El ejecutivo del Ejecutivo

El vicepresidente de la República pisa duro y ha logrado acumular un poder sin precedentes. Sin embargo, su recia personalidad podría generar un corto circuito dentro del Gobierno.

/ El Espectador

Germán Vargas Lleras es, sin duda, la locomotora del Gobierno, el más ejecutivo del Ejecutivo, fama que empezó a labrarse desde el Ministerio de Vivienda, durante el primer gobierno de Santos, con el programa de las 100.000 viviendas gratis, y que pretende consolidar desde la Vicepresidencia de la República. La decisión de aplazar su aspiración presidencial para jugarse por la reelección como segundo de a bordo le fue retribuida con creces. El presidente le permitió diseñar el cargo a su gusto —y a la medida de sus ambiciones—, para ser la punta de lanza del ambicioso programa de infraestructura, vivienda y agua, áreas donde la ejecución se traduce en obras, lo más rentable en términos políticos.

Pese a que odia madrugar —es ave nocturna—, su agenda no conoce horarios. Viaja a las regiones entre dos y tres veces por semana, casi siempre acompañado por los ministros de Vivienda y Transporte —ambos de su cuerda—, y por los directores de la ANI e Invías, y en ocasiones por el director de la Aeronáutica Civil o el presidente del Fondo Nacional del Ahorro. A donde llega se reúne con alcaldes, gobernadores y congresistas, visita obras, revisa proyectos, resuelve problemas, entrega viviendas, inaugura acueductos, da entrevistas a los medios, sale en fotos... Vargas superstar, siempre de casco y chaleco, como cualquier residente de obra. Adiós a la imagen del cachaco encorbatado, del aristócrata vestido como un lord.

Incansable, ha visitado 20 departamentos en menos de cuatro meses y, según el reporte oficial, todos tienen ya un plan definido de gestión en infraestructura, vivienda y agua. También según informes oficiales, están en marcha y con financiación aprobada 30 megaobras de las concesiones 4G, aunque en distintas etapas cada una; la primera alianza público-privada —para la construcción de la doble calzada Ibagué-Cajamarca— es una realidad y hay otras 12 en proceso gestación, y están listos los planes para construir 400.000 viviendas en todo el país (100.000 gratis, y el resto subsidiadas o accesibles mediante arrendamiento o leasing habitacional con el FNA). Todo un récord que —dicen los entendidos— se debe a que Vargas Lleras conoce el Estado por dentro, su paquidermia, y sabe cómo moverse y cómo mover su pesada y compleja maquinaria.

Dedicación e impaciencia son dos caras de su recia personalidad, coinciden en afirmar amigos y colaboradores cercanos. De ahí la inevitable pregunta que deben responder aquellos que le rinden cuentas: “¿Pudo o no?”. Para él nada es suficiente. Sabe que del éxito de su gestión depende que el país se recupere del rezago en materia de vías que hoy lo tiene postrado en el puesto 126 entre 144 naciones, según el informe de competitividad del Foro Económico Mundial.

Vargas Lleras pisa duro y ha logrado acumular un poder sin precedentes para un vicepresidente, que hoy le es rentable, pero que no necesariamente tiene garantizada su sostenibilidad hacia el futuro. Un poder que, sumado a una recia personalidad y su inocultable y legítima ambición presidencial, encierra un gran potencial de conflicto: con el presidente, aún en luna de miel, por el exceso de protagonismo que podría hacer corto circuito si Santos llega a sentirse eclipsado, y con los ministros, porque algunos no lo soportan —por prepotente y porque les molesta que Vargas Lleras quiera darse el crédito por los que son logros de un equipo de gobierno—, y porque hay otros que, como él, apuntan a llegar a la Casa de Nariño en 2018.

Para empezar, el ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, el de la chequera —la “mermelada”—, que tiene el sartén de la regla fiscal por el mango para frenar las exigencias de más recursos del “vice”. Y no hay que descartar posibles aspiraciones del ministro de Defensa, a quien algunos de la U le han endulzado el oído, ni posibles aspiraciones del superministro Néstor Humberto Martínez, viejo amigo del “vice”, pero hoy su contrapeso en la cúpula y quien no habrá dejado jugosos negocios con el hombre más rico del país, Luis Carlos Sarmiento, sólo para firmar decretos, coordinar ministros y paladear congresistas.

Por ahora todo le sonríe a Vargas Lleras, que de los 52 años que tiene suma 33 navegando en esas aguas con frecuencia turbias y borrascosas de la política. Un hombre habituado al poder que lleva la política en los genes, lo mismo que el carácter —y el mal carácter— del abuelo, el presidente Carlos Lleras Restrepo, de quien también aprendió a conjugar la doble condición de manzanillo y estadista. Un superviviente de dos atentados con explosivos y un grave accidente de buceo, cuyo mayor reto es hoy sobrevivir al poder que detenta.

* Columnista de El Espectador

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