Cartagena, entre la opinión y el clientelismo

En la heroica el balance es agridulce. Las castas políticas siguen manejando la burocracia y el clientelismo en la ciudad.

Campo Elias Teherán, exalcalde de Cartagena. / Archivo
Campo Elias Teherán, exalcalde de Cartagena. / Archivo

Lo plantea claramente el escritor Óscar Collazos: “La reforma constitucional aprobada en enero de 1986, que abrió la posibilidad de la elección popular alcaldes, se reveló, al poco tiempo, como un arma de doble filo. Es común decir que fue lo peor que pudo habernos pasado, que este paso adelante en la democracia representativa sirvió para que el clientelismo se transformara y adaptara hasta consolidarse como instrumento de poder tocado en los últimos años por la ilegalidad: las llamadas microempresas electorales”.

La descripción de Collazos no es más que su percepción sobre la forma como se maneja la política en Cartagena, y cómo la elección popular de alcaldes se ha convertido en un mecanismo legitimador de las castas políticas tradicionales y, en los últimos años, de la influencia de personalidades políticas cuestionadas, que han sabido manejar los hilos del poder tras la escogencia de los mandatarios de la capital de Bolívar.

Más de 13 alcaldes han sido electos en Cartagena y el panorama en la actualidad no es el mejor. Sin embargo, hay quienes reconocen que en esta historia también se han presentado movimientos sociales de protesta que han llevado al mandato de la ciudad que a personas ajenas a la política, impulsadas por el voto de opinión.

Así lo manifiesta Bernardo Romero, experto en gestión de la participación ciudadana, quien sostiene que “la votación popular en Cartagena se ha dado con las particularidades de la ciudad. En ocasiones con fuerte influencia de las maquinarias clientelistas y, en otras, fruto del hastío y la inconformidad. De este modo, han sido elegidos candidatos respaldados por la ciudadanía como Manuel Domingo Rojas, Nicolás Curi, Judith Pinedo y Campo Elias Teherán”.

Sin embargo, explica Romero, los políticos son astutos y ya no se someten al veredicto de las urnas. “Un caso claro es el de Campo Elías, que tenía todo el respaldo popular y entonces empezó a recibir apoyos de los dueños de los negocios de la ciudad y cuando salió elegido debía muchos favores”, dice.

Pese a lo inconveniente que pueda parecer la elección popular en Cartagena, el exalcade Carlos Díaz afirma que esta sí ha sido una revolución democrática en La Heroica. “Hoy las personas votan por gobernantes más cercanos. Cuando los alcaldes eran designados, todos tenían que pertenecer al Club Cartagena, tenían que formar parte de la aristocracia de la ciudad. La cuestión era de apellidos: los Faciolince, los Romero, los García, entre otros”.

Pero Díaz comparte también la teoría de Romero: “Hoy esa clase política tradicional ha sido inteligente de sumarse a candidatos que tienen todo el apoyo electoral. No son tan burdos, así se le metieron a Campo Elías y estaban manejando los hilos de la administración”.

La explicación de este fenómeno lo plantea Collazos al señalar que “las clientelas tradicionales, amarradas a la burocracia del Estado y al juego de los partidos en éste, empezaron a estar condicionadas por la inversión económica que se impuso para pagar los costos cada vez más altos de una campaña”.

Es precisamente la conjugación entre clientelismo, costos de campañas y manejo de presupuesto público, lo que generó que llegaran nuevas personalidades de dudosa procedencia a la vida pública de Cartagena. “Lo que más daño ha hecho es la presencia de la mafia y de los dineros de los paramilitares desde 2004, con personajes como la Enilce López alias ‘La Gata’, Alfonso 'El Turco' Hilsaca o Luis Alberto ‘el tuerto’ Gil, todos tuvieron fuerte influencia política en Cartagena y fueron condenados por la justicia”, manifestó un historiador que prefirió reserva de su nombre.

Pese a los inconvenientes, el diagnóstico general plantea que ante la influencia que pueden llegar a tener diferentes sectores sobre los resultados electorales, el veredicto de la ciudadanía siempre debe estar por encima de una decisión tomada desde un escritorio en Bogotá. “La elección popular de alcaldes y gobernadores ha traído, claro está, el envilecimiento de la política, pero no menos envilecida estaría la elección a estos cargos según capricho y conveniencia del Presidente de turno”, concluye Collazos.

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