Duque, los problemas durante la pandemia y los retos del 2021

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Al presidente Duque no le fue tan mal en 2020 como a Colombia, pero sigue sin brillar mientras se calienta la campaña presidencial del próximo año.

Aló Duque

La última semana nos mostró que las esperanzas por el cambio de año se han quedado por ahora en deseos: seguimos en medio de la pandemia que en 2020 nos mantuvo encerrados, y viviendo el segundo pico quizás con mayor temor al colapso hospitalario que el que sentimos en agosto del año pasado.

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A Iván Duque el destino lo puso a liderar a Colombia en el reto más grande que han enfrentado el país y la humanidad entera desde la segunda guerra mundial. La pandemia le puso la agenda que no encontró en año y medio, borró por unos meses su imagen desfavorable ─que en febrero del año pasado, según Gallup, era del 71%─ y le permitió cumplir lo que parece un sueño: hacerse con su propio programa de televisión. Un presentador-presidente.

El balance de Colombia durante la pandemia es poco alentador, pero para muy pocos países lo es: el 9 de enero se reportaron 353 fallecimientos y 15.795 casos nuevos de COVID-19, de 70.263 pruebas hechas. Hasta ese día se contaron 45.784 muertes por la enfermedad, que fue la primera causa de muerte en el país en 2020. Es como tener el Estadio Metropolitano de Barranquilla lleno. Según el reporte de la Universidad Johns Hopkins, Colombia ocupa la onceava posición en número de casos diagnosticados en el mundo y es el segundo país latinoamericano ─el primero es Brasil─ que más reporta hasta el momento.

Duque empezó capoteando la crisis con una cuarentena obligatoria que arrancó el 17 de marzo y que se fue flexibilizando desde el 11 de mayo, cuando se reabrieron los sectores de construcción y manufactura. La cuarentena, que él llamo ‘aislamiento preventivo’ alargó su nombre una y otra vez en tanto eran cada vez más las excepciones para salir, hasta que acabó siendo un eufemismo, pues básicamente todos podíamos estar en la calle.

Además, hubo un aumento de la capacidad de atención en unidades de cuidado intensivo (UCI) a casi el doble de las que se tenían en abril, según reporta el Ministerio de Salud, y se crearon algunos programas de subsidios apoyados en los existentes —Familias en Acción, Jóvenes en Acción y Colombia Mayor— como Ingreso Solidario y subsidios de nómina para solventar un poco la pérdida de ingresos que sufrieron la mayoría de hogares y empresas por el confinamiento y el consecuente parón de la economía.

Además, Duque creó Prevención y Acción, un programa que se emite de 6:00 a 7:00 pm desde el comienzo del aislamiento hasta hoy, y que se convirtió en el canal de comunicación oficial del gobierno, con el que esquiva cualquier tipo de control de los medios de comunicación pues reemplaza las ruedas de prensa, y evita las réplicas que concede el Estatuto de Oposición a los partidos que no son del gobierno o independientes, pues no son alocuciones presidenciales. El programa arrancó con una buena audiencia, pero acabó convertido en un espacio que le habla al vacío porque ni siquiera ha sido capaz de transmitir con suficiencia la importancia de las medidas necesarias de autocuidado. Falló en pedagogía porque asuntos clave como la ventilación no parecen claros para nadie, mientras que los protocolos de bioseguridad siguen concentrados en tomar la temperatura en la mano y rociar alcohol porque sí y porque no.

El programa ahora se divide entre el reporte diario de los números que va dejando el virus —como el del periodista del clima—, testimonios dramáticos de personas que han padecido la COVID y ser la ventana de exposición de las distintas cuestiones que atienden el gobierno y sus ministros todos los días. Un propio Aló presidente, pues el mismo Duque contesta preguntas cotidianas. Hay que destacar, sin embargo, que Duque no ha contradicho la evidencia científica y eso no es poco, si miramos los desastres de Estados Unidos y Brasil.

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Los problemas durante la crisis

Aparte del problema de salud pública que la pandemia trajo consigo, las medidas para frenar el contagio implicaron una caída sin precedentes del crecimiento de la economía colombiana, cifras de desempleo por las nubes ─que ya venían mal desde años anteriores─ y un aumento considerable en los niveles de pobreza, que han catalogado como un retroceso de diez años.

Aunque el gobierno anunció un plan de reactivación económica “Nuevo compromiso por Colombia”, principalmente impulsado por inversión privada, son poco notorios sus resultados. Duque dijo al respecto que se activaron el 95% de los sectores económicos y que confiaba en que los contagios no se dispararían con las medidas de autocuidado. Las cifras de hoy lo desmienten.

Por otra parte, los problemas del país siguieron vivos durante estos meses. El deterioro de la seguridad es visible, tanto en la precepción ciudadana como en la delincuencia urbana y la violencia política. Aunque la tasa de homicidios del año pasado es la más baja en los últimos 46 años (23,79 por cada 100.000 habitantes), el contraste con las múltiples masacres aún durante el periodo de confinamiento es evidente. Según el Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (CERAC) las muertes en eventos de violencia política entre enero y noviembre de 2020 aumentaron 44% con respecto al mismo periodo de 2019, pasando de 120 a 173 casos. El Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (INDEPAZ) registró 91 masacres con 381 muertos hasta el 31 de diciembre de 2020. Del acuerdo firmado con las FARC van quedando tan solo las fotos en el Colón.

El gobierno ha concentrado sus esfuerzos en materia de seguridad en la persecución de cabecillas de los grupos armados que quedaron tras la desmovilización de las FARC, y en la erradicación forzosa de cultivos ilícitos, en la que han tenido éxito. Sin embargo, Duque y su ministro de Defensa, Carlos Holmes Trujillo, han encontrado en el narcotráfico un comodín para explicar las cifras de las masacres ─que Duque llamó ‘homicidios colectivos’─ y la violencia política, sin mostrar muchas pruebas al respecto.

Por otra parte, el descontento ciudadano que se manifestó en el hito del 21N en 2019 y que se detuvo durante el confinamiento, volvió a ser noticia por los enfrentamientos entre la Policía y grupos de manifestantes, tras el asesinato de Javier Ordóñez a manos de agentes de la Policía. El resultado de los hechos del 9 y 10 de septiembre fueron un poco menos de 50 Centros de Atención Inmediata (CAI) de la Policía incendiados y diez muertos presuntamente por balas que policías dispararon indiscriminadamente.

Ante la ola de indignación que produjeron las muertes, Duque decidió vestirse de policía y visitar los CAI afectados, sin mayores manifestaciones de solidaridad con las familias de los fallecidos. Aunque habló de la necesidad de investigaciones, prefirió resaltar “la actitud gallarda, férrea no solamente de los comandantes de la Policía sino también del ministro de la Defensa y de toda la institucionalidad (sic)». Los hechos no condujeron a la salida de Holmes Trujillo, y el comandante de la Policía dejó su cargo apenas en diciembre y no por razones relacionadas.

Otro de los problemas serios de Colombia es el desarreglo de las relaciones con Estados Unidos, producto de la indebida injerencia del uribismo en las elecciones presidenciales de ese país, que acabaron con el ingreso de manifestantes al Capitolio el pasado 6 de enero, en lo que algunos han denominado un intento de golpe de Estado, y con la expectativa de si Trump llega al final de su mandato el 20 de enero o lo sacan antes. La asesora del presidente Joe Biden, Michelle Manat, anunció la posibilidad de que el Congreso de Estados Unidos investigue la intervención de funcionarios colombianos en la campaña. Un desacierto por donde se lo mire.

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Lo que le quedó a Duque del 2020 y los retos por venir

El balance para Iván Duque no es tan negro como el de Colombia. Aunque ya perdió los puntos de favorabilidad que había ganado al comenzar la pandemia, no es un gran líder ni tiene una agenda clara para el país, la concentración de poder de la que disfruta hoy es envidiable.

Logró que su mejor amigo, Francisco Barbosa, llegara a la Fiscalía, tiene buenas relaciones con el contralor Felipe Córdoba, y su exministra de Justicia, Margarita Cabello, será desde este año la procuradora. Una amiga de su infancia, Paola Meneses, fue elegida magistrada de la Corte Constitucional, de una terna que no brilló por sus títulos ni por su experiencia.

El Congreso, que bloqueó sus objeciones a la JEP, no ha tenido ningún papel importante en medio de esta crisis y no ha hecho mayor control político a las decisiones de su gobierno durante los últimos once meses. La oposición, en cabeza de Gustavo Petro, ha estado más bien callada y ausente, y la Corte Constitucional apenas le ha echado para atrás un par de los cientos de decretos de emergencia que ha firmado durante la pandemia.

Pero no todo es color rosa para él. Tiene al frente el segundo pico de la pandemia, con un ambiente cada vez más preocupante por el aumento de la ocupación de las UCI de las últimas semanas en ciudades como Cali, Medellín y Bogotá. Si logra superarlo con relativo éxito, o sea que no colapse el sistema hospitalario, el gran reto será el Plan de Vacunación, que por ahora no tiene fechas, y que debe ser la prioridad este año si quiere reactivar la economía y que recuperemos algo de la normalidad que nos quitó el coronavirus.

Además, deberá hacer frente al desempleo, que según el DANE fue de 13,3% para noviembre de 2020, en una economía muy informalizada y con la presión adicional que implica la migración venezolana. La inseguridad y el reciclaje de violencias que surge de las cenizas del acuerdo con las FARC también deberían preocuparle.

No hay que olvidar que el 2021 es un año pre-electoral, que Álvaro Uribe renunció al Senado para librarse parcialmente de la investigación que la Corte Suprema llevaba en su contra, y que Duque sigue sin ser la estrella que el uribismo quisiera para que otro de sus voceros llegue a la Presidencia en los ya no muchos meses que faltan.

*Politóloga y coordinadora editorial de Razón Pública

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