Candidata con voluntad y mano de hierro

Marta Lucía Ramírez fue la gestora de dos grandes cambios que sufrió el país durante los últimos 30 años: la apertura económica y la política de seguridad democrática.

Marta Lucía Ramírez, candidata por el Partido Conservador a la Presidencia. / Cristian Garavito

Muchos son los dichos sobre la candidatura conservadora: que es una carta agazapada del uribismo, que no tiene manera de despegar porque la ‘maquinaria goda’ es propiedad de la Unidad Nacional o que, incluso, se podría caer por visos de ilegalidad que se habrían presentado en la convención del pasado enero. Sin embargo, poco se ha hablado de la mujer que hoy levanta las banderas de una de las derechas del espectro político y que, por su trayectoria profesional y pública, merece atención a la hora de elegir al próximo inquilino de la Casa de Nariño.

Quienes conocen a Marta Lucía Ramírez dicen que desde el comienzo de su vida académica, como estudiante de derecho de la Universidad Javeriana, fue evidente que una de sus principales virtudes es la disciplina. Eugenia Ordóñez, acaso una de las mejores amigas de la hoy candidata presidencial, cuenta que Ramírez fue una de las pocas mujeres de su generación que se animaron a combinar el estudio y el trabajo. Apenas cruzando la barrera de los 20 años, ingresó a trabajar en la Superintendencia Bancaria. Allí permaneció por varios años, hasta que fue convocada por el industrial Luis Carlos Sarmiento para liderar su equipo jurídico.

Mientras Ramírez pasaba del sector público a trabajar con uno de los tres hombres más poderosos del país, su matrimonio con Álvaro Rincón, uno de los arquitectos más exitosos de Colombia en la actualidad, tuvo un giro que resultó la “mejor sorpresa” que les pudo dar la vida. “En 1983, las esperanzas de tener hijos estaban prácticamente perdidas. Después de someternos a todo tipo de tratamientos médicos, nació María Alejandra. Si usted me pregunta qué es lo mejor que tiene nuestra relación, es ella”, cuenta su esposo, quien hoy dedica los días a manejar sus empresas, y las noches y fines de semana a la campaña de su esposa.

Seis años luego, después de un corto paso por la industria automotriz, Ramírez fue nombrada presidenta de la Asociación Nacional de Instituciones Financieras (ANIF). En ese momento, César Gaviria, recién elegido presidente de la República, después de revisar los éxitos de la hoy candidata en cada uno de los cargos ejecutivos que había tenido, la nombró directora del Instituto de Comercio Exterior (Incomex). Su principal reto: poner a funcionar las bases de la apertura económica, la política que marcó un antes y un después para todos los sectores productivos.

Como directora del Incomex, Ramírez logró la aprobación de la Ley 007 de 1991. El país entró al modelo del libre mercado con la creación del Ministerio de Comercio Exterior, el de Desarrollo Económico, el Banco de Comercio y Proexport. Conforme avanzaba el proceso constituyente, en el gobierno Gaviria hubo una discusión sobre el asunto económico. El presidente y Rudolf Hommes, por un lado, defendían una apertura económica rápida, ‘sin pañitos de agua tibia’; mientras que Ramírez, José Antonio Ocampo y Ernesto Samper se la jugaban por una gradual y selectiva. El debate lo ganó el mandatario.

Todas las reglas económicas eran nuevas. La aplicación de la apertura generó un malestar profundo. En las uniones sindicales, por la puesta en marcha de la Ley 100; en los empresarios, porque creían que no podrían competir con las importaciones que inundaban el país. Por el otro lado, los comerciantes agremiados eran los únicos contentos con la transición que implicaron las nuevas medidas. En 1993, dos años después de la ley, Ramírez fue nombrada por el mismo Gaviria como viceministra de Comercio de Juan Manuel Santos.

Duró algo más de un año en el cargo y salió a montar empresa y a dar consultorías en países latinoamericanos que veían como un éxito las variaciones del modelo de Gaviria. Entonces, llegó a la presidencia Samper, que había trabajado con ella en el cambio económico. Con él, aparecieron los narcocasetes que daban cuenta de la financiación ilegal de su campaña. Ramírez se opuso directamente al gobierno y prefirió alejarse del sector público para irse a estudiar en la Universidad de Harvard.

Con la llegada de Pastrana, asumió la cartera de Comercio. Producto de la crisis financiera que afrontó el país, tuvo que lidiar con la subida del dólar que repercutió en una caída en las exportaciones. Ramírez diseñó un plan para tratar de conectar la producción con los mercados y entonces el país se dedicó a satisfacer al mercado internacional. Identificó como una de las grandes dificultades para la competitividad el hecho de que los sectores productivos estuvieran lejos de las fronteras y creó talleres con el sector privado para la cultura exportadora y planes de producción diseñados con enfoque regional.

La ministra fue encargada de fomentar la inversión extranjera y el país vio una avalancha de capitales. A juicio del gobierno, servirían como paliativo a la crisis que vivieron los bancos y la generación de empleo aumentaría. Pero Ramírez no estuvo dispuesta exclusivamente a diseñar fórmulas para aliviar la economía nacional. Una muestra de ello es que, después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, Colombia, por medio de la hoy candidata, creó una estampilla de condolencias “con el pueblo norteamericano”.

Tras su paso por el Ministerio, Ramírez fue nombrada en la Embajada en París, Francia. Allí debió sortear uno de los episodios diplomáticos más difíciles para el gobierno Pastrana: el secuestro de Íngrid Betancourt —quien trabajó junto a la hoy candidata en el gobierno Gaviria— a manos de la guerrilla de las Farc. Durante los últimos días de febrero de 2002, siendo embajadora, Marta Lucía asiste a un evento para exportadores en Medellín en el que participaron varios candidatos presidenciales, entre ellos Álvaro Uribe, quien sería determinante para el futuro de Ramírez como dirigente pública.

Claudia Uribe, quien estuvo muy cerca de Ramírez en todos los cargos que ocupó desde su paso por la industria automotriz, cuenta que “ese día Uribe quedó prendado profesionalmente de ella. Dijo que sería la primera presidenta y que Marta Lucía le iba a ayudar a organizar el país como lo hizo con el sector comercio”. Efectivamente, una vez electo, Uribe puso a Ramírez en el Ministerio de Defensa para diseñar la política más exitosa de sus dos períodos en la Casa de Nariño: la seguridad democrática.

Acompañada de programas como “Vive Colombia, viaja por ella”, los soldados campesinos o los programas de informantes, la seguridad democrática trajo indudables réditos en materia de seguridad para el país al frenar la expansión de los grupos armados ilegales. Sin embargo, organizaciones de derechos humanos y sociales se opusieron a la implementación de esa política porque, a su juicio, militarizaba a la población o negaba la neutralidad a la que tienen derecho los ciudadanos, entre otras críticas. Para Ramírez, el éxito profesional tuvo un costo personal: María Alejandra, su hija, tuvo que salir del país por informes de inteligencia que auguraban un riesgo inminente para su vida.

En 2006, después de abandonar el gobierno y dejar andando esa política de seguridad, Ramírez obtuvo una curul para el Senado de la República. Luego de enfrentar las “mezquindades” de la política y de formar una especie de oficialismo disidente al enfrentarse a Álvaro Uribe, por cuenta de su aspiración de continuar en la Casa de Nariño durante un tercer período, decidió ir por la mismísima Presidencia con el aval uribista. Sin embargo, perdió esa batalla con el hoy presidente, Juan Manuel Santos.

Ramírez se volvió a vincular al sector privado, aunque no dejó de expresar opiniones. Criticó la forma en que el gobierno Santos estaba llevando las negociaciones de paz con las Farc, la firma de sendos tratados de libre comercio sin “proteger a los productores nacionales”, la entrega de cupos indicativos a cambio de aprobaciones en el Congreso, e incluso, la planificación de la Ley de Víctimas. Es entonces cuando, desde hace algo más de un año, se dedica a buscar que el conservatismo se deslinde de la coalición de gobierno y asuma una candidatura presidencial propia para 2014-2018.

El pasado enero, en la convención conservadora, Ramírez impuso sus tesis y aunque no consiguió el favor de la bancada parlamentaria que estaba atada a la Unidad Nacional, se alzó con la candidatura. Los problemas han sobrado durante la campaña: la convención fue demandada ante el Consejo Nacional Electoral que, seguramente, tendrá una decisión para la semana que comienza, y el anticipo económico para financiar la campaña tampoco ha sido girado.

La candidata conservadora sabe que no ha despegado en la intención de voto, pero cree que eso es remediable. Aunque dice que las encuestas y los medios de comunicación están distorsionando el debate al reducirlo a dos opciones viables, está diseñando una estrategia para comunicar mejor su propuesta y así llegar a segunda vuelta y sorprender a quienes creen que escucharla o debatir con ella es un formalismo.

 

 

 

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