Cali, una transformación cuestionable

En la capital vallecaucana se ha postergado indefinidamente el reto de forjar un nuevo liderazgo político capaz de rescatar la gestión pública de los “pactos de caballero” de las élites políticas y empresariales.

Carlos Holmes Trujillo García fue el primer alcalde por elección popular de Cali. / Archivo
Carlos Holmes Trujillo García fue el primer alcalde por elección popular de Cali. / Archivo

Puntos de vista hay muchos, pero sin duda, 25 años después de implementada la elección popular de alcaldes, el balance de los resultados para Cali, la capital del Valle del Cauca, es amargo.

Planteando el escenario inicial en que se dio la reforma de 1988, vale la pena retomar el análisis "Mecanismos en la transformación política en Cali: fragmentación partidista, lectorado cambiante y responsabilidad política" (1988-2007), de la politóloga María Teresa Pinto Ocampo, investigadora del Instituto de Estudios Políticos y relaciones Internacionales (IEPRI) de la Universidad Nacional.

Según Pinto Ocampo, “la elección popular de alcaldes encontró a Cali con un modelo de gobierno en el que se autorrepresentaban las oligarquías o los miembros del poder económico. Esta hegemonía era ejercida y garantizada gracias a la construcción y reconstrucción de la identidad y la mentalidad ‘caleña’, desarrollada por medio de dos prácticas para garantizar el dominio de los sectores políticos tradicionales y reducir los niveles de tensión social: la filantropía de algunos dirigentes urbanos en favor de los sectores populares y la estrategia de construcción cultural de Cali como una ciudad de consumo y goce, una ciudad bella, amable, deportiva y salsera”.

En este contexto, los primeros gobiernos ejecutivos elegidos popularmente en la capital vallecaucana mantuvieron en las urnas la lógica bipartidista heredada del Frente Nacional: en 1988, el Partido Liberal alcanzó la alcaldía con Carlos Holmes Trujillo García (77.365 votos). En 1990, el Partido Conservador llega al poder con Germán Villegas Villegas, quien alcanzó 107.802 votos.

De esta forma, durante esta primera etapa, los líderes electos fueron herederos políticos de las tradicionales casas de la región y afrontaron el recrudecimiento de la violencia urbana en la ciudad, tanto por la presencia de las guerrillas como por el impacto del narcotráfico. Hito de este proceso es el intento de secuestro del alcalde, en junio de 1991, por parte del Eln, en el que resultó herido el hermano del alcalde (Diego Villegas Villegas) y fueron asesinados dos policías.

En 1992, Rodrigo Guerrero Velasco, de línea conservadora pero candidato a nombre del movimiento Fuerza Cívica por Cali, es proclamado alcalde con el respaldo de 110.733 ciudadanos. Dos años después, en los comicios de octubre de 1994, coinciden por primera vez las elecciones de gobernadores, alcaldes, diputados, asambleístas y concejales. Ganó Mauricio Guzmán Cuevas como liberal independiente, con 129.039 votos. Sin embargo, la administración de Guzmán concluye abruptamente el 27 de agosto de 1997, cuando se ve obligado a presentar su renuncia y se entrega a la justicia, que le había proferido una medida de aseguramiento sin beneficio de excarcelación por el delito de enriquecimiento ilícito.

El proceso electoral de 1997 se enmarcó en la crisis nacional de representación del Partido Liberal por la vinculación del narcotráfico en la campaña presidencial de Ernesto Samper y una profunda crisis económica que se vio reflejada en el desempleo y en la inequidad. Para 1998, la alcaldía es ganada por Ricardo Cobo, con 160.816 votos. La gestión de Cobo dejó las finanzas del municipio en crisis lo que condujo a la intervención de Emcali por parte del Gobierno Nacional, bajo el argumento de su inviabilidad financiera.

En 2000, se produce la primera elección popular de un candidato independiente y sin vínculos previos con la clase política y económica de la ciudad: John Maro Rodríguez, quien ejercía como director de un popular noticiero de la cadena radial RCN (Las Noticias de Calidad), donde denunciaba la corrupción al mejor estilo del populismo radial de los años previos. Desde este espacio se lanzó para alcalde por el Movimiento Autonomía Ciudadana.

La administración de John Maro Rodríguez afrontó el recrudecimiento de la guerra urbana de las Farc, con el secuestro de los diputados del Valle del Cauca en abril de 2002, que generó una situación de zozobra entre la ciudadanía. Asimismo, estuvo marcada por la crisis económica más grande de la historia del municipio, que se expresó en el no pago de las obligaciones financieras y en la firma de un acuerdo con el Gobierno.

Sin embargo, gracias a la movilización del Sindicato de Trabajadores de las Empresas Municipales de Cali (Sintraemcali) y a la gestión del alcalde, se alcanzaron varios acuerdos con respecto a Emcali que implicaron un ahorro por concepto de intereses y un compromiso de no privatizar ni parcial ni totalmente la empresa.
Con la llegada al ejecutivo local de Apolinar Salcedo Caicedo (2004-2007) del Movimiento Sí Colombia y Jorge Iván Ospina Gómez (2008-2011), del movimiento Podemos Cali, la ciudad se consolidó como una plaza independiente, donde la fractura de clase se politiza en las elecciones para alcalde. En 2011, Rodrigo Guerrero Velasco vuelve a repetir como alcalde, apoyado por firmas.

¿Pero puede hablarse de una renovación de la dirigencia política caleña? En el estudio ‘Cali visible’ de 2007, la Universidad Javeriana concluye que esta “ha logrado ocultarse y perpetuarse gracias a la polarización maniqueísta alrededor del perfil de los aspirantes, postergándose así indefinidamente el reto de forjar un nuevo liderazgo político capaz de rescatar la ges¬tión pública de los ‘pactos de caballero’ entre élites empresariales que convirtieron sus principales activos (Emcali) en patri¬monio propio, o de los supuestos ‘pactos de gobernabilidad’ que han parcelado los gabinetes municipales entre el alcalde y los concejales, con grave detrimento del pre¬supuesto municipal y la ejecución eficien¬te de políticas sociales en áreas cruciales como educación, salud, vivienda y desarro¬llo urbano”.

“Sé que es políticamente incorrecto decirlo, pero creo que a Cali le hizo mucho daño la elección popular de alcaldes. Admito que ésta puede considerarse una opinión algo clasista, pero es la verdad”, dice el periodista Diego Martínez Lloreda. Y agrega: “Tengo la impresión de que la mayoría de los alcaldes elegidos popularmente han pensado que como este es su cuarto de hora y no lo volverán a tener, hay que aprovecharlo. Entonces se dedican a saquear la ciudad y a dejar que la saqueen”.

Una postura cuestionable teniendo de cuenta su posición como subdirector de información del diario El País, de propiedad de esas clases políticas hegemónicas de la región. Pero también es cierto que su visión de lo que es hoy la ciudad, agobiada por la violencia y las críticas por la falta de gestión del alcalde Guerrero Velasco, retrata la realidad inocultable de una Cali que, a pesar de todo, no pierde la esperanza en salir adelante:

“Cali triplicó su población en un lapso de 20 años, como producto del desplazamiento y del desempleo. Germán Villegas, acuñó una buena frase: ‘Cali no crece, sino que se hincha’. Esa gente que ha llegado no tiene un sentido de pertenencia y como consecuencia de ello la ciudad es una suma de guetos. Aquí hay una fractura social, eso es indudable. Sumado a la hinchazón tenemos el problema del narcotráfico que generó una violencia tremenda y socavó la mentalidad y la cultura de los caleños. Muchos quieren ser ricos de un día para otro. La noción de que la plata se amasa con esfuerzo durante generaciones, se perdió. Como si fuera poco, los ‘traquetos’ les enseñaron a los caleños a dirimir sus conflictos a bala. Sume fractura social más narcotráfico, más pésima dirigencia, y tiene la respuesta”.
 

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