El hombre de la tercera vía

Juan M. Santos, el poquerista que se le salió del libreto a Álvaro Uribe y fue reelegido hasta 2018, es un gran apostador. Ya le ganó a su exjefe, ahora debe lograr la esquiva paz.

Un elocuente mensaje en la fachada de la Alcaldía de Bogotá dio pistas sobre el acuerdo Petro-Santos. / Gustavo Torrijos - El Espectador

Ni Juan Manuel Santos ni los miembros de su equipo de trabajo lo pueden negar. La campaña presidencial que concluyó ayer con el triunfo del actual mandatario los tuvo nerviosos hasta último momento. La derrota en la primera vuelta les sacó canas y los obligó a replantear la estrategia con la paciencia del poquerista que se sabe poseedor de las mejores cartas y sólo tiene que saber jugarlas.

Así ha sido la vida de Juan Manuel Santos, marcada por la coincidencia de haber nacido en una de las familias más tradicionales del país y poseer al mismo tiempo la paciencia, la habilidad y la obstinación necesarias para perseguir sus metas. Calcula hasta el último detalle, según reconocen sus amigos y sus detractores.

Y así debió hacerlo para poder revertir los resultados de la primera vuelta presidencial, en la que hace tres semanas perdió frente a Óscar Iván Zuluaga. Bogotano, de 62 años, Santos sacó a flote su idea de permanecer en el poder hasta 2018 gracias también a que su discurso de paz le granjeó más adeptos de los que Zuluaga obtuvo en las últimas tres semanas. Está obsesionado con la idea de convertirse en el presidente que logre la paz en el país y, a juzgar por los resultados de su proceso de diálogos con las Farc en Cuba, tal vez sea el que más cerca haya estado de lograrlo.

Sobrino nieto del presidente Eduardo Santos, el ahora reelecto mandatario es economista, máster en desarrollo económico (London School of Economics) y máster en administración pública (Harvard) e hizo carrera como periodista en El Tiempo, el diario que hasta hace poco fue propiedad de su familia.

No obstante, siempre tuvo vocación de poder. Apenas recibió el diploma universitario se enroló por más de una década en la Federación de Cafeteros, que representó ante la Organización Internacional del Café. Fue, ya se ha dicho, ministro de Comercio y designado presidencial durante el gobierno de César Gaviria, codirector del Partido Liberal, ministro de Hacienda del gobierno de Andrés Pastrana, ministro de Defensa de Álvaro Uribe y uno de los arquitectos del Partido de la U, el colectivo político que facilitó la reelección de aquél en el poder.

Nunca disimuló sus ansias de ser presidente y prueba de ello fue la ONG que creó a su regreso de Europa. Fundación Buen Gobierno, la llamó así inspirado en las tesis de Anthony Giddens, quien asesoró al gobierno británico de Tony Blair con la Tercera Vía, es decir, la búsqueda del centro del espectro político. Años después la Tercera Vía fue también el título de un libro de Santos que Blair prologó.

Pese a las facilidades que su origen le daba, Santos no fue presidente en su primer envión. Hizo fila entre los presidenciales liberales y varias veces salió derrotado. Eran las épocas en las que sus copartidarios se reían con humor negro. “El candidato aguacate”, le decían con sarcasmo, aludiendo a que lo habían madurado “a punta de periódico”. Pero Santos seguía ahí.
La posibilidad de ser jefe de Estado le llegó de manos de otro liberal que se salió del Partido, el expresidente Álvaro Uribe, el mismo a quien acompañó como ministro de Defensa (cargo estratégico en la política de seguridad democrática), quien en realidad tenía como carta número uno al hoy exministro Andrés Felipe Arias. Derrotado Arias en la consulta conservadora, Uribe arropó a Santos y la verdad es que fue gracias a ese empuje que llegó a la Presidencia. Pero apenas tomó las riendas del poder, Santos se separó de las tesis de la seguridad democrática que pregonaba Uribe y adoptó decisiones que lo alejaron de aquél, entre ellas la de reconocer la existencia de un conflicto armado en Colombia e iniciar un proceso de paz con las Farc. No era pues el defensor de las políticas de derecha que Uribe quería.

Traidor, le dijeron los uribistas de primera línea, pero él mismo respondió que si trabajar por la paz en el país era razón suficiente para que le endilgasen tal calificativo, nada podría hacer por evitarlo.

Declararle esa guerra política a su exjefe le hizo pasar un susto bien grande, pues Óscar Iván Zuluaga, el candidato presidencial de Uribe, lo derrotó en primera vuelta el 25 de mayo pasado y hasta último momento mantuvo una elevada opción de triunfo en las encuestas de intención de voto para la segunda vuelta. Ahí fue donde Santos logró sacar a relucir ese cariz de poquerista que todo el mundo le reconoce y acumuló apoyo en sectores que simpatizan con su ideal de paz y que, por ende, no comulgan con las tesis uribistas. La alianza con el petrismo y con Clara López, la excandidata presidencial del Polo Democrático, le ayudó a recuperar Bogotá, mientras que en la Costa Caribe los caciques políticos movieron sus maquinarias a favor de Santos como no lo habían hecho en primera vuelta. ¿A qué se debió este cambio de actitud en la costa? Desde el mejor trato a los caciques viejos y emergentes, hasta la mermelada del Gobierno, todo debió ayudar un poco.

Santos dijo hace 17 años, cuando era un líder más del liberalismo, que la paz estaba de un cacho y ahora tiene la oportunidad de concretar por fin el tan anunciado acuerdo con las guerrillas. Pero así como fue de difícil ganar en las urnas el derecho a gobernar cuatro años más, tendrá que ejercer el mandato ante una bancada de oposición robusta liderada, paradójicamente, por aquel que hace cuatro años lo impulsó para que llegara al poder.

* [email protected]
@elbergutierrezr