Choques Santos- Uribe, el país polarizado

Las diferencias entre el presidente Santos y el expresidente Uribe se intensifica y la sociedad se divide cada vez más. La reconciliación se ve lejana y los espíritus del odio y las pasiones personales dominan el escenario político nacional.

 La confrontación política entre santismo y uribismo está llegando a niveles extremos. Insultos, acusaciones, señalamientos en las redes sociales, calificativos de parte y parte, denuncias por doquier --incluso ante organismos internacionales como las Naciones Unidas-- y una opinión pública polarizada, donde se imponen las pasiones y los comentarios son, en su mayoría, del más bajo nivel, ofensivos, venenosos y desbocados. Se supone que la de hoy debe ser la Colombia de la antesala a la paz, pero la realidad, al menos política, muestra que se está muy lejos de la reconciliación.

Dice la Constitución, en su artículo 188, que el presidente de la República debe “simbolizar la unidad nacional”. Algo que no se ha dado, a decir verdad, ni ahora ni antes, cuando al frente del Gobierno estaba el hoy senador Álvaro Uribe y la discordia con la Corte Suprema de Justicia, las oenegés de derechos humanos y sus opositores de la izquierda protagonizaban. Y hoy en día porque el presidente Juan Manuel Santos hace rato que se olvidó de su mantra de no pelear con su antecesor y de no dejarse provocar. Y a la andanada de críticas, acusaciones y cuestionamientos, ha salido a responder.

El antecedente más inmediato se dio ayer, en la ceremonia de entrega de premios del Círculo de Periodistas de Bogotá (CPB). “La oposición que viene en la extrema derecha ha asumido la estrategia de presentarse como perseguida política (…) y el país sabe, sabe muy bien, que esa es otra mentira monumental. Este gobierno no persigue a nadie, y la justicia –por fortuna– es un poder independiente. Si acaso mi gobierno persigue a los corruptos y a los delincuentes. En estos cuatro años y medio de gobierno, todo el mundo ha podido controvertir lo que ha querido”, dijo.

Y enfatizó: “Pero irse a otras latitudes a decir que Colombia es una especie de dictadura, o un régimen pro-comunista donde el Gobierno persigue a sus opositores, eso es traspasar los límites de una oposición responsable. Ahora quieren aplicar en el exterior la misma táctica fascista que han aplicado aquí en Colombia: mentir, mentir, mentir, pues de esa mentira algo queda”. Un mensaje de frente contra el uribismo, que recientemente anunció una gira internacional para dar a conocer su postura en contra del proceso de paz con las Farc y hablar de la supuesta persecución de la que es víctima.

Además, para el jefe de Estado, más que una “afrenta” contra él o contra su gobierno, es una “afrenta contra todos y cada uno de los colombianos, contra el esfuerzo que durante años hemos hecho todos por hacer de Colombia un país donde vale la pena vivir, donde vale la pena invertir, por el que vale la pena trabajar”. Con otro ‘directazo’ a Uribe: “Cuando concluya mi labor como presidente, he dicho que quiero ser maestro, profesor (…) y dejando gobernar en paz a los mandatarios de turno. Y del poder sólo me quedará la nostalgia gozosa de haber trabajado con honradez y convicción –y sin tregua– para que los colombianos alcanzaran la paz”.

Palabras que solo sirven para atizar el fuego, ya encendido, de la polémica con su antecesor, que desde hace rato anda ‘cargado de tigre’. Sobre todo después de que se diera la entrega de la exdirectora del DAS, María del Pilar Hurtado, hoy recluida en una celda del búnker de la Fiscalía, y desde diferentes sectores de opinión en el país se le exigieran respuestas sobre quién ordenó las ‘chuzadas’ y seguimientos ilegales a periodistas, magistrados de la Corte Suprema y miembros de la oposición. Y más aún cuando el Tribunal Superior de Medellín ordenó investigar a Uribe por su presunta responsabilidad en la masacre de El Aro, ocurrida en 1997.
Porque como dicen sus más allegados, con Uribe la pelea es peleando. A través de su cuenta en Twitter, desde esta mañana, el expresidente se ha ‘despachado’ contra Santos e incluso contra algunos medios de comunicación, como Semana y El Espectador, que difundieron la noticia de que sus hijos, Tomás y Jerónimo, aparecían en una lista de presuntos evasores de impuestos a través de una cuenta en Suiza, dada a conocer por el exinformático Hervé Falciani, empleado del banco HSBC. Noticia que fue desmentida por ellos mismos y por Carlos Eduardo Huertas, investigador del Consorcio Internacional de Periodistas, que fue de donde salió la información.

Esta vez el ‘caballito de batalla’ ha sido la lista de los beneficiarios de los contratos otorgados por el Fondo de Programas Especiales para la Paz, una cuenta especial del Departamento Administrativo de la Presidencia de la República, creada en 1997, cuyo objetivo es “la financiación de programas de paz encaminados a fomentar la reincorporación a la vida civil de grupos alzados en armas”. “Santos, dígame fascista o como quiera pero no siga corrompiendo a la Federación de Cafeteros” (una de las entidades que más plata recibió); “para tapar la corrupción de los contratos, Santos me acusa de fascista ante el Circulo de Periodistas”; “contratos de Fondo de Paz son parecidos a los de Fondo de Libertad que Santos hizo como ministro para favorecer amigos, nunca lo hacen responder”; “Santos, mis hijos no tienen cuentas en Suiza, ¿usted dónde tiene la platica de la venta de El Tiempo?”, fueron algunos de los trinos de Uribe.

Como quien dice: toma y dame. Así está la cosa. Cada quien se ubica en la orilla con la que comulga, unos cuantos se insultan en las redes sociales y la mayoría de los colombianos asisten, sin querer, a un espectáculo deplorable de bajeza política. Que “eso demuestra la crisis en la que estamos y urge una reforma estructural de fondo del Estado”, dice el exsenador Juan Lozano. Que Santos y Uribe “son lo mismo y la pelea solo es por el poder”, expresa el senador Jorge Robledo, del Polo Democrático. Lo cierto es que mientras se habla de reconciliación y perdón, los líderes políticos del país se muestran los dientes y cada vez más agudizan sus posturas.

Un torbellino en el que han caído hasta dirigentes que hace poco eran incuestionables en su proceder. Como el profesor Antanas Mockus, líder de la Corporación Visionarios, una de las que recibió dineros del Fondo de Programas Especiales para la Paz, hoy acusado por Uribe de haberse “vendido” para organizar una marcha, la del próximo 8 de marzo, a favor de las negociaciones con las Farc en La Habana. “Dr. Mockus, no nos invite a marchas por cuya promoción Santos le paga a usted”, escribió también en Twitter. Con su respectiva respuesta de Santos, en esa misma red social: “Profesor Antanas Mockus: Hoy más que nunca persevere en su lucha por la vida y la reconciliación”.

¿En qué momento se generó tan ardua confrontación? En el libro ‘Enemigos’ de Vicky Dávila, se plantean algunas señales del surgimiento de la inquina de Uribe: nunca le perdonará a Santos haber legitimado a Hugo Chávez, el fallecido presidente venezolano y su gran contradictor, como promotor de la paz, calificándolo como su “nuevo mejor amigo”. Y mucho menos el haber nombrado a sus dos enemigos políticos, Germán Vargas Lleras y Juan Camilo Restrepo, en su primer equipo ministerial. Y para rematar, para el expresidente sí que es una “gran traición” sentarse a hablar de con las Farc, los asesinos de su padre, sobre todo ofreciéndoles concesiones e impunidad, según dice.

Como están las cosas, más allá de los diálogos con la guerrilla, está claro que aquello de la tan anhelada reconciliación entre los colombianos no solo va a pasar por la desmovilización de los grupos armados ilegales sino también por desarmar los espíritus de odio y pasiones personales que hoy dominan el escenario político nacional y donde los estrados judiciales también juegan su papel y también han sido acusados de estar a favor del Gobierno. Los expertos han advertido que la polarización extrema, tarde que temprano, va a terminar afectando el clima de confianza inversionista.

Lo preocupante es que el debate va para largo, pues este 2015 es año de elecciones locales y regionales, o sea, del poder regional, y es mucho lo que está en juego. El expresidente Uribe ya jugó sus cartas y el presidente Santos, como buen tahúr, aceptó la apuesta. Y bien lo dijo el sociólogo francés Daniel Pécaut: “Este país no ha tenido un movimiento populista fuerte después de Gaitán y Rojas Pinilla. Cuando me preguntan sobre qué es lo que más asusta en Colombia, yo digo que no son las Farc, sino el populismo”. Y la actual confrontación santismo-uribismo sí que tiene tientes de eso, de lado y lado, así nadie lo reconozca.

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