Con Carlos Gaviria Díaz

Texto leído en el lanzamiento de la candidatura de Carlos Gaviria a la presidencia en 2006, en un homenaje de artistas colombianos en el Camarín del Carmen.

Al expresar con convicción algunos motivos por los que creo que Carlos Gaviria Díaz debe ser el próximo presidente de Colombia, me resulta imposible no ver su figura en evidente contravía con el talante del actual gobernante de algunos colombianos. No sólo porque Carlos Gaviria, como claro constructor de democracia está en el lado opuesto de la balanza autoritaria, sino porque acudiendo a la metáfora de un creador de imposibles, Joao Guimaraes Rosa, se constituye en la tercera orilla del río. Las otras dos orillas, la de la barbarie y la de la civilización, parecen no verse, parecen darse la espalda de manera irrevocable. Una tercera orilla, que es la que creo que encarna Carlos Gaviria, es la que condena desde el secuestro (todo secuestro es fascista), hasta el hecho de otorgarle investiduras de prohombres al para-militarismo, a los que han ayudado a crear un proyecto de expoliación que resulta una contra-reforma agraria sin que haya existido una reforma.  (Vea: Gaviria, el defensor de las libertades)

El país está, ya lo hemos dicho muchos de los adherentes a esta candidatura, en un momento que no admite la apatía. Una apatía, una nata de escepticismo que está montada en el trípode del hastío político, del miedo y la miseria. No es exagerado afirmar que estamos en una encrucijada histórica en la que habrá de definirse la suerte o la desgracia nacional. Tal vez por esos motivos, y sabiendo que Carlos Gaviria es alguien proveniente de la Academia y la Cultura, cerca de 900 artistas e intelectuales firmamos una carta de apoyo a su candidatura, algo sin precedentes en la historia de las candidaturas presidenciales en Colombia. El proyecto no por coherente menos siniestro del actual mandatario, la entronización de los grandes señores de la guerra sucia más que como interlocutores como capataces, la soberanía de la nación entregada a retazos a un tratado que ni es libre ni es de comercio, las leyes que perdonan a los victimarios pero olvidan a las víctimas, el desdén y el cerco a la cultura, la supresión de cualquier interés en las artes, las capturas masivas de personas que no distan para nada de las pescas milagrosas de la guerrilla, el intento de acallar todo disenso, son apenas algunos rasgos de la historia clínica del momento colombiano.

Repito, entre la civilización o, mejor, el llamado a una civilidad que encuentro en Carlos Gaviria y el talante bárbaro de las realizaciones uribistas, el péndulo señala una hora infortunada de polarizaciones. Gaviria Díaz no niega que haya un conflicto armado. Uribe lo niega y sigue investido de una verdad sin asidero, como aquel reyezuelo al que los niños advertían que iba desnudo en su andadura por las calles, pero al que sus cortesanos le celebraban su atuendo invisible.

Tantas barbaries como las que hemos padecido en el país, tantos quebrantos y frustraciones, tantos desplazamientos y desapariciones, tantos despojos nos han dejado muchas heridas abiertas que pueden ser restañadas por una cultura viva y de manera significativa por el arte, por ese meridiano donde se debe debatir también el fin de la guerra y la búsqueda de una cohesión y una civilidad sin la servidumbre del colonizado, hasta que logremos detener el desangre. “Sólo los sacerdotes pueden pretender que el valor de una idea se mida por la cantidad de sangre que ha hecho derramar”, decía con claridad cenital Simone Weil.
Carlos Gaviria es, entre todos los candidatos a la presidencia de Colombia, el único que ha manifestado un interés real en debatir los problemas de la cultura en el país, como partícipe que ha sido de ella desde la creación de espacios y reflexiones de orden filosófico, histórico y jurídico.

Nunca antes la izquierda civilizada ha tenido en Colombia un candidato más idóneo que Carlos Gaviria. Lejos de un país que practica la autofagia, Gaviria no intenta suprimir el discurso de quienes piensan de manera diferente a la suya. Lejos de la hipnosis ayudada a crear en buena parte por los medios y por la falta de una cultura política, nuestro candidato es alguien que no impone sus ideas pero las debate desde su gran capacidad humanística y desde su vocación argumentativa. No hay mesianismo en su discurso, pues sabe con Simone Weil que “vivimos una época privada de futuro”. “La espera de lo que vendrá ya no es esperanza sino angustia”, señalaba la formidable pensadora de las libertades y de la opresión social, como punto de partida para examinarnos como miembros fundamentales de un momento puntual de la historia, de un momento puntual de una colectividad.

Quiero ya, para finalizar, hacerle una petición a nuestro candidato, una petición que no es tan banal como parece. Que la única restricción que ejerza durante su mandato sea la abolición de los diminutivos, a no ser que tengan un carácter irónico como en la célebre novela que Miguel Miura tituló “El Caso de la Mujer Asesinadita”. Un título que, cambiándole la palabra Mujer por la palabra Patria, podría inspirar las memorias del primer, y ojalá último cuatrenio del actual presidente de la República.