El bicentenario de los mártires

Los principales líderes de la primera generación republicana fueron ajusticiados hace dos siglos. Repaso a la historia de una reconquista que ahogó en sangre una generación pero incentivó la lucha por la libertad.

En la primera fila, de izquierda a derecha, aparece Jorge Tadeo Lozano y Antonio Villavicencio. Los de abajo son, en el mismo orden, José Custodio García y José María Carbonell.

ace 200 años fueron llevados a la horca o el patíbulo buena parte de los líderes que protagonizaron la primera República en Colombia. En seis meses de 1816, el régimen del terror desatado por el pacificador español Pablo Morillo ahogó en sangre una brillante generación de neogranadinos que había gestado la independencia de la corona española seis años antes. En Santa Fe de Bogotá, Cartagena, Popayán, Tunja o Zipaquirá, muchos precursores de la libertad pagaron con su vida el derecho a forjar la historia.

El próximo 29 de octubre se recordará el suplicio del primer científico colombiano Francisco José de Caldas, a quien en 48 años le alcanzó la vida para ser ingeniero militar, astrónomo, botánico o periodista, pero que fue fusilado por la espalda en la Plazuela de San Francisco, hoy Parque Santander, porque España no necesitaba sabios. Con él fueron demasiados los que corrieron la misma suerte. Unos historiadores hablan de 96 sentencias de muerte, otros de 125 ilustres sacrificados. Un capítulo trágico sin suficiente memoria.

Una secuencia trágica asociada a la orden expedida por el rey Fernando VII de recobrar el Nuevo Reino de Granada, independiente desde julio de 1810. Cuando España recobró su trono en 1814 y logró expulsar las tropas invasoras francesas de Napoleón Bonaparte que ocupaban su territorio desde 1808, la Expedición Pacificadora hacia América insurrecta se volvió prioridad. Con 65 buques y unos 15.000 hombres, la empresa militar partió de Cádiz en febrero de 1815 y ancló en suelo americano dos meses después.

Días antes, agobiado por la incertidumbre de Venezuela y la anarquía en la Nueva Granada, Simón Bolívar había partido hacia Jamaica. En pocos días el jefe de la expedición, Pablo Morillo, impuso su mando en el último reducto patriota en la isla de Margarita, aseguró el poder en Caracas y desembarcó después en Santa Marta, bastión realista donde fue recibido como si regresara un salvador. Desde allí emprendió uno de sus objetivos, Cartagena, un fortín patriota que había declarado su independencia desde 1811.

La advertencia del pacificador fue tajante: “Si os hacéis sordos a lo que os digo, si os atrevéis a volver vuestras armas contra las de su majestad, vuestro país será en breve un vasto desierto”. Después de 102 días de asedio, Morillo entró el 6 de diciembre de 1815 a una ciudad repleta de cadáveres, moribundos y hambrientos. Dos meses estuvo en la ciudad heroica, durante los cuales dejó su impronta de horror. El 24 de febrero de 1816, sin opción de defensa, fueron sometidos a pena capital nueve líderes patriotas.

Por el supuesto crimen de alta traición, fueron sometidos a la horca y la confiscación de sus bienes Manuel del Castillo y Rada, Martín Amador, Pantaleón Germán Ribón, Santiago Stuart, Antonio José de Ayos, José María García de Toledo, Miguel Díaz Granados y José María Portocarrero. A muerte por las armas fue condenado Manuel Anguiano. La ejecución se hizo en un lugar hoy conocido como el Camellón de los Mártires. Fue apenas el comienzo del cruento recorrido de una expedición mal llamada “pacificadora”.

Sometida Cartagena, Pablo Morillo emprendió la reconquista de la Nueva Granada por cinco rutas. Una por el río Atrato hasta Quibdó y por el occidente hasta Popayán. La segunda hasta Antioquia. La tercera columna por el río Magdalena hasta Honda. Un bloque de refuerzo desde Quito y el frente mayor, con Morillo a la cabeza, en el camino de Ocaña, Socorro, Zipaquirá y Santa Fe de Bogotá. Cada senda tiene su historia de atropellos. La peor empezó desde la llegada del pacificador a la capital el 27 de mayo de 1816.

La cárcel ordinaria donde hoy se levanta el Museo Nacional, el convento de la Orden de San Francisco y el colegio del Rosario comenzaron a llenarse de presos. Entre tanto, Morillo constituyó tres tribunales. El Consejo de Purificación para quienes no habían cometido delitos de sangre, con castigos como el destierro o el servicio en las tropas del rey. La Junta de Secuestros para confiscar bienes y recaudar contribuciones. Y el Consejo de Guerra para imponer la muerte a los ilustres insubordinados.

El primero de los condenados fue Antonio Villavicencio, quiteño pero ligado a las luchas de la primera República al lado de Antonio Nariño. Capturado en Honda, fue remitido a la capital y el de 6 de junio fusilado por la espalda en el camino de San Victorino. Después fue mártir el hombre clave de la revuelta del 20 de julio de 1810, el que corrió de casa en casa para alentar a las masas en la pasión por la libertad. Jose María Carbonell, ahorcado en la Huerta de Jaime, hoy Plaza de Los Mártires, el 19 de junio de 1816.

Dos semanas después, el 6 de julio, murieron fusilados el investigador de la Expedición Botánica, académico y activista político Miguel de Pombo y el primer presidente del Estado de Cundinamarca en 1811, catedrático de química, periodista y científico Jorge Tadeo Lozano. Junto a ellos, fueron sometidos a la pena capital Crisanto Valenzuela, Francisco Javier García Evia, Emigdio Benítez Plata y José Gregorio Gutiérrez, todos protagonistas de la primera República, catedráticos y difusores del Acta de Independencia de 1810.

Al tiempo que Bogotá vivía días de terror, en otras regiones del país, los tribunales de Morillo hacían estragos. En Zipaquirá, el 3 de agosto de cada año se recuerda a sus mártires fusilados en 1816: Agustín Zapata, Luis Sarache, José Luis Gómez, Juan Nepomuceno Quiguarana y José María Riaño. En la Plaza Mayor de la capital ya había sido ajusticiado Antonio Baraya y el 8 de agosto, en la Huerta de Jaime, fusilado por la espalda y su cadáver colgado en la horca, el expresidente Custodio García Rovira.

La lista de sacrificados y sus contribuciones amerita varios tomos y desborda cualquier artículo de prensa. El 13 de agosto, José María Vergara y Ayala; el 19 del mismo mes, José María Cabal en Popayán; o el 31 de agosto José Nicolás de Rivas y José Joaquín Camacho en la Plazuela de San Francisco. El último presidente de la fallida República de 1810, el prócer y militar antioqueño Liborio Mejía, derrotado en la batalla de la Cuchilla del Tambo (Cauca), fue conducido a Bogotá y ejecutado el 3 de septiembre.

Una semana después, el 9 de septiembre, en la Plazuela de San Francisco, el turno del paredón fue para Manuel de Bernardo Álvarez, tío materno de Antonio Nariño, fiel a su causa y gobernante interino. El 19 de septiembre, el educador y promotor de la Academia de Ingenieros Militares, José María Gutiérrez de Caviedes, fue fusilado en Popayán y 24 horas después, en Tunja, el patriota José Manuel Otero sufrió el mismo destino. En ese momento, todos los perseguidos hacían esfuerzos por eludir la muerte.

El abogado, expresidente de las Provincias Unidas de la Nueva Granada y autor del Memorial de Agravios, Camilo Torres, trató de hacerlo, se refugió en el Tolima, intentó salir del país por Buenaventura y finalmente fue capturado cerca de Popayán junto al expresidente cartagenero Manuel Rodríguez Torices. Conducidos a Bogotá, fueron ahorcados junto a José María Dávila el 5 de octubre de 1816. Sus cuerpos fueron despedazados y sus cabezas expuestas como advertencia y escarnio.

Tres semanas después, el más ilustre, el abogado, orientador del Observatorio Astronómico, luz de la Expedición Botánica, periodista e ingeniero militar Francisco José de Caldas, fue encerrado en el colegio del Rosario, donde dibujó un símbolo al que se le atribuye la interpretación “Oh larga y negra partida”. Fue fusilado en la Plazuela de San Francisco. No fue el último. El 15 de noviembre, Morillo salió de Bogotá rumbo a Venezuela y nunca volvió a Colombia. Hasta el último día de 1816 se cumplieron sus sentencias de muerte.

* Editor general de El Espectador y autor de “Días de memoria” (Aguilar) y Diario del conflicto. De Las Delicias a La Habana (1996-2013) (Debate).