Personajes del año 2019 El Espectador

Claudia López: El deseo de una alcaldesa

En un hecho histórico, fue elegida alcaldesa mayor de Bogotá, el segundo cargo político en importancia del país. Así es ella.

“Soy del pueblo, mujer, lesbiana y de centro izquierda”. Por eso, para Claudia López Bogotá es sobre todo símbolo de libertad. / Cristian Garavito- El Espectador

“Cuando me di cuenta, ya estaba dirigiendo uno de los grupos”, dijo su amiga y colega Ana María Ruiz. Se refería a la organización de la Séptima papeleta, la gran acción colectiva y transversal que llevó a la Constitución del 91. La anécdota no sugiere una gran hazaña, pero sí una gran transgresión: liderar a los 19. Tres décadas después, Claudia volvió a desconocer los prejuicios que la cultura le impone a la edad: a los 49 estaba terminando su tesis de doctorado rodeada de veinteañeros en tenis y camiseta. A la mujer siempre se le dice que está muy joven o muy vieja. Claudia, con su vida, nos dice que el tiempo de la mujer lo determina ella.

Hoy, Claudia es la alcaldesa de Bogotá, la primera mujer en el segundo cargo más importante del país. El hito es histórico porque su victoria amplía el espectro del deseo, de nuestro deseo. Tras las elecciones del pasado 27 de octubre son más las personas a las que nos imaginamos conquistando las urnas del país. Y quizá sea la fuerza de esta nueva imagen lo que ha impacientado a unos y ha llevado a otros a pedir cautela en nuestra celebración. A Claudia, dicen sus críticos, le interesa el poder más de lo que conviene. Algo que disgusta a su pareja, la senadora Angélica Lozano. Para ella, Claudia “podría sin problema dejar la vida pública mañana”. Cuando le pregunté a Claudia qué hubiera hecho si no hubiera competido para la Alcaldía, ella dijo sin dudarlo: “Me hubiera postulado para ser profesora”.

En la misma línea, Edward Gibson, su asesor de tesis en la Universidad de Northwestern, considera que Claudia puede separarse con facilidad de su fama. A pesar de ser ya una figura pública cuando inició sus estudios de doctorado, pocos lo sabían: “Cuando estaba en clase como estudiante, Claudia era estudiante”, asegura Gibson. A lo que añade: “Discutía después de terminadas las clases con sus compañeros con tanta pasión como empatía”. Tampoco eran muy conocidas sus proyecciones políticas en ese entonces. A mitad del doctorado, Claudia se fue a hacer trabajo de investigación a Colombia. Cuando regresó a Chicago, le contó a Gibson que había sido elegida senadora. Él le preguntó: “¿Del consejo de la universidad?”. Ella contestó: “No, profesor, de la República de Colombia”.

Claudia lleva su vida impulsándose por su amor al conocimiento y su amor por el país. Un doctorado no es siempre para un político. Y más aún, no todos los políticos están para un doctorado. Este tipo de formación, asegura Gibson, funciona solo en los líderes, que, como Claudia, “reciben en la misma proporción en la que comparten”. La potencia de su voz es la potencia de los ciudadanos que representa. Una amiga me comentó durante la campaña que su mamá le había escrito lo siguiente: “Lo que no me gusta de Claudia es que se enfurece por todo, por todo se indigna”. A lo que ella le contestó: “¡Exacto, por eso me representa!”. El sello de Claudia, afirma Ana María Ruiz, es precisamente el de articular la complejidad de los deseos y saberes de las calles con sus propias pasiones y conocimientos, de estructurar las intuiciones de la práctica y enlazarlas con sus ideas de gobierno.

Bogotá tiene hoy una alcaldesa, que, como ella misma lo dice, superó cuatro de las cinco barreras que atrapan a los individuos: “Soy del pueblo, mujer, lesbiana y de centro izquierda”. Por eso para ella Bogotá es sobre todo símbolo de libertad. Y sin duda, hay algo vivificante en que sea Claudia precisamente la primera mujer que dirige la capital. Su deseo hace eco en una ciudad que se sigue formando de ilusiones. Al final del día, como lo expresa su madre, la maestra María del Carmen Hernández, si hay algo como “el sueño americano” es “el sueño bogotano”. Abuelos, madres, padres, amigos y colegas han migrado a la capital. Unos obligados por la violencia, otros tras un trabajo, otros en busca de estudio y cultura, y otros incluso, como ella recuerda, “a casarse a escondidas”. De ahí la importancia de mantener vivo “el sueño,” pues lo que hoy sucede en Bogotá mañana quizá sucederá en Pamplona.

Sin duda, Claudia es profundamente bogotana. Vivió su infancia entre el barrio Candelaria La Nueva, en el sur, y el barrio San Antonio, en el norte. Estudió en la Distrital y en el Externado. Se ha movido, como muy pocos, entre esos techos concéntricos de los estratos. Superarlos no fue fácil. Hace una década, El Tiempo canceló su columna semanal cuando ella denunció complicidad entre la redacción y el entonces candidato Juan Manuel Santos. Las casas políticas, con el peso de sus apellidos y sus maquinarias, les daban poco espacio a los “nuevos”. Sin embargo, su abuelo, Ángel María Hernández, ilustró a Claudia en qué consiste la verdadera dignidad de la cuna. “En el norte viven los señores, en el sur los caballeros”, le decía, señalándole la confesa admiración que produce en corazones bien dispuestos el trabajo honesto y bien hecho.

Quizá las palabras de su abuelo resonaron en la honestidad de su amor. Claudia ha escuchado su corazón con pasión y firmeza. Cuando, en alusión a una vieja historia, Angélica Lozano le preguntó si quería ser su “siguiente novia”, Claudia le respondió: “No, quiero ser tu última”. El beso que le dio la vuelta a la prensa el día de la victoria a la Alcaldía celebró el amor diverso. Y aunque Claudia afirma no ser activista LGBTI, con la visualización y normalización de su amor ha comunicado con sus acciones lo que no siempre ha puesto en palabras. Bogotá le dio a Claudia la suficiente libertad para poder mantenerse fiel a sus sentimientos. Y ahora ella, con su vida como activismo, le devuelve a la ciudad un ejemplo de libertad.

“La igualdad es imparable”, ha sido su eslogan. Con este, Claudia ha manifestado su preocupación no solo por incluir a las minorías, sino por integrar a otros movimientos políticos dentro de su proyecto de ciudad. Durante la Séptima papeleta se unieron desde miembros del Opus Dei hasta integrantes del Partido Comunista, todos bajo el sueño de una nueva Constitución. En su discurso de victoria Claudia habló de unidad, intereses comunes y construir sobre lo construido. “Jamás quiero que exista un claudismo” afirma. Para ella la acción colectiva debe siempre primar sobre cualquier caudillismo. Y he ahí uno de sus grandes retos: lidiar con el arma de doble filo que implica llegar con tan altas expectativas de sus electores, simpatizantes, y hasta detractores.

Los bogotanos, como nuestra ciudad, somos impacientes. Tras su victoria, Claudia convocó a la prensa a las 6 a. m. del día siguiente. Sin duda, su vertiginoso ritmo refleja aquel de la capital. “Claudia no hace política sentada en su escritorio”, dice Ana María Ruiz. Pareciera que la intensidad de su deseo la dejara vivir en varios tiempos. Cuando les pregunté a sus familiares y amigos cuál es esa característica fundamental de Claudia que la opinión pública no ve, todos respondieron lo mismo: “Es muy cariñosa”. Y es ese cariño que le tiene a Bogotá el que deberá compensar los trajines del caos capitalino. Aunque sin duda, si Claudia nos pide coraje para seguir soñando en Bogotá sabemos que nos pide algo que tiene de sobra.

* Columnista de El Espectador

894745

2019-12-07T21:00:00-05:00

article

2019-12-07T21:00:01-05:00

[email protected]

none

Catalina Uribe Rincón *

Política

Claudia López: El deseo de una alcaldesa

41

7529

7570