“Cambiar las palabras es un experimento social”

El catedrático e investigador Armando Silva, experto en el estudio de los símbolos y signos de las sociedades, analiza la petición del presidente Santos de empezar a desescalar el conflicto armado interno, suavizando los términos que usan la mayoría de los colombianos contra las Farc.

“El presidente se lo dijo (‘desescalar’ el lenguaje) a una periodista que no es, justamente, una de sus mejores amigas, lo que aumentó el efecto”: Armando Silva. / Andrés Torres - El Espectador

Afirma que el lenguaje es un instrumento poderoso que puede “des-automatizarse” para ajustar la sociedad a las nuevas realidades y califica la propuesta del jefe de Estado como “una provocación”, pero también como “un acierto”.

En entrevista con la periodista Claudia Gurisatti, el presidente Santos hizo la siguiente afirmación: “Desescalar (el conflicto con la guerrilla) es ir reduciendo… la intensidad; lo primero (para lograrlo) sería desescalar el lenguaje, dejar la violencia verbal. Por ejemplo, en lugar de decirles ‘bandidos, narcotraficantes, terroristas’; referirse (a ellas) como ‘las Farc’”. ¿Qué incidencia tiene el lenguaje en un conflicto bélico o en su desactivación?

Comienzo por decir algo: la paz pasa por el lenguaje. Y éste, en sí mismo, es un arma: lleva dinamita o llena de amor y esperanzas al otro. Pero, ¿se puede “desescalar” el lenguaje de modo automático, darles a las palabras otros significados a los referenciales? Si alguien secuestra, ¿cómo llamarlo? Si alguien explota un oleoducto y el crudo rueda hacia los ríos y contamina las fuentes de alimentos de una comunidad, ¿cómo denominar ese acto? La respuesta parece obvia, pero puede haber algo nuevo.

¿Qué puede ser lo “nuevo”? Que, ¿uno mire de otra forma los mismos hechos y, en consecuencia, se exprese diferente sobre ellos?

Lo nuevo es un esfuerzo social para “des-automatizar” -que es distinto a desescalar- el lenguaje. Significa que si, por ejemplo, un grupo humano ha llenado de marcas negativas la referencia a la homosexualidad, no va a aprobar el matrimonio gay. Si un hombre cree que la mujer es inferior y que es de su propiedad, la va a violentar creyendo que lo que hace no es violencia. Si alguien cree que hay una raza inferior o que otra huele mal, esa percepción se llama “imaginario”. Dicho de otra manera, se trata de verdades de percepción social.

Entendiendo que los calificativos usados por un grupo contra otro interpretan unas creencias culturales o unos códigos sociales, ¿la omisión de esos calificativos pacifica a los unos y a los otros?

En semiolingüística hablamos de “comunidades de lenguaje” para decir que éste se produce dentro de las comunidades sociales y que los liderazgos son determinantes para la construcción de nuevas representaciones. El lenguaje es quizás el instrumento más poderoso para ajustar las comunidades a las realidades sociales. “Des-automatizarlo” como dije es, entonces, un esfuerzo colectivo para llenar el grupo con otros referentes y así pensar distinto sobre un fenómeno.

Pero, callar los apelativos que uno quisiera decirle a otro implica reprimir ciertas emociones. ¿Esa represión no es perjudicial?

La represión es necesaria para construir civilización, pero hasta un punto. Las sociedades hacen pactos implícitos de lo que se puede decir o no, y de los límites de los actos. Así que uno no puede decir o expresarle a otro todo lo que quisiera, pues viola los límites de la convivencia. Creo que esto es lo que ha pasado con las Farc: han violado los pactos mínimos de civilización y no han reprimido el deseo de destruir a su enemigo sea como sea, incluso manipulando la voluntad de menores, poniéndolos como carne de cañón o derramando petróleo. Ante la barbarie irracional, viene la rabia y el resentimiento contra los agresores, rabia y resentimiento que aparecen en el lenguaje.

Cuando dos grupos de combatientes desean negociar, ¿cuidar el vocabulario no resulta un hecho nimio frente a la crueldad de la guerra cuya cotidianidad es matar o morir por las balas?

No. Sin duda, cuidar el lenguaje facilita la negociación. Asesoré y compartí las tesis de quienes, en su momento, hicieron un estudio en que se sostenía que si algo nos salvó a los bogotanos de la intensidad que tuvo la violencia de los narcos en otras ciudades, fue que no perdimos los ritos del lenguaje social. La formalidad verbal de los bogotanos pudo ayudar a reducir la violencia. El uso del lenguaje “des-ritualizado” puede significar el paso a los hechos de modo directo: “Usted miró a mi monita, ¡tenga!”. En otro ejemplo, una pareja puede reconocer su decadencia cuando suben las ofensas del uno hacia el otro. Entonces hay que decirles: “Sepárense o dense un tiempo antes de que se peguen”.

Significa que la propuesta presidencial de “desescalar el lenguaje” sí sirve.

Sí, pero sin faltar a la verdad. Si estamos en un proceso de paz, hay que construir otras escenas de lenguaje y representación sin ser mentirosos o falsos, pues eso se devolvería como un bumerán. La necesidad de cambiar el lenguaje de la guerra salió por boca del presidente, sólo ahora cuando estamos en la recta final para definir la paz o la guerra. Suponga que no se hace la paz: el mismo presidente tildará de falsas y terroristas a las Farc y les descargará todo el plomo posible, pues las palabras no funcionaron.

¿Son preferibles los excesos verbales en las víctimas para “limpiar” sus sentimientos frente a sus victimarios o el efecto es el contrario: se incrementan los odios por la agresión de las expresiones?

Los grupos humanos encuentran la manera de explotar sus sentimientos guardados. Y si no se canalizan pueden ser impertinentes, como la de una pareja que para “decirse las verdades” se emborracha primero. No creo que los borrachos digan verdades. Dicen verdades con rabia, pero prima la furia a la verdad, ya que están des-sujetados o descontrolados. Cuando en el camino a la paz se habla de reparación, ésta se debe cumplir tomando como centro el lenguaje y la confesión. El presidente nos pide que cambiemos el lenguaje con las Farc, y nosotros le demandamos a este grupo que no ignore a las víctimas, sino que les hable, las escuche con respeto y no con ideología y, sobre todo, les confiese. Pedir perdón no es sólo una ceremonia cristiana, es algo profundo de la naturaleza humana. Con el lenguaje se cura o pasa lo contrario, se odia por no pedir perdón, y así no puede haber paz.

El lenguaje de los medios, que está dirigido a grandes masas de población, ¿debe ser neutral con independencia del tema y grupo del que se hable o puede ser emotivo y transmitirse como sienten que es la realidad?

Los comunicadores tienen la responsabilidad social de ponernos una agenda a los ciudadanos y resulta que muchas veces la agenda nos llega igual por los distintos medios y con los mismos puntos de vista. Y esto es una grave reducción de la creatividad. Con esto quiero decir que no se trata de neutralidad ni del uso excesivo de las emociones, sino de ser creativos, siempre ajustándose a la verdad.

¿Cuánta responsabilidad les atribuye usted a los medios por el efecto que genera el lenguaje o la terminología que utilizan?

¡Llegamos al meollo! Como le dije, desescalar no puede significar mentir, porque esto iría contra el pacto ético que firma el periodismo, que es no ir contra la verdad. No podemos de la noche a la mañana pintar unas Farc rosaditas, pues aún tienen brazalete negro y están armadas. Poco a poco podrán ser “señores”, pero eso se tiene que ganar. No obstante, lo importante ahora es que se abrió un desafío inmenso a los medios y a la sociedad, y eso es emocionante, si me permite decirlo así. Y esta nueva situación punzará a los periodistas, especialmente a los que cubren la guerra: partamos de que estamos en cuatro meses experimentales y que, en este período, hay que reinventar el lenguaje sin mentir. ¿Qué hacer?

¿Qué haría usted si fuera reportero de guerra?

Haría nuevas enunciaciones. O sea, encontrar otros símbolos para contar las noticias. Es muy factible que los mismos comandantes de la guerrilla en La Habana también cambien ante el futuro inminente: quizá cambien el menú, se rían o tal vez usen un lenguaje con esperanzas. Así que esos cambios, esas minucias, pueden ser el foco de otros objetos por narrar. Creo que, de modo optimista, puede venir un estado de creatividad. La paz también es un proceso de creatividad mental.

En periodismo hay dos reglas de oro: la información no debe estar contaminada de calificativos que la sesguen, y la opinión es libre de usar apelativos positivos o negativos respetando, desde luego, la veracidad. Según su posición de observador y experto en semiología, ¿esa máxima se ha transgredido en el ejercicio periodístico en Colombia y por eso sería necesaria la recomposición del lenguaje?

Si uno mira los tres grandes medios impresos nacionales, El Tiempo, El Espectador y Semana, cada uno cuenta a su manera las noticias y tiene su público con sus preferencias. Es decir, hablar desde un medio nos da claves de lectura. A su pregunta le contestaría que lo importante es el efecto de verosimilitud. Puede que un periodista use un calificativo y si esto ayuda a hacer creer en los hechos verdaderos que informa, es un buen uso metafórico. Pero también es de advertir que un exceso de adjetivos desdice del objeto que cuenta y por eso el comunicador no debe perder la mesura en el tratamiento de una información teniendo en cuenta que el instrumento principal de trabajo del periodista es el lenguaje.

¿Hace falta más pedagogía y cultura ciudadana en la sociedad colombiana para avanzar en etapas de civilización, entre otras, de convivencia en medio de las diferencias?

Sí. Educar es sujetar, amarrar como también es des-sujetar, soltar. Desatar a Colombia hacia otros horizontes es creativo y eficaz. No me gusta la idea de una pedagogía permanente, pues se termina por hacer lo contrario, que la gente se rebele ante tanta “educación”. La televisión que educa no es la que se propone hacerlo de modo explícito, sino aquella que, en medio de un cuento bien echado, da salidas. Existen paradigmas en la creación de nuevos escenarios donde se incita a la igualdad antes que en enseñar, como loras mecánicas, a ser iguales. Y en estas situaciones los medios juegan mucho.

Para terminar: la sola propuesta del presidente Santos de dejar de llamar “terroristas”, “asesinas” y “narcotraficantes” a las Farc, despertó la ira de muchos y hubo reacciones agresivas de personajes con poder. ¿Tal vez el mandatario fue inoportuno o se anticipó a los hechos?

Gracias por concluir con esta pregunta. Esos son los nuevos escenarios incitadores de los que ha hablado. Sin duda, los colombianos no quieren a las Farc. Por esto mismo amaron a Uribe en su momento. Dejar de decirles lo que son con las palabras propias que nos da el español, da rabia: ahí está la provocación. El presidente se lo dijo a una periodista que no es, justamente, una de sus mejores amigas, lo que aumenta el efecto. Y no pronunció la palabra criminales, sino la de guerrilleros o combatientes. Me parece un buen juego. Es un experimento social. Son cuatro meses de un laboratorio del lenguaje y, si no resulta, los insultos regresarán duplicados y vigorosos. Eso pone a los periodistas y comunicadores a pensar. Y dejarse llevar por la furia no sería un buen consejo. ¿Si jugamos a ver el otro lado, luego de muchos años de guerra? No se pide que se les deje de decir lo que son, sino que al decirles lo que son hagamos notar también que estamos viendo su otro lado, el que desean que veamos.

¿Cuál lado?

El que desean: ser reconocidos como combatientes con ética.

Desde su punto de vista, entonces, la propuesta del presidente, con todo lo que implica en la complejidad de su análisis, fue un acierto.

Fue un acierto, pues aparece, casi por primera vez, la propuesta de que no tratemos la guerra sólo como un hecho militar, sino como una construcción de lenguaje. Y ahí entramos en niveles que no hemos explorado. El lenguaje de la paz es un misterio y puede pasar a ser el protagonista del proceso.

La sociedad expresa la realidad como se la imagina

Armando Silva es filósofo y semiólogo reconocido en universidades de varios países de América Latina, Estados Unidos y Europa por sus trabajos sobre el modo de percibir, expresarse y actuar de los conglomerados humanos en las ciudades. Ha desarrollado teorías sobre los sentimientos de las comunidades y su expresión colectiva según varias fórmulas, todas relacionadas de una u otra manera con el lenguaje, objeto de la entrevista en estas páginas (“Imaginarios urbanos”). De acuerdo con Silva: 1. Un hecho, un objeto o un relato no existen en la realidad, pero una colectividad los recrea y los vive como si fueran reales. 2. Un hecho, objeto o relato o existe, pero no se menciona en la sociedad en que está latente. 3. La percepción colectiva imaginada coincide con la realidad. En ese contexto, Silva ha adelantado muchas investigaciones para tratar de identificar los imaginarios de varias ciudades, entre éstas Bogotá, São Paulo (Brasil) y Barcelona (España). El profesor Silva, hoy vinculado permanentemente a la Universidad Externado de Colombia como director de estudios de doctorado, es doctor en filosofía y literatura comparada de la Universidad de California y ha hecho estudios doctorales en psicoanálisis y semiótica en Italia (Sapienza di Roma) y en Francia (École des hautes études en sciences sociales).

“Democratizar la mirada”

“Es importante no renunciar a la oferta de una agenda informativa más amplia, diversa y pluralista de modo que logre representar los distintos puntos de vista involucrados en las dinámicas del conflicto armado y en las posibilidades de su resolución, pues esto puede ayudar a generar condiciones favorables en la opinión pública sobre la inutilidad de la guerra. También es fundamental que la academia amplíe la mirada de su objeto de estudio yendo más allá del análisis de lo que conforma la corriente principal de la prensa para explorar el otro universo de los nuevos medios de carácter ciudadano, algunos de ellos ahora en plataformas digitales, pues por allí pasan otras visiones del conflicto armado y de las posibilidades de paz en el país… Es imperante empezar desde ahora a construir historias y relatos mediáticos de las víctimas para dignificarlas, simbólicamente. (Se trata de) “desconflictivizar” paulatinamente la agenda investigativa del periodismo, no para que el conflicto armado quede atrás sino para enfrentarlo desde una condición ciudadana, creativa, comprensiva” (fragmento de conclusiones del libro Medios, periodismo y conflicto armado, cobertura informativa en Colombia 2002-2012, de la Fundación García Márquez para el nuevo periodismo iberoamericano).

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