El falso dilema entre confinamiento y libertad

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Dicen algunos dirigentes que la medida de confinamiento es paternalista y que limita su libertad. Pero el problema no es ese: es casi todo lo contrario.

Algunos ven en el confinamiento una inaceptable limitación a la libertad individual. Tal es el caso de Bolsonaro, Trump, Boris Johnson, entre otros. Entre muchos de sus disparates sobresale, sin embargo, uno que otro argumento: que la propagación del COVID-19 es inevitable y que por eso la cuarentena es ineficaz e injustificada, y que el desempleo y la desaceleración económica pueden generar más muertes que la pandemia.

Hay otros críticos de las medidas, pero con un ropaje más elegante y soterrado. Para ellos, el confinamiento es una medida paternalista legítima durante un corto tiempo, pero después representa una grosera intervención en la esfera de la responsabilidad individual. Hay paternalismo, dicen, cuando el Gobierno impone decisiones que limitan o contradicen la voluntad individual, aun si esas restricciones buscan su bienestar.

Es posible cuidar y salvar vidas

Pero estos argumentos tienen, al menos, dos fallas. En primer lugar, el dilema entre salud y economía es falaz. Para poder hablar de un dilema tenemos que asumir que estamos frente a dos opciones inevitables. A primera vista, el dilema parece claro: o muertes por coronavirus o muertes por desempleo e inanición. Si uno sigue esta idea, las cuarentenas estrictas son contraproducentes, porque pueden generar más daño y muerte que la misma pandemia. Pero el dilema es falso, porque quienes pueden morir por coronavirus o por inanición son los mismos: los pobres. El afamado dilema entre salud y economía se reduce a tener que elegir la forma en que los más pobres serán sacrificados.

Oponerse al confinamiento aduciendo eso parte de una naturalización de las desigualdades sociales. Estas se pueden sintetizar en una fórmula: en las sociedades capitalistas con desigualdad extrema y una política social precaria, la vida de la mayoría es una vida sobreviviente. Esta es una vida que solo merece vivir si produce ganancias para otro. Cuando esta vida se vuelve improductiva, no merece vivir más, es decir, no merece el cuidado, la atención, ni la solidaridad de la sociedad.

Una medida solidaria

Quienes afirman que el confinamiento es una medida paternalista, confunden el paternalismo con la solidaridad, término que no solo designa relaciones entre personas, sino también, por ejemplo, entre cosas o conceptos. Cuando dos conceptos son solidarios, uno no se puede pensar sin el otro. Aun más: cada concepto es su relación con el otro. Por eso, el verdadero significado de la solidaridad no es el de la adhesión circunstancial sino el de la conexión esencial, interna y definitoria. Ser solidario significa ser relacional, estar definido por medio de una relación.

Esto permite iluminar el sentido preciso de la solidaridad en lo que concierne a los vínculos entre las personas: la solidaridad designa el conjunto de comportamientos y actitudes que se ocupan de cuestiones relacionales. Y la pandemia es, justamente, una cuestión relacional. Su nombre (pan-demos: todo el pueblo) y su forma de propagación nos recuerdan que nuestros vínculos con los demás nos definen y atraviesan. Como cuestión relacional o solidaria, la pandemia exige una respuesta relacional o solidaria, cuya expresión más inmediata, pero no la única, es una medida de confinamiento.

Entendida de esta forma, la solidaridad no es paternalismo, pues ser solidario es la consecuencia de una postura ética que asume que nuestro vínculo con los otros es la condición necesaria y suficiente de nuestra propia existencia y, por lo tanto, de nuestra propia libertad. No existe entonces algo como la libertad para contagiarse, porque no existe la libertad de contagiar a los demás.

La ausencia de instituciones solidarias

En todo caso, hay que conceder que la emergencia sanitaria implica un riesgo de autoritarismo. Las voces liberales que denuncian los excesos gubernamentales en relación con los derechos individuales no se equivocan del todo. Muchos de los países asiáticos que lograron contener la pandemia usaron prácticas propias de un Estado policial digital: invadieron la vida privada de sus ciudadanos y controlaron sus datos para vigilar con quiénes tenían contacto. Todas estas prácticas son cuestionables desde un punto de vista democrático. Lo anterior muestra que las cuestiones relacionales pueden ser abordadas de forma autoritaria o democrática. Pero el concepto auténtico de la solidaridad debe reservarse para la forma democrática de afrontar estas situaciones.

La democracia no es solo un procedimiento para tomar decisiones, indiferente frente a las desigualdades sociales. Al contrario, implica que la vida de cualquiera merezca incondicionadamente ser vivida y que no esté sometida en su totalidad a la lógica de las ganancias. En ese sentido, una sociedad democrática necesita instituciones y prácticas solidarias, como sistemas públicos y robustos de salud. Estas instituciones, en contrapeso a la lógica de las ganancias, hacen de la vida de cada individuo el principio supremo de la existencia colectiva. La ausencia de esas instituciones solidarias ha conducido a una gestión autoritaria de la pandemia o al sacrificio de las vidas más vulnerables.

La solidaridad democrática no debe entenderse como un sacrificio de los intereses del individuo a favor del interés general y colectivo. La solidaridad democrática es rabiosamente individualista, en contraste con el individualismo parcial y aparente de la libertad del dinero: el interés democrático y solidario es el interés y la libertad de cualquier individuo, y no solo el interés y la libertad de quien puede pagar.

Antes que limitar al individuo, las instituciones solidarias lo potencian, permiten y apoyan el desarrollo de su proyecto de vida singular. Este tipo de instituciones subsanan las limitaciones efectivas y materiales a la libertad de los más pobres, producidas por las desigualdades económicas, de género y raciales.

El verdadero problema

Por lo tanto, el confinamiento es una medida solidaria en sentido democrático, pero solo si está acompañada de otras instituciones y prácticas de solidaridad democrática. Sin ellas, el confinamiento es una medida estéril que desemboca en un dilema para los más vulnerables entre dos formas de sacrificio: o inanición o contagio.

El debate público no debe centrarse en la afirmación estéril y tramposa de que el confinamiento limita la libertad individual. Esa crítica esconde mezquinamente el aspecto sacrificial de las sociedades desiguales en tiempos de pandemia. El debate público debe centrarse en criticar la ausencia de instituciones solidarias, no solo durante la crisis sanitaria, sino también después de ella. Solo así podremos hacer justicia al principio que, muy a pesar de algunos liberales desorientados, fundamenta cualquier reflexión o perspectiva ético-política: que el otro no es un límite, sino la condición esencial de mi propia libertad.

* Profesor asistente de la Universidad de los Andes.

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