En las comunas nororientales con el alcalde de Medellín

En la recta final de su mandato, acompañamos a Alonso Salazar a tomarle el pulso a los programas de asistencia social y el resultado fue muy positivo.

—¡Hola, mujer! ¿Estás triste? ¿Qué te duele? —le dice Alonso Salazar, alcalde de Medellín, a una dama con mirada perdida que está sentada en la Unidad Hospitalaria del popular barrio Manrique. Ella se toca el estómago: —Ahí —responde.

—¡Y tú, te tienes que cuidar! ¡Tienes cara de que no te cuidas! —le advierte a un joven que parece vivir en el bazuco.

—¡Y tú, no me vas a regañar! —le pide a una mujer gorda, vieja, con pinta de líder. —¡Ni tú a mí, que vos regañás mucho! —le responde ella a este periodista a quien, como a los maestros del oficio, le gusta ir a las fuentes y descubrir por sí mismo la verdad.

En el pabellón de urgencias, otra mujer se queja de que esperó todo el día anterior a que la atendieran y aún no lo han hecho.

—¡El gerente de Metro Salud es el que tiene que arreglar ese problema! ¡Mire a ver qué pasa! —le ordena al funcionario—. ¡Al mirar las estadísticas hay que tener en cuenta esas cosas! —agrega. Entonces me dice, pícaro: —¡Esa parte no la teníamos preparada!

Es el día de la penúltima rendición de cuentas que, como alcalde, hace este reconocido escritor y periodista de 51 años, quien fue secretario de Gobierno de Sergio Fajardo, su antecesor, y como burgomaestre de esa agradable pero difícil ciudad soportó al comienzo los más agresivos embates de los círculos cercanos a las mafias de la droga y de la política, que no se resignaban a dejarlo ejercer y a que gobernara la ciudad con esa transparencia que prácticamente todos le reconocen. Pero luego de pasar las duras y las maduras, Alonso les ganó la batalla, demostró su inocencia e hizo una alcaldía que ha permitido que, según el Informe Nacional de Competitividad, la ciudad ocupe el primer lugar en calidad de vida en el país; que, de acuerdo con la última encuesta de ‘Medellín, Cómo Vamos’, hecha por Ipsos-Napoleón Franco, las tres cuartas partes de los habitantes de la ciudad tengan del alcalde una opinión favorable; el 90% de sus pobladores se sientan orgullosos de su ciudad, y 7 de cada 10 crean que ésta va por buen camino y que hoy su nivel de vida es bueno.

A las 7 a.m., Salazar llega a la Universidad de Medellín para acompañar a la Policía en su rendición de cuentas.

—Dicen que uno tiene que contar lo que se hace —comenta—. Hoy lo estamos haciendo ante unas 19.000 personas.

Los policías colman el auditorio en posición de firmes. El alcalde toma el micrófono:

—¡Buenos días! ¡Medellín es imparable! —exclama, y agrega: —Escuchemos a la mayor Martha Herrera (es como su sombra, lo cuida a donde quiera que va y en ese instante también rinde cuentas). Ella ha demostrado profesionalismo.

—Les voy a mostrar por qué Medellín es imparable —dice ella—. Cumplimos la meta de construir 15.000 viviendas, aumentó 30% el presupuesto del cuatrienio…

El alcalde se marcha, discreto, para seguir apoyando a sus funcionarios. En el carro explica que la mayor habla de esos temas porque la Policía hace parte del Plan de Desarrollo. Y cuenta que Medellín ha tenido más de un tercio del dinero presupuestado porque ha facilitado el pago de impuestos por internet, ha abierto más puntos de pago, ha controlado la corrupción y han crecido las empresas públicas municipales, que le dan el 30% de sus ganancias.

—La Policía —comenta el alcalde— ha mejorado: antes había operaciones conjuntas de sicarios, Ejército y Policía… Eso se ha acabado… ¡Y es muy importante reconocerlo! Pero, también, la delincuencia tiene mayor capacidad de corrupción de los niveles medios y bajos: a los narcotraficantes nada los detiene en su propósito de mantener activo su negocio y sus estructuras de ejércitos… El tema de la legalización de la droga no ha sabido venderse. ¡Los únicos que pueden hacer algo son los estadounidenses! Mientras tanto, en las ciudades sólo podemos reprimir...

Pasamos por el Hospital Infantil. Su inauguración será el 30 de abril, cuatro meses después de terminado su mandato.

—Me da pesar no inaugurarlo —dice—. Nuestro mayor orgullo es el trabajo con la infancia: hace dos años no tenemos muertes por desnutrición: nutrimos a la gente a través de la “sopita social”, una sopa gratuita en polvo que se entrega empaquetada y contiene proteínas, granos y verduras.

El alcalde se detiene en el Núcleo, en el barrio Montecarlo, donde se concentra la inversión en un determinado territorio, como se hace en las zonas más violentas de la ciudad desde la época del alcalde Sergio Fajardo. Cerca a la estación de Policía se encuentran la Casa de Cultura, un gran colegio con tecnología digital para uso de los niños, una zona verde recreativa y un jardín infantil que está por terminarse, similar a los ocho que existen y a los 15 que habrá, con lactario, sala cuna atendida por madres comunitarias, saloncitos coloridos hechos con distintas figuras geométricas y baños de colores con inodoros y orinales diminutos, donde se albergará a niños de tres meses a cinco años y se dispondrá de pedagogos, nutricionistas, sicólogos y trabajadores sociales.

—Nuestra meta es que todos los niños tengan oportunidades —afirma.

El alcalde recorre las comunas nororientales, engastadas en la montaña, por donde antes los delincuentes impedían caminar. Una anciana lo besa y le dice:

—Aquí estamos disfrutando de todo esto que está haciendo.

Alonso me ofrece una fruta de las que un hombre vende en un carrito bien puesto, de los tantos que se les han regalado a los vendedores ambulantes que existían cuando empezó su gobierno.

—¡Si no hemos sido capaces de construir empleo, tenemos que organizarlos! —comenta.

En el barrio Jardín, un hombre le pide que busque su reelección.

—¡Como no hay reelección, me decís eso! ¡Vos si sos bien jodido! —le responde sonriente este hijo de arriero, el sexto de 13 hermanos, quien fue mensajero de farmacia y confiesa que no dice que ha hecho sacrificios económicos siendo funcionario porque, antes, nunca había sabido qué es recibir un cheque quincenal; que prefiere el periodismo a la política; que no se ha enamorado del poder y que tiene para escribir un interesante libro donde dibujará las historias de los 15 habitantes de su esquina del barrio Simón Bolívar, entre los que hay no sólo un alcalde —él— sino también curas, guerrilleros, profesionales y traquetos.

Luego se sienta a tomar tinto en un café al aire libre, en el corazón de las comunas. Un líder popular se acomoda a su lado.

—¡El doctor Alonso se metió a la candela! —exclama.

Entonces Salazar cuenta que le tomó cerca de tres meses conocer los problemas de esos barrios. —Ya me saludaba con los jefes de los grupos —dice—. Me acuerdo del Tuerto. Se enfureció porque la Policía le hizo una llave y dijo que me iba a denunciar. Le llevé a los de la Personería para que lo hiciera. ¡Aún no me han llamado! ¡Es que aquí sabemos quiénes son los bandidos! Ellos tienen dos opciones: reintegrarse a la sociedad o sufrir las consecuencias de la justicia.

Salazar explica que la seguridad, a pesar de que aún es su principal preocupación, ha mejorado: según la encuesta ‘Medellín, Cómo Vamos’, hoy 52 personas de cada 100 —nueve más que hace un año— se sienten seguras. Y los homicidios por cien mil habitantes descendieron de 94,4 en el 2009 a 86,3 en el 2010 y se proyecta que terminen en 75 en el 2011.

Las razones de esa mejoría, según él, son varias: primera, la Alcaldía está presente entre la comunidad, especialmente con sus gestoras sociales; segunda, se articulan la Policía, la comunidad y las autoridades civiles para prevenir el delito: por ejemplo, avisan que hay un alumbrado dañado —lo que favorece la inseguridad— y las autoridades lo arreglan, y tercero, se les buscan oportunidades a los jóvenes.

Pero, además, se han incrementado la cobertura y la calidad de la educación y se le ha dado a la población una oferta cultural que envidiaría cualquier capital: Medellín es una de las ciudades latinoamericanas con mayor inversión en cultura: 19,48 dólares por habitante, contra 8,7 de Bogotá, 6,2 de Río de Janeiro y 2,2 de México D. F.. El secretario de Cultura, Luis Miguel Úsuga, explica que este año se invertirán 78.000 millones en ese campo y que en estos tres se completarán 250.000 millones.

Y esa plata —de la cual no ha salido la construcción de los cuatro parques-biblioteca— se ve reflejada en el Sistema Municipal de Lectura, en el programa Abuelos Cuentacuentos, en las Paradas Juveniles de Lectura, en las Redes —de escritores, de artes visuales, de artes escénicas, de danza y de música— que tienen 27 sedes donde se forma musicalmente a los niños y hay seis orquestas y 60 coros, sextetos y cuartetos. Y la plata se nota también en los 5.000 eventos anuales de cultura; en el proyecto Altavoz, especie de Rock al Parque; en las 200 becas otorgadas a la creación; en el Programa Medellín, Un Gran Escenario; en el de Salas Abiertas, que patrocina a los pequeños teatros; en el de Entrada Libre, que compra boletas para los museos y el jardín botánico y las reparte; en los proyectos de recuperación del patrimonio cultural; en el archivo histórico; en los 300 Clubes Juveniles, donde los jóvenes de los barrios se reúnen a hacer arte y literatura y a tener participación social y política, y en la Fiesta del Libro, como la que termina hoy, a la que se espera concurran más de 180.000 personas y en la que han participado artistas de la talla de Rubén Blades, y escritores como John Lee Anderson y Alma Guillermoprieto.

Son las 6 p.m. La multitud, presente en el teatro Pablo Tobón Uribe, espera a su alcalde, quien concluye ahí esta rendición de cuentas.

—¡Buenas noches, familia! —dice—. Queremos contarles lo que estamos haciendo: ¡prometimos un Plan de Desarrollo y lo cumplimos! Pusimos todo el énfasis en lo social: ¡con la plata de ustedes buscamos que nadie se acueste ni se levante con hambre! A ustedes los cuidamos como personas, como familia, como comunidad. ¡Y cuidamos a Medellín, que es nuestra casa, porque la casa de uno, uno la cuida mucho! Para nosotros es un orgullo liderar una generación que ha impulsado un salto al futuro.

Y agrega: —¡El próximo alcalde va a encontrar más financiación que la que hallamos nosotros, que fue grande!

Entonces pienso que Medellín pudo dar este salto porque hubo continuidad en las dos últimas alcaldías; porque Salazar siguió con los programas de Fajardo, los profundizó y los mejoró; porque, como suele ocurrir, no desbarató lo que hizo el anterior (“a ningún mandatario le gusta ni su antecesor ni su sucesor”, decía el expresidente Carlos Lleras) y porque hubo transparencia en el manejo de lo público.

Por eso es fundamental que el sucesor de Alonso Salazar no sea un enemigo suyo sino un continuador de su gestión: porque él se va feliz a escribir su libro y a refugiarse en la literatura. Pero… ¿Medellín?

Próxima entrega sobre Medellín: Almorzando con los bandidos.

Indicadores de gestión

1°es el lugar que ocupa Medellín en calidad de vida, según el Informe Nacional de Competitividad.

75% de los medellinenses tienen del alcalde una opinión favorable, de acuerdo con la última encuesta de Medellín Cómo Vamos, hecha por Ipsos Napoleón Franco.

90% de los pobladores de la capital antioqueña se sienten orgullosos de su ciudad.

52 personas de cada 100, —9 más que hace un año— se sienten más seguras.

7 de cada 10 habitantes creen que la ciudad va por buen camino y que hoy su nivel de vida es bueno.

Los libros de Alonso Salazar, el escritor periodista

‘Profeta en el desierto. Vida y muerte de Luis Carlos Galán’. Editorial Planeta. Bogotá. 2003.

‘La parábola de Pablo’. Editorial Planeta. Bogotá. 2001.

‘La cola del lagarto. Drogas y narcotráfico en la sociedad colombiana’.

‘Proyecto Enlace’, Ministerio de Comunicaciones de Colombia, Corporación Región. 1998.

‘La génesis de los invisibles. Historias de la segunda fundación de Medellín’.

‘Programa para la Paz de la Compañía de Jesús’. 1997.

‘Mujeres de fuego’. Editorial Región. 1993.

‘No nacimos pa semilla’. Editorial CINEP 1990.

‘Drogas y narcotráfico en Colombia. Editorial Planeta.