El efecto boomerang de la reelección

Lo que antes defendió el uribismo para lograr la continuidad en el poder de Álvaro Uribe, juega hoy en contra.

En 2004, cuando se dio la efervescencia de la discusión en torno a las ventajas y desventajas de implantar en el país la reelección presidencial inmediata, quienes pulsaban a favor de la continuidad en el poder del entonces primer mandatario Álvaro Uribe Vélez esgrimieron argumentos como los de la necesidad de darle estabilidad política a sus premisas de seguridad democrática, cohesión social y confianza inversionista.

“Se entiende que es propio de la naturaleza de la política democrática que los electores tengan tanto el derecho a darle un nuevo mandato al gobernante, como a derrotarlo en las urnas y entregar el poder a la oposición”, dijo en su momento el asesor presidencial José Obdulio Gaviria.
A su vez, el informe del primer debate en el Congreso del proyecto de reforma constitucional afirmaba que “los ciudadanos tienen derecho a determinar cuándo un gobierno ha respondido a sus expectativas y decidir que ese gobernante continúe al frente de los asuntos públicos”.

Palabras más palabras menos, los reeleccionistas insistían en que ese era el único camino para asegurar mayor continuidad en políticas y planes de acción, y transformar las visiones cortoplacistas en el ejercicio de la política: “Con la reelección podrían disminuir los cambios bruscos y permanentes en las políticas, sus estancamientos o retrocesos y el inicio de nuevas acciones cada cuatro años, que no permite consolidar los avances del proceso de desarrollo”, decían.

Quienes se oponían a la figura, en cambio, explicaban que la continuidad de las políticas públicas podía conseguirse por medios políticos e institucionales distintos a algo tan traumático y que lo que se necesitaba era reforzar esa “visión compartida” a partir de la gestión gubernamental y sus resultados. Y fue el exconstituyente Jaime Castro quien advirtió que “en países políticamente subdesarrollados —como es el caso de Colombia— cuando hay reelección inmediata, quien decide es el poder y no el pueblo”.

Sin embargo, teniendo como referente el 72% de favorabilidad para el presidente Uribe, que en ese momento mostraban las encuestas, José Obdulio Gaviria ripostaba, enfatizando que “los ciudadanos tienen derecho a decidir” y que “al permitir esto, la reelección significa mayor apertura para el derecho a elegir y ser elegido”.
Sólo que el uribismo no calculó en ese entonces que tarde que temprano iba a dejar el poder, que todo presidente que llegara consideraría casi que obligatoriamente su reelección y que cabía la posibilidad de que quien estuviese en el ejercicio de la primera magistratura del Estado no fuera de sus afectos, como está pasando hoy con Juan Manuel Santos.

Mejor dicho, hoy el expresidente Uribe y sus fieles seguidores son las víctimas de su propio invento. Desesperados critican desde todos los frentes al Gobierno y buscan un candidato que crean sea capaz de ganarle a Santos, quien a pesar de tener, según las últimas encuestas, una desfavorabilidad del 47%, sería reelegido con una considerable ventaja frente a sus eventuales competidores, incluyendo los del uribismo, llámese Francisco Santos, Óscar Iván Zuluaga, José Felix Lafaurie, Marta Lucía Ramírez o cualquier otro.

Así es, la tesis de la necesidad de la continuidad de las políticas del Gobierno juega en contra de Uribe y su gente. Y la pregunta que hace nueve años planteaba José Obdulio Gaviria, en el sentido de “¿por qué no aceptar que hay hombres o mujeres que llegan en el momento justo y son la persona justa para una coyuntura histórica?”, tiene respuesta del santismo con el empeñó del jefe de Estado en llegar a un acuerdo de paz con las Farc, sin duda, un hecho histórico para Colombia.

Para los santistas, Juan Manuel Santos es esa “persona justa que llegó en el momento justo” para hacer la paz. Y si bien es cierto que el jefe de Estado no ha anunciado que buscará quedarse cuatro años más en la Casa de Nariño, en el uribismo están convencidos de que buscará la reelección. Es decir que, como lo defendieron ellos en el pasado, le tocará al pueblo decidir.

Con un ingrediente adicional: Si busca la reelección, Santos no tendrá el desgaste que tuvo Uribe cuando le tocó tramitar la reforma a la Constitución. Porque en su momento, todo el país estuvo convencido de que la propuesta iba con nombre propio y era el resultado de una coyuntura momentánea.

Y el problema es que quien ya ha estado en el poder sabe que independientemente de la gestión que se haya hecho, buena o mala, un candidato-presidente tiene las de ganar: maneja el presupuesto y la nómina; tiene resultados para mostrar y también la capacidad de ‘negociar’ con el Congreso la aprobación de iniciativas de toda índole, económicas y sociales, que a la larga son las que dan los votos. Si no, pregúntenle a Uribe.
 

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