Bukowski presidente

Una mirada a la política desde la literatura, a propósito de que hoy se cumplen 20 años de la muerte de uno de los escritores que mejor captó la decadencia de la sociedad y sus gobernantes.

Heinrich Karl Bukowski (Andernach, Alemania, 16 de agosto de 1920; Los Ángeles, Estados Unidos, 9 de marzo de 1994). / AFP

Los personajes de Charles Bukowski, incluido él a través de su álter ego Henry Hank Chinaski, se parecen, políticamente hablando, a la mayoría de los colombianos: abstencionistas, apáticos, sólo preocupados por sobrevivir con aquello que dentro de la democracia se llama “lo justo”. En Política, uno de los relatos en Se busca una mujer, el narrador en primera persona se siente orgulloso de “no saber mucho más de Hitler que de Hércules”, de no ser el típico estadounidense patriota, leal a un gobierno obsesionado por dominar el mundo y listo a desatar la Segunda Guerra Mundial. Desde ese lugar decide burlarse de los alienados por el establecimiento, de sus amigos del City College de Los Ángeles que formaron la “Brigada Abraham Lincoln”, se fueron a España a “acabar con los fascistas” y terminaron con “el culo destrozado a tiros”. Desde entonces sentó una posición política a su modo: “Yo apreciaba mi culo y mi polla”.

—¿Te vas a presentar como candidato a la presidencia del colegio, Chinaski?

—Mierda, no.

Después lo invitaron a la fundación de “un partido de vanguardia” destinado a aplastar “la amenaza comunista… con medidas legales o ilegales”. Y Chinaski los evadió fungiendo de nazi apoyado en su origen alemán —Bukowski nació en el país de “Adolfo”, donde lo valoran como escritor de culto—. En realidad —dice— “me importaba tres cojones la amenaza comunista o la amenaza nazi. Yo quería emborracharme, quería follar, quería una buena comida, quería cantar agarrando un gran vaso de cerveza en un sucio bar y fumarme un puro. Yo no era un enterado, estaba siendo un incauto, un instrumento en manos de todos los mamones. A la mierda”. Luego de que los japoneses atacaron Pearl Harbor, vio a sus amigos irse a la guerra. La profesora de inglés, de bonitas piernas, lo hizo quedar al final de la clase:
—¿Qué es lo que te pasa,

Chinaski?

—Me he rendido.

—¿Te refieres a la política?

—Me refiero a la política.

Él se fue a vivir a los barrios bajos, entre los marginados de Los Ángeles, California, en el límite del “modelo de sociedad”, donde aprendió a ser alcohólico como su padre, que era amigo de copas del papá de Leonardo Di Caprio, y desde allí bombardeó a la cultura gringa con 27 volúmenes de poesía, seis novelas y una veintena de libros de cuentos, ensayos, crónicas, diarios y correspondencia, obra monumental inspirada en una vida de excesos y en una literatura calificada de “salvaje”, por lo dura, cruda, soez y poética, coctel con el que brindaría feliz otro escritor disoluto e irreverente como el chileno Roberto Bolaño, experto en mezclar “subversión de la realidad cotidiana” y “creación como un grafiti resuelto y abierto por un niño loco”.

La literatura es el muro callejero que Bukowski utiliza para dejar constancia de la época y el país en el que le tocó crecer. Cometió todos los pecados menos el de ser panfletario. En La máquina de follar su heterónimo protagoniza el cuento Una conversación tranquila, el diálogo irónico de Hank con un universitario que no quiere ir a Vietnam, sino ser rabino para cambiar el mundo. Hablan de la guerra del “hombre contra el hombre”, desde Platón hasta “los oportunistas del momento”, los políticos de turno, los que se dicen revolucionarios y son “simples gilipollas, simples estúpidos”. Y los ciudadanos estamos en el mismo nivel por otorgarles poder, pasando de una mala decisión a otra peor de mala, “haciendo precisamente eso en cada elección”.

Bukowski es cómplice de ese mundo por dedicarse a beber y a mirar por la ventana. En La senda del perdedor, novela autobiográfica sobre cómo ir en contra de cualquier forma de gobierno, empezando por la de un agresivo padre, admite: “Uno de los errores de la democracia es que el voto universal da lugar a un líder común que nos conduce a una vida vulgar, apática y predecible”. Así era él, como los personajes de Música de cañerías. Portero, cartero, vendedor ambulante, apostador de hipódromos, billarista, mujeriego, vagabundo al que le gustaba sentarse por ahí a “percibir el hedor de los pescados muertos”. Gente sin televisor, que no lee periódicos, que no sabe de elecciones, a la que no le interesa “ni la política, ni la religión, ni ningún rollo de esos”, “no sabe quiénes son los malos de la película”.

Se salvó de ahogarse en esa “viscosidad”, no porque algún burócrata lo recomendara, sino porque se volvió adicto a leer y a escribir a escondidas del mundo que siempre lo oprimió, de su madre, de su padre:

—¡Muy bien! ¡Ya está bien de malditos libros! ¡Apaga las luces!

Entonces cogía la lamparita de mi cabecera, reptaba bajo las mantas, metía el almohadón dentro y me leía cada nuevo libro apoyándolo en el almohadón y protegido por el edredón y las mantas. Llegaba a hacer mucho calor, la lámpara ardía y me costaba respirar. Entonces levantaba las mantas para que entrara el aire.

—¿Qué es eso? ¿Estoy viendo una luz? Henry, ¿has apagado tu luz?

Rápidamente bajaba de nuevo las mantas y esperaba hasta que oía roncar a mi padre. (Un día descubrió sus borradores)

—¡Dijo que iba a matarte! ¡Dijo que ningún hijo suyo podía escribir historias semejantes y vivir bajo el mismo techo que él!
Abandonó también a los amigos que se burlaban de las cicatrices y los forúnculos que le producía el acné. Se refugió en la Biblioteca Pública de La Ciénaga a devorar textos malos y buenos hasta descubrir la trilogía sobre Estados Unidos de Dos Passos, todo Hemingway, Dostoievski, Kafka, Nietzsche, Schopenhauer, etc. Moldeó estilo y mirada en cursos de arte, periodismo y literatura en la Universidad de Los Ángeles.

Una vez la anarquía de los años le dio un discurso narrativo, el país dominante y dominado por las políticas de guerra y el culto a las armas y a los impuestos se filtra entre líneas. Humor negro, nihilismo áspero, ícono de la decadencia estadounidense. Centenares de cartas. A John William Corrington le dijo el 28 de agosto de 1963, a propósito de una “marcha por la libertad” de los negros en Washington: “Algún día van a descubrir que, blanco o negro, igual no puedes conseguir trabajo y cuando votas, cualquier partido, cualquier hombre puede ser malo… quieren votar, yo no quiero votar… quieren iguales derechos, es decir, los derechos que se supone yo tengo, y estos son tan pequeños, tan insignificantes en la vida cotidiana que los escupo (escupía a quien le caía mal y a los Rolls-Royce y retaba a los puños a quienes les notaba ese aura de líder político en ciernes como a Arnold Schwarzenegger). Una cosa son los derechos de los que se habla y otra lo que efectivamente sucede. Un hombre nunca saldrá adelante con la maquinaria del Estado. Un hombre sale adelante con sus huesos, su mente y sus propias leyes. Los grandes hombres no esperan nada del Estado. Lo ignoran o crean el propio que satisfaga sus pasiones”. “No hay dios/ no hay política/ no hay paz/ no hay amor/ no hay control/ no hay planes”, son los versos que condensan su pensamiento apolítico en Abraza la oscuridad.

Por ser el equivalente a Céline y a Baudelaire en Francia, a Fernando Vallejo en Colombia, lo encasillaron como “escritor maldito”, prototipo de la generación beat de autores estadounidenses de mediados del siglo XX, hartos de la guerra fría modelo Washington, libertinos frente al sexo, las drogas y el cultivo del espíritu basado en el modelo oriental; amantes del jazz, precursores de los hippies. Pero a Bukowski no le interesaban las hermandades, su obra va más allá: contra todo lo establecido, contra la condición humana, contra sí mismo. Es más cercano a otro biotipo de peleador callejero y de escritor, de esos que ganan por nocaut según Cortázar, como Raymond Carver, cuentista norteamericano símbolo de la corriente del “realismo sucio”.

Paradójicamente, como persona Bukowski tiene la reputación de un político, y como autor tiene tantos seguidores como detractores. A él la imagen lo tenía sin cuidado. “Algunos me han llamado el más grande poeta de Estados Unidos. Mis amigos sólo me llaman Hank”. El director franco-iraní Barbet Schroeder, el mismo que llevó al cine La virgen de los sicarios, de Vallejo, lo convenció de autorretratarse en el guión de Barfly y fruto de ese rodaje Bukowski escribió la novela Hollywood.
La experiencia la contó el propio cineasta en un artículo para Playboy Magazine en 2009, reproducido en Colombia por la revista El Malpensante, donde opinó: “Jamás han cesado los malos entendidos ni las opiniones opuestas sobre Charles Bukowski. En Alemania lo consideran uno de los grandes autores de nuestro tiempo y sus obras completas se han vendido más que los libros de ningún otro escritor. Y, sin embargo, el ‘establecimiento literario’ de la Costa Oeste norteamericana aún no lo toma en serio”. Dijo: “la ciudad de Los Ángeles ha producido muy pocos grandes hombres; Charles Bukowski es uno de ellos”.

En el prólogo de Toca el piano borracho como un instrumento de percusión hasta que los dedos te empiecen a sangrar un poco, Bukowski anotó: “Lo peor de todo es que algún tiempo después de mi muerte se me va a descubrir de verdad. Todos los que me tenían miedo o me odiaban cuando estaba vivo abrazarán de repente mi memoria. Mis palabras estarán en todas partes. Se hará una película de mi vida. Me pintarán mucho más valiente de lo que soy y con mucho más talento del que tengo. Mucho más”.

Con leucemia, pensando en todo y en todos, incluidos él y los padres de la patria, hace 20 años dejó como epitafio su eslogan de campaña: “Don't try” (“No trates”). Pero somos masoquistas.

Nacidos para esto/ Nosotros, los dinosaurios

Nacidos así, para esto/
Mientras sonríen las caras
dibujadas con tiza/
Mientras se ríe la señora Muerte/
Mientras los ascensores
se averían/
Mientras los escenarios
políticos se disuelven/
Mientras el mozo del
supermercado recibe un título universitario/
Mientras los peces oleosos
escupen sus oleosas presas/
Mientras el sol se esconde tras una máscara/
Nacemos así, para esto/
Para estas guerras
cuidadosamente insensatas/
Para contemplar las ventanas rotas de la fábrica de la
vaciedad/
Para los bares donde la gente ya no se habla/
Para las peleas a puñetazos que acaban en tiroteos y
cuchilladas/
Nacidos para esto/
Para hospitales tan caros que resulta más barato
morirse/
Para abogados que cobran tanto que resulta más barato declararse culpable/
Para un país donde las
cárceles están llenas y los manicomios cerrados/
Para un lugar donde las masas elevan a los imbéciles a la categoría de héroes
millonarios/
Nacidos para esto/
Andando y viviendo en esto/
Muriendo por esto/
Enmudecidos por esto/
Castrados/
Viciosos
Desheredados... por esto/
Engañados por esto/
Usados por esto/
Meados por esto/
Enloquecidos y enfermados por esto/
Convertidos en violentos/
En inhumanos... por esto/

El corazón se ennegrece/
Los dedos se dirigen al cuello/
Al arma/
Al cuchillo/
A la bomba/
Los dedos imploran a un dios que no responde/

Los dedos se dirigen a la
botella/
A la pastilla/
Al polvo/

Nacemos a esta lastimosa
devastación/
Nacemos bajo un gobierno que lleva endeudado 60 años/
Y que pronto no podrá ni
siquiera pagar el interés de esa deuda/
Y los bancos arderán/
El dinero no servirá para
nada/
Se producirán asesinatos por la calle, a la vista de todos, que/
quedarán impunes/
Habrá armas y revueltas por todas partes/
La tierra no servirá para
nada/
Disminuirá la producción de alimentos/
El control del poder nuclear estará en muchas manos/
Las explosiones sacudirán sin
cesar la Tierra/
Hombres robot afectados
por las radiaciones se
acecharán unos a otros/
Los ricos y los elegidos lo
observarán todo desde
plataformas espaciales/
El Infierno de Dante
parecerá un juego de niños
comparado con esto/
No se verá el sol y siempre
será de noche/
Los árboles se morirán/
Desaparecerá la vegetación/
Hombres afectados por las
radiaciones devorarán la
carne de otros/
hombres afectados por las
radiaciones/
El mar estará contaminado/
Los lagos y ríos se
volatilizarán/
La lluvia será el nuevo oro/

Un viento oscuro esparcirá el
hedor de los cuerpos
putrefactos de hombres y
animales/

Nuevas y horribles
enfermedades asediarán a los
últimos y escasos
supervivientes/
y las plataformas espaciales
desaparecerán por
consunción/
Por el agotamiento de las
provisiones/
Por efecto de la decadencia
general/

Y entonces reinará el silencio
más hermoso que/
se haya oído nunca/
con el sol todavía oculto/
a la espera del siguiente capítulo.

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