El discurso de Carlos Gaviria sobre el procurador Carlos Jiménez

El entonces profesor de Derecho Carlos Gaviria se refirió a la clase política del país y a la crisis que atravesaba Colombia en los aciagos años 80. Sus reflexiones siguen vigentes.

Archivo - El EspectadorCarlos Jiménez Gómez
En 1986, la Universidad de Antioquia le rindió homenaje al entonces procurador general Carlos Jiménez Gómez. Nombrado en 1982 para ejercer ese cargo, Jiménez había sacudido al país con un informe de febrero de 1983 en el que advertía sobre la gestación de ejércitos paramilitares bajo la sombra del grupo ilegal Muerte a Secuestradores (MAS). En el documento, el procurador denunciaba las relaciones que existían entre esas estructuras criminales y algunos militares activos y retirados, policías y “civiles vinculados a las Fuerzas Armadas”, lo que le costó fuertes presiones políticas. Un año después su nombre se vio enlodado luego de que se reuniera con Pablo Escobar en Panamá, con el fin de recoger una propuesta de negociación dirigida al presidente Belisario Betancur. La prensa cuestionó el encuentro, Betancur negó haberlo autorizado y hasta se habló de conspiración. 
 
Sin embargo, Jiménez señaló que sólo había cumplido órdenes de presidencia y continuó obteniendo reconocimiento por su labor como procurador entre abogados e intelectuales. Durante el homenaje que realizó la Universidad de Antioquia, el profesor de Derecho Carlos Gaviria valoró su talante y sus aportes al país. Aprovechó, además, para reflexionar sobre la burocracia, la crisis institucional que atravesaba Colombia, la injerencia de la religión católica en el ordenamiento jurídico y la existencia de las guerrillas. Estas fueron sus palabras:
 
“Carlos Jiménez estudió y enseñó derecho en la Universidad de Antioquia. Quienes tuvimos el privilegio de ser sus primeros discípulos, pudimos detectar desde el primer momento que nos encontrábamos no únicamente ante un gran profesor, ante un intelectual, ante un hombre culto, sino, además, ante un hombre de carácter. Y subrayo esta circunstancia porque a pesar de que me parece exagerada la expresión tópica de que entre nosotros la inteligencia es silvestre, considero que, de todos modos, escasea menos que el carácter. Cuando me enteré de la elección de Carlos Jiménez como procurador general de la Nación, confieso que estuve profundamente sorprendido y así tuve ocasión de manifestárselo a él. Mi sorpresa derivaba del hecho elemental de que se había producido un acto totalmente insólito en el país. Que llegue a una alta dignidad del Estado un hombre, por la sola circunstancia de tener las condiciones personales que se necesitan para llegar a ella, es verdaderamente exótico y extraño en nuestro medio. Ustedes bien lo comprenden. 
 
Pero cuando la gestión de Carlos Jiménez como procurador empezó a revelarse, más insólito aún se revelaba el hecho. ¿Qué hay de insólito en el comportamiento de Carlos Jiménez Gómez como procurador? Me parece que la respuesta a esta pregunta arroja una gran claridad sobre lo que es el país, sobre el momento crucial de aterradora crisis moral que atraviesa. Porque la gestión de Carlos Jiménez y las réplicas que esa gestión ha suscitado, ha constituido la mejor radiografía de lo que es Colombia en este momento. Y no digo siquiera de lo que es Colombia; de lo que es la clase dirigente que se ha arrogado la representación del pueblo colombiano. ¿De dónde tanta extrañeza? ¿De dónde ese estremecimiento que produjo, sin lugar a dudas, la gestión de Carlos Jiménez como procurador? Me parece que un par de conceptos pueden hacernos claridad: los conceptos de ortodoxia y heterodoxia.
 
Colombia es un país ortodoxo. Y lo es de una manera tal que Carlos Jiménez tiene que aparecer como un heterodoxo irredento. Posiblemente las diferencias entre Carlos Jiménez y el establecimiento puedan reducirse a una simple discrepancia en materia de filosofía del lenguaje. Porque mientras se ha institucionalizado el uso del lenguaje para velar, para encubrir una realidad, Carlos Jiménez siempre lo ha utilizado para desvelarla. Y no podía ser de otro modo, en un país donde las luchas por las libertades públicas hay que librarlas a contrapelo del partido político que las proclama en su programa. Las luchas por la justicia social hay que librarlas en contra de la agrupación política que se proclama depositaria de todo el patrimonio cristiano. 
 
En Colombia es preciso proclamarse demócrata para ser ortodoxo, pero, ¡ay de aquél que tome en serio al pueblo! Ese, sin lugar a dudas, es heterodoxo. De la misma manera que es ortodoxo quien se proclama cristiano, pero debe afrontar todos los anatemas de las altas dignidades eclesiásticas quien se atreva, quien tenga la osadía de organizar su vida conforme a la norma del amor al otro. En Colombia es ortodoxo quien jura, como mera fórmula vacía, cumplir fielmente la constitución y las leyes del país. Pero, ¡ay de aquél que tome en serio ese juramento! Es tal el estado del pueblo colombiano, la situación que el país atraviesa en este momento, que me parece que Colombia es el único país que registra el caso insólito de movimientos subversivos, movimientos armados, que tienen como finalidad última el que la constitución colombiana entre en vigencia. 
 
Todo ese estremecimiento que Carlos Jiménez produjo en el país, se debió al hecho simple, a la razón elemental, de que tomó en serio sus funciones de procurador. Pregunto yo: ¿Qué ha hecho Carlos Jiménez Gómez, distinto de cumplir con las funciones que la Constitución le atribuye a la Procuraduría General de la Nación? Pero en el país asumir esas funciones como Carlos Jiménez lo hizo también resulta completamente subversivo. De ahí que ese acto, que yo considero episódico, de que una persona con las calidades intelectuales y éticas de Carlos Jiménez llegue a la Procuraduría, reviste una significación ética e histórica que no puede pasarse por alto. 
 
Carlos Jiménez le dio al país una triple lección. Pero es asombroso que tengamos que hablar de que estas cosas que Carlos Jiménez dijo y, además hizo, sean una lección para un Estado que se proclama demoliberal, de derecho. Las lecciones de Carlos Jiménez fueron muy simples: la función fiscalizadora es la esencia del Estado de derecho. Y un Estado que no resista la fiscalización está muy lejos de ser lo que proclama ser. Nuestro deber ser, el deber ser positivo de nuestra forma política, hay que buscarlo en ese libro barato, desmedrado, que se llama Constitución de la República de Colombia, y no en las prácticas abusivas de organismos oficiales prepotentes. El reto del Estado demoliberal consiste en que acepta someter al mismo tratamiento de sus reglas civilizadas a quienes las comparten y a quienes las combaten por métodos que el mismo Estado censura. 
 
Doctor Jiménez, sin lugar a dudas, usted se apartó notoriamente de la senda ortodoxa. Usted le mostró al país un camino heterodoxo que el pueblo colombiano me parece que está ávido de recorrer. La clase dirigente del país posiblemente no va a perdonárselo, pero el pueblo colombiano sí va a recompensarlo. Y la Universidad de Antioquia se siente orgullosa de que sea un hijo suyo el que ha emprendido esa excelsa y valerosa tarea pedagógica”.
 
 
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