Cuestión de minutos

De cómo este debutante miembro de la comitiva del presidente en Corea se quedó de la caravana y tuvo que perseguirla de norte a sur.

La última noche en Seúl había concluido para mí con una cena inolvidable en la Casa Azul, la casa del presidente. Una ceremonia que cerró en éxtasis cuando un grupo de niñas coreanas interpretó de manera impecable y en español Colombia, tierra querida. Decliné la invitación a una copa de despedida en el lobby del Hyatt Hotel de Seúl y preferí subir a la habitación. Salíamos en la mañana rumbo a una estación a tomar un tren bala que nos llevaría hasta la zona industrial y de puertos del sureste de Corea del Sur, en un viaje de dos horas y media. Además, el presidente Santos había aceptado mi solicitud de hacer una entrevista a bordo y debía prepararme.

Como lo habían hecho muy eficientemente la Casa Militar y la secretaría privada durante todo el recorrido, esa noche dejaron bajo la puerta un volante con las instrucciones y los horarios: asistir a un desayuno a las 8 con el presidente; dejar la maleta en la puerta de la habitación a las 9 y salir a las 9 y 15 de la mañana rumbo a la estación. Asistí al desayuno y me inquietó ver que era el único de los invitados de Colombia que estaba allí. El presidente llegó con casi 45 minutos de retraso. Cuando comenzó su intervención di por hecho que la programación se había corrido.

Terminada su intervención subí a mi cuarto a recoger el equipaje de mano y cuando estaba en la puerta del hotel me percaté de que sólo quedaba la limusina dispuesta para el presidente. “Dios santo, me quedé”, le dije a una funcionaria colombiana en Seúl. “Dios santo, se quedó”, me respondió. Y mudo me quedé cuando vi salir al presidente y a su esposa que pasaban por mi lado sin verme. Después me dijeron que debí haberlo llamado, pero me dio pena. Además, el esquema de seguridad coreano había sido muy sobreprotector con el visitante ilustre.

Una integrante de la casa militar intentaba por teléfono encontrarme una solución. Todo en segundos. No podían enviarme con los reporteros en avión porque no estaba inscrito para ingresar al Catam de Seúl. Y no podían enviarme en la caravana del presidente porque era prohibido. “Que tome un taxi y vaya a la estación de Seúl”, fue la instrucción. Me quedaban pocos minutos para llegar. Les escribí un mensaje a Juan Mira, secretario privado, y a John Jairo Ocampo, secretario de prensa. Ambos me dijeron que ya no sería posible que los alcanzara. Mira me informó que cada 20 minutos salía un tren hacia el mismo destino. Llegué cuando el “tren presidencial” aún no había arrancado, pero con todos los avisos en coreano y sin saber cuál era la plataforma a la que debía ir, perdí esa segunda oportunidad.

Logré, con mi precario inglés y mi nulo coreano, adquirir un tiquete para el siguiente tren a la ciudad de Busan, a donde, según se podía deducir del cuadernillo de viaje suministrado por Casa Militar, se dirigiría la caravana. Reporté a todos que los alcanzaría en el hotel Lotte de Busan, sitio previsto para el almuerzo. Me crucé algunas bromas con Mira y con Ocampo y les dije incluso que estaba tan bien orientado que ya casi llegaba a Corea del Norte (recuerden que mi destino era el sur). Entre chiste y chanza le fui agotando la batería a mi blackberry y lo apagué para conservar el poquito que quedaba.

Llegué a Busan, la ciudad más importante del sureste coreano, con tiempo suficiente para trasladarme al Lotte Hotel. Me recibió Soo, una amable conserje coreana. Le pregunté por el Gran Salón, sitio indicado para el evento, pero me respondió que no había nada previsto para ningún presidente. Entrado en nuevas angustias, llamé a Paquita, una coreana que andaba con la avanzada de la Casa Militar y que John Jairo Ocampo me había dado como contacto por si se me ofrecía algo. A través del teléfono suministrado por Soo, mi ángel del hotel, hicimos una triangulación que me permitió establecer que había llegado a la ciudad equivocada. El almuerzo era efectivamente en el Lotte Hotel, pero de Ulsan, otra población a más de una hora en carro.

Con la ayuda de Soon conseguí un taxista coreano a quien ella le explicó que debía llevarme a Ulsan. Cambié la moneda necesaria para el viaje y lo emprendí. Por messenger con Mira me fui dando cuenta en el camino de que no alcanzaría a llegar al almuerzo y de que podría perderme nuevamente intentando encontrarlos en la fabrica de barcos. Opté por regresar al Lotte Hotel de Busan, para organizar la esperada de la caravana en el puerto. Como mi conductor sólo hablaba coreano, otra vez acudí a Paquita para que le dijera cuáles eran mis intenciones y le explicara que no estaba loco por querer devolverme.

Soon me atendió nuevamente con amabilidad, me ofreció un sánduche, conectó mi blackberry a su computador y por triangulación telefónica con Paquita trataban de establecer a qué punto del puerto debía llegar yo. Para ese momento ya había coordinado con el coronel Trujillo, el capitán Valencia y el sargento Doncel de Casa Militar (todos muy pendientes por teléfono) que Doncel me recogería en el puerto. “Esa es mi misión prioritaria”, me dijo Doncel, quien viajaba con Paquita en las tareas de avanzada de la comitiva.

De nuevo con mi taxista coreano salí hacia el puerto. Una hora después estaba frente a una instalación gigantesca rodeada de carreteras y puentes para vehículos de carga. El coreano se parqueó frente a una fachada despoblada y me indicó que ahí me bajaba. No me parecía un lugar que fuera a recibir una visita del presidente. Llamé a Paquita y ella habló con el taxista: me aseguró que sabía dónde me estaba dejando. A las 4 de la tarde estaba frente a un puerto gigante, bajo el sol, con vestido de paño y una maleta de mano, sin posibilidades de un taxi en kilómetros a la redonda, bajo de batería y esperando al sargento Doncel y a Paquita, que tardarían una hora en llegar.

Ya los sentimientos se me cruzaban: rabia conmigo, con los demás, angustia, incertidumbre, serenidad, resignación. Empecé a contemplar la posibilidad de que no nos encontraríamos y que me quedaría en Corea. Pero con una circunstancia peor: sin pasaporte, porque la Casa Militar en este tipo de viajes se encarga de todos los tramites de inmigración y ellos se quedan con el documento hasta después del viaje. Le pedí al capitán Valencia que si no llegaba al avión me dejara el pasaporte con alguien de la embajada y que yo regresaría por mi cuenta.

Por fin, cuando ya la luz del sol empezaba a disminuir, apareció una camioneta con un aviso en el panorámico que decía Presidencia de Colombia. Por la ventana, una diminuta coreana me decía: “Señor Patiño, soy Paquita”. “Cumplí mi misión”, añadió el sargento Doncel. “¿Quiere ir al aeropuerto de una vez o espera la caravana del señor presidente?”, me preguntó. “Al aeropuerto. Ya no quiero correr más detrás de la caravana”, le respondí. Doncel consultó, pero le recomendaron que esperáramos en el puerto.

Entramos al puerto y fuimos a uno de los sitios que visitaría el presidente. Desde ese punto alcanzaba a ver la caravana a la que me uniría en cuestión de minutos. Para más certeza de que ese reencuentro se produciría, vino hasta mí el coronel Trujillo de la Casa Militar. De pronto le informan a Trujillo que el presidente cancelaba su visita a ese último punto en el puerto y que salía de inmediato hacia el aeropuerto. Que debían llevarme a mí detrás. “Otra vez detrás, no puede ser”, dije con molestia.

La caravana presidencial ya llevaba varios minutos de ventaja y avanzaba gracias a una poderosa escolta de motos con sirenas. Yo sólo tenia adelante un carro del Ministerio de Relaciones Exteriores de Corea que intentaba sin ningún éxito abrir paso a la camioneta en la que me acompañaban Paquita, Doncel y Trujillo. “Ya estamos en el avión —me dijo mi reportero Luis Eduardo Maldonado— y el presidente está preocupado”. El trancón que había era como tres veces el de la 26 después de los Nule, y faltaban 12 kilómetros para el aeropuerto.

Le dije a Maldonado: “por favor, dígale al presidente que yo no lo voy a hacer esperar. Que por favor me dejen el pasaporte, que yo llego a Colombia por mis propios medios”. “Que el presidente lo espera el tiempo que sea necesario”, me respondió Maldonado. El trancón se movía muy lentamente. De pronto mi pequeña caravana se detuvo. Pasaron otros minutos. Cerré los ojos, agaché la cabeza sobre los brazos y pronuncié el “que sea lo que Dios quiera”, tan útil en estos casos. En cuestión de minutos escuché: “ahí está su avión, doctor”, dijeron mis acompañantes.

Me habían entrado hasta las escalerillas. El presidente y toda la comitiva aplaudieron. Me sentí realmente incómodo. Había pasado las duras y las maduras y les había provocado tensión a muchos de ellos. Vinieron las explicaciones de parte y parte. Me contaron que mi colega Ricardo Ávila, socio de todo el viaje, se percató de que yo no estaba en la caravana, pero el protocolo coreano no dio mucho tiempo de reclamar y algún oficial colombiano, tal vez apurado y de buena fe, aseguró que me había visto en otro bus.

Esta historia la escribo a bordo del Boeing 737 de la FAC adaptado para el presidente. En medio de un largo día de casi 36 horas. Una odisea por todo el territorio coreano, que al final sólo significó un retraso de 10 minutos en la salida del vuelo.

TLC con Corea del Sur espera el punto final

En diciembre de 2009 concluyó la primera ronda para poner en marcha un acuerdo de libre comercio entre Colombia y Corea del Sur, en medio de los temores de algunos sectores económicos nacionales. Año y nueve meses después, el presidente Juan Manuel Santos confía en que este tratado esté listo al cierre de este año o durante el primer trimestre del próximo año.

Santos y su homólogo coreano, Lee Myung-bak, coincidieron durante la visita de estado en que se debe ponerle el pie en el acelerador al acuerdo comercial para así dejarlo listo y proceder a su ratificación.

Además de la petición para dar celeridad al TLC, los mandatarios suscribieron acuerdos para hacer más actividades bilaterales en sectores como energía, infraestructura, vivienda, minería y cooperación ambiental.

Oportunidades de negocio para el país

Durante la visita del presidente Santos a Corea del Sur también se firmó un acuerdo de entendimiento entre la compañía siderúrgica coreana Posco y Pacific Blue, filial de Pacific Rubiales, para explorar y explotar hierro en Colombia.

Además, Posco se comprometió con la firma colombiana Fanalca a construir en el Caribe colombiano una planta para fabricar las tuberías que van a constituir la ampliación de la red nacional de oleoductos.

A su vez, los grupos empresariales surcoreanos STX y Dongbu manifestaron su interés para venir a explotar carbón en los alrededores del municipio de Necoclí (Antioquia). Para ello se firmó un memorando de entendimiento con el Instituto para el Desarrollo de Antioquia (IDEA). Aparte de esto, el ministro de Transporte, Germán Cardona, propuso a empresarios coreanos construir grandes obras de infraestructura como autopistas de la Montaña, vía Puerto Gaitán-Puerto Carreño y varias líneas férreas.

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