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Así rememoró El Espectador los 20 años de la toma de la Embajada dominicana

El 27 de febrero de 1980 la sede diplomática del país centroamericano en Colombia fue objeto de un secuestro por parte del grupo M-19. 61 días duraron las negociaciones entre Gobierno y guerrilla que dejaron un saldo de un muerto.

Embajadores de distintos países se encontraban en la sede diplomática de República Dominicana celebrando una fecha nacional. Archivo
 
 

El 27 de febrero de 2000, El Espectador conmemoró los 20 años de la toma de la Embajada de República Dominicana en el país por parte del M-19 recordando el proceso de negociación, que duró 61 días, entre Gobierno y guerrilla. Las voces de María Eugenia Vásquez y Rosemberg Pabón, exmiembros del M-19, recuerdan y relatan los momentos de tensión antes de entrar a la sede diplomática, donde en ese momento acontecía un evento con embajadores de otras nacionalidades. 

“El todo por el todo”

Hace 20 años era miércoles y la antropóloga María Eugenia Vásquez era parte de los 16 guerrilleros del M-19 que se tomaron la Embajada de República Dominicana en Bogotá. Hoy trabajan en asuntos de reinserción con el Estado y piensa, como ayer, que sigue siendo urgente “jugarse el todo por el todo”.

Así aparece en impreso en la página 195 de las pruebas finales de su obra próxima a publicar, “Escrito para no morir”. Bitácora de una militancia en cuyo séptimo capítulo regresa la memoria de aquellos días de expectativa nacional que resumió el presidente de Cuba, Fidel Castro, en una frase: “Han dejado ejemplo de lo que significa dialogar”,

María Eugenia Vásquez detalla como “en Melgar, en las narices de la escuela elite de contraguerrilla del Ejército, se planeó la toma de la Embajada de la República Dominicana con una inicial precisa: “Prepararse para correr la maratón de Sal Silvestre”. Propuesta operativa de Luis Otero que solo hasta la noche del martes 26 de febrero conocieron en detalle los escogidos.

La consigna de la guerrilla del M-19 era vencer o morir. A las doce del día se dio la señal de partida. María Eugenia Vásquez recuerda que le había alcanzado el tiempo hasta para decirle adiós a su hijo José Antonio, pero se trataba de los presos políticos. “como si deseáramos liberar parte de nuestro propio corazón enjaulado con ellos”.

El menor del grupo

El desenlace de la toma lo conoce el país. El M-19 y el gobierno Turbay Ayala solucionaron el problema por vías pacíficas, pero quedó intacta una confrontación que se mantuvo hasta que llegó a la Casa de Nariño Belisario Betancur. Hace veinte años, catorce embajadores eran rehenes y un solo guerrillero perdió la vida en el asalto.

María Eugenia Vásquez recuerda a ese personaje que se quedó perdido en el recuento de esos días de mucha prensa. Minutos antes de la toma”se aceró Calors Arturo, el más sardino, chocó cariñosamente su frente con la mía y preguntó: ‘¿Lista?’, y le respondí: ¡Lista!’”. Minutos después se enteró de que había muerto, pero no vio el cadáver porque no bajó el primer piso en muchos días.

Instancias desconocidas de un episodio público. Los cortejos secretos del cónsul de Venezuela a la guerrillera “Estela”, el trato “como a un hijo” que el embajador Barak de Egipto  le prodigó al guerrillero Jorge, el disparo accidental de un arma del M-19 que casi le quita la mano a una “compañera”, o la perdida de un cuchillo de cocina que les obligó a requisar a todo el mundo.

El operativo empezó cuando cuatro guerrilleros, elegantemente vestidos, con Rosemberg Pabón a la cabeza, pisaron el umbral de la embajada, simulando ser invitados del convite. Desde entonces se vivieron 61 días de tensión nacional, y ya han pasado veinte años que María Eugenia Vásquez aún recuerda como ese día ”Escuchando los latinos de mi con razón como un gran reloj interior”.

Acción y cabeza fría

“Mi primer susto fue cuando me encontré con un hombre armado. Fueron fracciones de segundo y reaccioné de inmediato. Le disparó y me disparó. Me tiré al suelo y se tiró al suelo. Entonces un compañero me advirtió: ‘Cálmese que le está disparando a un espejo’, porque, aunque estaba armado, tenía miedo”.

El recuerdo des de Resemberg Pabón, hoy alcalde del municipio de Yumbo (Valle), y hace veinte años el “Comandante Uno” del operativo “Democracia y Libertad” del M-19 que ocupó la Embajada de la República Dominicana. Aún no sabe por qué lo eligieron para esa misión. Hoy asegura que la toma le mostró un nuevo camino al país: el diálogo.

“Fue tan importante esa operación que, once años después, el Gobierno, nosotros y el país nos sentamos a hablar de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991. Si lo hubiéramos hecho en 1980, nos habríamos ahorrado miles de muertos y una década perdida. La toma, sin embargo, nos dejó una lección: no se necesita vencer, se necesita concertar”.

Un presidente tranquilo

La toma de la Embajada de la República Dominicana concluyó el 27 de abril. El único que triunfó fue el diálogo, exaltado en una camioneta amarilla que facilitó la Cruz roja, y vital en el talente de dos negociadores del Gobierno, de Carmenza Londoño Cardona (La Chiqui) del M-19 y del embajador de México, Ricardo Galán, como testigo. “La otra colase fue que el presidente Turbay actuó tranquilo”.

“Se demostró que se puede tener cabeza fría por duras que sean las contradicciones”, insiste hoy Rosemberg Pabón, un alcalde popular que hace 20 años reía en el camino de las armas y que el 9 de marzo de 1990, con los demás militantes del M-19, lo cambió por la paz. Hoy se siente seguro de que “ya no hay instituciones intocables”, pero que “sigue haciendo falta la reconciliación con rectificación”.

Hace 20 años, “los marxistas de entonces pensábamos que lo básico era gritarle al país: no nos matemos, y fue necesario semejante operativo para decir: dialoguemos”. Hoy la urgencia es total: “la guerra no hay que humanizarla, hay que acabarla. Es un compromiso histórico que los actores del conflicto no pueden aplazar. Es esta la hora de abrirle paso a una negociación sin vencedores ni vencidos”.

Es Rosemberg Pabón, un antiguo profesor de colegio que se volvió guerrillero, después fue constituyente y hoy es alcalde satisfecho de haber cambiado en algo el destino de su “generación de Estado de Sitio”. Desde su despacho en Yumbo quiere aportar sin armas al mismo propósito que lo llevó a empuñarlas el miércoles 27 de febrero de 1980: “Paz, justicia social y no más exclusión”.

“Podemos vivir en paz. Solo se necesitan reglas claras y democracias. Desde 1980 hasta hoy algo se ha avanzado. Pero se necesita persistir, con el mismo instrumento que solucionó el conflicto de la Embajada de la República Dominicana: el poder diálogo”.

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Redacción Política - [email protected]

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