes infantiles de Pedro, a quien le critica su despilfarro e inmadurez. Constata en son de reproche los elevados costos en que incurre para que Fernando finalice una carrera en Princeton y lamenta el que, no obstante la inversión, éste “no se haya redimido completamente de su complejo de inferioridad”. Y deja muy en claro que su fuente principal de preocupación por esa época proviene de algunas actitudes de su única hija.

El angustiado papá, que admite tener “entre ceja y ceja a la china María Mercedes”, está más que harto con “su vieja inclinación a cultivar relaciones con muchachas de posición más modesta”. Indignado, el prócer hondano se pregunta de qué han servido tantos esfuerzos para relacionar a sus hijos con la crema capitalina. Y es que al parecer María Mercedes era reiterativa en su aparentemente odiosa costumbre de mezclarse con personas de menor categoría social. La gota que rebosa la entereza del padre no es otra que la invitación que la adolescente le hiciera a una de sus compinches “de posición más modesta” a pasar unos días de veraneo en Nueva York.

“Y no necesito decirte cuánto me impacienta tener a la familia instalada en Park Avenue para que María Mercedes ande de arriba abajo con Cecilia Trujillo, como andaba en Bogotá con las Ferreritos o las Hernández (…)”, escribió el autor de las reformas del 36. Cuán diferente sería la situación, agrega, si la despreocupada chiquilla hubiese entablado relaciones “con las Holguín, las Kopp o las Obregón Rocha”.

Las faltas de María Mercedes, que algunos considerarán anecdóticas y de poca relevancia histórica, dejan al descubierto el carácter arribista del que es considerado, hasta el momento, uno de los políticos más comprometidos con el cambio social en Colombia. Eso que los sociólogos gustan en llamar verticalidad, y que no es otra cosa que la vida vista y vivida a través del prisma del popular no sea igualado, podemos rastrearlo en la fascinante epístola. Los párrafos, redactados por López Pumarejo poco antes del inicio de su segunda campaña a la Presidencia de la República, no sólo dan cuenta de sus taras e inseguridades, sino que constituyen un ejemplo, bastante significativo, de los complejos de un país clasista en el que se le cree más al apellido que a los logros individuales.

* Antropóloga, investigadora de la Universidad Nacional [email protected]

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