Carlos Gaviria Díaz, según 'El olvido que seremos'

En el libro de Héctor Abad Faciolince sobre su asesinado padre (Héctor Abad Gómez) está también el alma del profesor, del amigo, del intelectual, del magistrado que se salvó de los sicarios y se dio el lujo de morir de muerte natural.

Carlos Gaviria Díaz amaba la buena literatura y, justo, uno de sus retratos más humanos se configura entre líneas en ‘El olvido que seremos’, la novela o la crónica -el género narrativo es lo de menos- sobre la vida y muerte del médico y líder de derechos humanos Héctor Abad Gómez, escrita por su hijo Héctor Abad Faciolince.

A comienzos de 1974 Gaviria era el presidente de la Asociación de Profesores de la Universidad de Antioquia y fue reemplazado por Abad Gómez. En ese empalme se hicieron amigos entrañables y trabajaron por la independencia universitaria y la libertad de cátedra en medio de un ambiente caótico de enfrentamientos entre estudiantes y la fuerza pública empoderada por los estados de sitio decretados desde el gobierno.

En la transición entre el gobierno de Misael Pastrana y el de Alfonso López Michelsen, el Ejército y la guerrilla luchaban por imponer su ley dentro del claustro. En esa primera lucha juntos, según reconstruye Abad hijo, “más de doscientos profesores, encabezados por Carlos y mi papá, fueron destituidos de sus cargos a raíz de la huelga”. Luego, la persistencia en sus demandas les permitió la restitución, Abad Gómez en la facultad de Medicina, Gaviria en la de Derecho.

Llegó una nueva generación de estudiantes cada vez más de izquierda a hacer frente a la época del Estatuto de Seguridad de Julio César Turbay. Profesores como Abad y Gaviria eran vistos, paradójicamente, como “burgueses, conservadores decadentes y retardatarios”. La mayoría de maestros no soportó la presión y renunciaron, excepto este par de amigos que defendían “el estudio serio” más allá de cualquier tendencia ideológica. Ellos no sólo coincidían en su visión de la academia, en su espíritu humanitario, en la defensa a ultranza de las causas sociales en especial la del respeto a los derechos humanos, sino en la del país que soñaban a pesar de la guerra y hasta en la literatura, porque se podían sentar a hablar horas de filosofía desde Platón o de poesía desde Sófocles para rematar con Borges, al que los dos recitaban.

Cultivaron esas afinidades hasta los años 80 cuando, una vez más, la violencia los acorraló. Esta vez por cuenta del paramilitarismo que ordenó, con ayuda de miembros de los organismos de seguridad del Estado, elaborar una lista de dirigentes de la izquierda política que serían asesinados, uno por uno, acusados en panfletos amenazantes de “idiotas útiles” del comunismo y la guerrilla.

El lunes 24 de agosto de 1987 leyeron en la radio la última amenaza contra Héctor Abad Gómez, entonces presidente del Comité de Derechos Humanos de Antioquia, “médico auxiliador de guerrilleros, falso demócrata, peligroso por simpatía popular para la elección de alcaldes en

Medellín”. En la lista también estaban Gaviria y otro amigo entrañable de los dos, el editor y columnista Alberto Aguirre. Una semana antes habían matado al senador de izquierda Pedro Luis Valencia, también médico y profesor de la Universidad de Antioquia. Ninguno pensaban en esconderse, menos en irse del país. En protesta, Abad Gómez y Gaviria encabezaron una marcha “por el derecho a la vida”. Les sobraba conciencia, y valentía, y dignidad, así algunos se burlaran de su “inocencia”.

La tarde de ese día se encontraron en la sede del Comité de Derechos Humanos y coincidieron en la gravedad de la situación. Redactaron un comunicado a la opinión pública denunciando a los escuadrones de la muerte y los grupos paramilitares. No recibieron protección del Estado. Al día siguiente fueron asesinados dos participantes de la reunión: Abad Gómez y Leonardo Betancur. Un tercero, Carlos Gónima, corrió la misma suerte tiempo después.

Se lee en ‘El olvido que seremos’ (editorial Planeta), en palabras de Abad hijo: “Al final de la reunión, Carlos Gaviria la preguntó a mi papá qué tan seria le parecía la amenaza personal de la que se había hablado esa mañana por la radio. Mi papá lo invitó a que se quedaran un rato más conversando, para contarle. Abrió una pequeña botella de whisky en forma de campana (que Carlos se llevó vacía esa tarde y todavía conserva de recuerdo en su estudio), le leyó la lista que habían enviado, y aunque dijo que la amenaza era seria, repitió que se sentía muy orgulloso de estar tan bien acompañado. ‘Yo no quiero que me maten, ni riesgos, pero tal vez esa no sea la peor de las muertes; e incluso si me matan, puede que sirva para algo’. Carlos volvió a su casa con una sensación de angustia”.

El martes 25 de agosto asesinaron a otro amigo mutuo: Luis Felipe Vélez, presidente del gremio de maestros de Antioquia. Todos -se sabría en 2001 por boca del comandante paramilitar Carlos Castaño- asesinados por pensar diferente a la extrema derecha, víctimas de un grupo asesorado por la inteligencia del Ejército Nacional. Abad Gómez, Betancur y Gaviria acordaron ir hasta la sede del sindicato de maestros para rendir homenaje a Vélez. Los dos primeros se fueron caminando mientras los sicarios los esperaban. Primero balearon a Abad Gómez y luego persiguieron a Betancur hasta adentro de la casa y también lo mataron sin mediar palabra.

La esposa de Abad Gómez y su hijo Héctor Abad Faciolince llegaron al lugar y comprobaron que el cuerpo tibio que yacía en la calle era el del amado esposo y padre que se devela en ‘El olvido que seremos’ y más recientemente en el premiado documental ‘Carta a una sombra’, obra de su nieta Daniela. Carlos Gaviria se salvó porque llegó tarde. “Llega con la cara transfigurada de dolor y yo le grito (Abad hijo) que se vaya, que se esconda, que tiene que irse porque no queremos más muertos”. El mismo mensaje le transmite la familia a Aguirre. Gaviria se exilia en Argentina, Aguirre en España, Abad hijo en Italia.

Años después regresaron a seguir opinando, denunciando, dando testimonio de lo que los libros de historia sobre Colombia no deben pasar por alto; siendo dignos herederos del legado de una generación acallada por las balas. Antes fue el sepelio de su amigo en el cementerio Campos de Paz. “Fue un entierro muy miedoso, con mucha gente gritando consignas, y con tipos armados que merodeaban. Muchos pensaban que los iban a matar, que iba a estallar un motín y una balacera. Me acuerdo cuando habló Carlos Gaviria, le temblaban los papeles en las manos, pero habló muy bien”. Se preguntó: “¿Qué hizo Héctor Abad para merecer esta suerte? La respuesta hay que darla, a modo de contrapunto, confrontando lo que él encarnaba con la tabla de valores que hoy impera entre nosotros. Consecuente con su profesión luchaba por la vida, y los sicarios le ganaron la

batalla”. El otro discurso fue de Manuel Mejía Vallejo, novelista y amigo de los desventurados amigos. A través de un megáfono advirtió de un panorama con la vida como “el peor espanto” y del olvido como el peor “monstruo” de un país sin memoria.

Antes de escribir su libro Abad hijo hizo una compilación del pensamiento de su padre en un texto titulado “Manual de tolerancia”, cuyo prólogo fue escrito por Gaviria desde su exilio en Argentina. En 2012 a Aguirre le llegó “milagrosamente” la muerte natural. Mientras pudo desde su columna de opinión puso sal en las heridas de la ciudad y del país que devoró a sus más queridos amigos. Se fue como quería, solo e indignado.

Ahora en 2015 le llegó el turno al “profesor canoso” que habita ‘El olvido que seremos’: “Al cabo de los años volvió al país y ha hecho algunas de las sentencias y de las leyes que, todavía, nos dan alguna esperanza de que este país nuestro no sea completamente bárbaro. Carlos Gaviria es uno de los pocos que piensan de manera independiente y liberal… nuestra conciencia moral más libre y más necesaria”.  

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