Colombia decide entre dos caminos

Juan Manuel Santos y Óscar Iván Zuluaga miden fuerzas teniendo como eje de discusión la manera de convencer a las guerrillas de desmontar su anacronismo armado.

Con las Farc y el Eln como telón de fondo, armados hasta los dientes pero en el juego político de la negociación de paz, Colombia vuelve a elegir presidente. Como ha sucedido en casi todos los procesos electorales desde hace tres décadas, de nuevo la disyuntiva de la sociedad es apostarle a dos guerras menos, optando por uno de dos candidatos que, paradójicamente, en el reciente pasado hicieron parte integral del mismo proyecto político: el de la seguridad democrática del expresidente Álvaro Uribe Vélez.

Ahora, en distintas orillas, Juan Manuel Santos y Óscar Iván Zuluaga miden fuerzas representando dos posturas adversas: la de quienes creen que después de 50 años de guerra hay sólidas convicciones para pensar en el fin del conflicto y la de quienes sostienen que el paso confiable para admitir que la paz se acerca es el cese de hostilidades de las guerrillas y su compromiso a aceptar un mínimo de justicia a la hora de saldar las cuentas pendientes con las víctimas de la confrontación.

Dos enfoques para un Estado abocado a buscar una solución definitiva al último conflicto armado interno del continente, que por su exagerada duración terminó originando un escenario social polarizado por la izquierda y la derecha. Es decir, entre quienes piensan a rajatabla que el diálogo con los grupos subversivos es la solución para avanzar hacia un país más incluyente y quienes sostienen que la seguridad no puede sacrificarse y la prenda de garantía es el respaldo absoluto a las Fuerzas Armadas.

Todo lo demás terminó siendo colateral en esta campaña presidencial. La crisis de la salud y la seguridad social, los apremios de la educación o la estabilidad económica, las debilidades estructurales para enfrentar los retos del siglo XXI se volvieron promesas electorales con el acostumbrado recetario de cifras y metas por alcanzar. El eje de la discusión volvió a ser el mismo desde que cayó el telón del Frente Nacional: cómo convencer a las guerrillas de desmontar su anacronismo armado.

Sólo que esta vez, con la figura de Álvaro Uribe Vélez y su cuenta de Twitter situada en medio de las candidaturas, muchos colombianos llegan a las urnas pensando más en votar en favor o en contra de la influencia del exmandatario que por los mismos aspirantes a la primera magistratura del Estado. Y la pugna verbal entre Juan Manuel Santos y Óscar Iván Zuluaga —exacerbada por los escándalos judiciales, las mutuas acusaciones o las cuentas de cobro de su pasado común— ha contribuido a esta tensa encrucijada.

Una cerrada confrontación política con dos antecedentes: las elecciones legislativas del 9 de marzo, donde los partidarios de la Unidad Nacional del presidente Santos ganaron por exigua ventaja al Centro Democrático de Uribe, y la primera vuelta presidencial del 25 de mayo, en la que Zuluaga derrotó por estrecho margen la candidatura reeleccionista. Con una victoria por bando, la de hoy promete ser una reñida final por la jefatura del Estado, sin que por ello cese la disputa.

Con techos electorales previsibles en ambas campañas, la diferencia pueden hacerla los aliados de las últimas tres semanas. El presidente candidato con el respaldo de la izquierda democrática y de vastos sectores de opinión que apoyan su decisión de buscar una salida negociada a la guerra del Estado contra las Farc y el Eln, y el aspirante del Centro Democrático con el apoyo de los conservadores que estuvieron con Marta Lucía Ramírez y de aquellos sectores que creen en el inamovible de la seguridad uribista.

El otro factor que puede determinar el rumbo es el de las maquinarias políticas. En la primera vuelta, el presidente Santos tuvo mayorías en la región Caribe y la zona Pacífica, mientras que Zuluaga ganó en el centro del país, en especial en Antioquia y el Eje Cafetero. El palo de la jornada fue su apretada victoria en Bogotá. Las mutuas intenciones de revertir este balance electoral representan hoy la máxima incógnita, basados en la exigencia plena de los cacicazgos políticos de ambas campañas.

En síntesis, como no sucedía desde tiempo atrás, el debate por la Presidencia para el cuatrienio 2014-2018 promete desenlace por “voto finish”. Con certeza, el caudal electoral va a crecer y, sin duda, el 60% de abstencionistas de los comicios del 25 de mayo será determinante. ¿Ganará la opción reeleccionista de Santos y su giro hacia la solución negociada del conflicto apartándose de la ortodoxia uribista? ¿O triunfará la propuesta de Zuluaga y el retorno sin esguinces a la seguridad democrática? El día D ha llegado. La verdadera encuesta está por verse.