El liberalismo y sus crisis históricas

Ad portas de que la colectividad del trapo rojo elija al candidato único que enarbolará sus banderas en las elecciones de 2018, dicho partido parece repetir las grandes divisiones que lo han caracterizado a lo largo de los años.

El Partido Liberal se ha caracterizado por las migraciones de sus miembros de una colectividad a otra. Archivo

En dos días exactos, el país conocerá el nombre del ungido liberal que enarbolará los principios del trapo rojo. El exvicepresidente y exnegociador de paz, Humberto de la Calle y el exministro del Interior, Juan Fernando Cristo se someterán al escrutinio de los colombianos el próximo domingo, 19 de noviembre, para que sean ellos quienes decidan cuál de los dos representa mejor el sentir de una colectividad de antaño cuya historia demuestra que la política es verdaderamente dinámica.

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Cuando cayó el telón del Frente Nacional y los partidos tradicionales que lo habían protagonizado volvieron a enfrentarse en las urnas sin la obligación de compartir el poder milimétricamente, el Partido Liberal tomó la delantera frente al conservatismo, y esa ventaja se expresó en la victoria electoral de Alfonso López Michelsen. Por amplia mayoría, se impuso sobre Álvaro Gómez Hurtado, quien además del revés político, ya cargaba parte del destino de la división conservadora entre su propia vertiente y el llamado ospino-pastranismo.

López Michelsen traía consigo su propia historia divisionista. Cuando se inició el Frente Nacional, fue el gestor del llamado Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), que adoptó una postura crítica frente a la alternancia de los partidos y el esquema colaboracionista liberal-conservador. En el Gobierno de Carlos Lleras (1966-1970), López disolvió el MRL, regresó a las toldas del Partido Liberal, fue designado canciller de la República, y cuando terminó el Frente Nacional quedó de primero en la fila para el acceso al poder.

En desarrollo del gobierno del “Mandato Claro” de López Michelsen, fue surgiendo una corriente crítica de esa gestión, alrededor de la figura del expresidente Carlos Lleras, quien rápidamente dejó ver su interés por aspirar a la reelección en 1978. En cambio, la línea oficialista del partido de gobierno, respaldada por los caciques electorales regionales, se alinderó mayoritariamente en torno a la opción política del exdesignado presidencial, Julio César Turbay. Para dirimir la disputa se convino la fórmula de una convención de la colectividad.

Esa fórmula se tradujo en lo que se llamó el Pacto de San Carlos, orientado a que, quien se impusiera en la convención se quedaba con la candidatura presidencial del liberalismo en 1978. Al final, la victoria fue para Julio César Turbay, y a regañadientes, buena parte de los derrotados adhirieron al ganador. Sin embargo, otra parte del llamado “llerismo”, prefirió hacerse a un lado. La opinión pública terminó por interpretar que el clientelismo se había alzado con la victoria, y con ella los vencedores habían sido los caciques electorales de siempre.

A marchas forzadas, en apretada victoria, Turbay llegó a la Presidencia derrotando al candidato del conservatismo Belisario Betancur. Cuando apenas tomaba forma la nueva administración liberal, del “llerismo” surgió una corriente acaudillada por Luis Carlos Galán, que le dio vida a un nuevo movimiento político: el Nuevo Liberalismo. Esta nueva fuerza política, con principal arraigo en Bogotá y amplio respaldo mediático, se fue abriendo paso hasta convertirse en alternativa de poder de cara a las elecciones de 1982.

Por esa razón, el liberalismo llegó dividido a esa justa electoral y terminó perdiendo la Presidencia con Belisario Betancur. La colectividad roja llegó a las urnas con la opción reeleccionista de Alfonso López Michelsen y la candidatura de Luis Carlos Galán. El ascenso de Betancur al poder llegó acompañado de los procesos de paz con los grupos guerrilleros, pero también de la guerra contra el narcotráfico, en la que el aliado fundamental del gobierno terminó siendo el Nuevo Liberalismo de Luis Carlos Galán y Rodrigo Lara.

Ante la perspectiva de una nueva derrota, las elecciones de 1986 forzaron al Partido Liberal a la urgencia de unirse para vencer sobre la opción conservadora de Álvaro Gómez Hurtado. Durante las elecciones legislativas, el Nuevo Liberalismo de Galán no obtuvo los resultados que su líder esperaba, pero para no ahondar la división, optó por retirarse de la aspiración presidencial, lo cual facilitó que sus partidarios se unieran al oficialismo y terminara ganador Virgilio Barco, por amplia mayoría sobre su rival conservador.

Un año después, cuando Colombia ya sufría los rigores del narcoterrorismo de Pablo Escobar, el Partido Liberal se vio abocado a integrar una nueva jefatura, y lo que salió de la convención del partido en 1987, fue la demostración del rumbo que había tomado esta colectividad histórica producto de la violencia, el narcotráfico y la corrupción. El liberalismo adoptó la jefatura múltiple de los “quíntuples”, integrada por Eduardo Mestre, Alberto Santofimio, Ernesto Samper, Miguel Pinedo Vidal y Hernando Durán Dussán.

Con el paso de los años, los “quíntuples” fueron protagonistas de escandalosos sucesos judiciales. Mestre terminó condenado en el proceso 8.000 por nexos con los Rodríguez Orejuela. Santofimio fue condenado por el asesinato de Luis Carlos Galán y también hizo parte de los sentenciados en el proceso 8.000. Samper gobernó a Colombia entre 1994 y 1998, tras sortear el más grave escándalo de la historia contemporánea de Colombia: la narcofinanciación de su campaña política. Pinedo fue procesado en la parapolítica.

A esa dirección colegiada fue a la que llegó en 1988 Luis Carlos Galán condicionado a regresar al liberalismo como única opción para llegar al poder. La fórmula para que Galán aceptara disolver el Nuevo Liberalismo fue acordada con el expresidente Julio César Turbay y fue una consulta abierta a los electores para que determinaran quién debía ser el único candidato. Todos aceptaron esas reglas de juego y las encuestas daban por absoluto ganador a Luis Carlos Galán cuando fue asesinado por el narcotráfico en agosto de 1989.

En su reemplazo, asumió la precandidatura César Gaviria, quien se había desempeñado como ministro de Hacienda y Gobierno de Virgilio Barco, y para el momento de su aspiración a la Presidencia era el jefe de debate de Luis Carlos Galán. Gaviria no sólo ganó la candidatura oficial sino también la Presidencia de la República. Le facilitó la victoria la división del conservatismo entre las candidaturas de Álvaro Gómez Hurtado por el Movimiento de Salvación Nacional y Rodrigo Lloreda Caicedo por el social-conservatismo.

La línea de sucesión en el liberalismo dejó primero en el escalafón a Ernesto Samper, quien logró la victoria en 1994 sobre Andrés Pastrana. No obstante, 48 horas después de su elección, su rival destapó el escándalo de los narcocasetes, y sin posesionarse siquiera, Samper comenzó a cargar con el lastre de este capítulo judicial de enorme ruido político y mediático. Una vez se posesionó Samper, era cuestión de tiempo la irrupción del escándalo. Para abril de 1995 dominaba en el país la crisis del proceso 8.000.

Cuando empezó el debate electoral para las elecciones de 1998, ya era notoria la división interna del liberalismo entre quienes respaldaban a Samper y su permanencia en el Gobierno y quienes definitivamente creían que debía renunciar y que su mandato lo concluyera el vicepresidente Humberto de la Calle. En medio de estos debates, comenzaron a aparecer nuevas posturas políticas. La de Germán Vargas con Cambio Radical, reivindicando su pasado “galanista” y también “llerista”, por su abuelo Carlos Lleras.

Igualmente, el exdesignado presidencial Juan Manuel Santos, optó por atrincherarse en la Fundación Buen Gobierno, en espera de dejarse contar en una eventual precandidatura o aspiración liberal. Todo mientras la crisis terminaba de ahondar la división, sobre todo a partir del momento en que De la Calle optó por renunciar a la Vicepresidencia. Aunque el exministro Horacio Serpa Uribe parecía contar con las mayorías del liberalismo y estas parecían suficientes para llevarlo a la Casa de Nariño, a última hora se le quemó el pan en la puerta del horno.

En buena medida, la plataforma que lo derrotó fue el transfuguismo electoral de una buena parte de sus copartidarios que en el último momento cambiaron de orilla y se fueron a apoyar la candidatura de Andrés Pastrana y la Nueva Fuerza Democrática. Algunos de los principales líderes de ese trasteo, terminaron siendo ministros de Pastrana. En gran parte, los líderes del llamado gavirismo estuvieron en ese movimiento. El liberalismo dividido terminó perdiendo el poder y la opción de plantear un nuevo proceso de paz quedó en manos de Pastrana.

Para la disputa electoral del año 2002, volvió a picar en punta el exministro Horacio Serpa. Hasta finales del año 2001, se daba por hecho que iba a ser el sucesor de Pastrana, quien naufragaba en medio de la crisis permanente por el proceso de paz en la zona de distensión del Caguán. En ese momento, el exgobernador de Antioquia, Álvaro Uribe Vélez, ostentaba una campaña que no pasaba del 2% en favorabilidad, pero que fue ganando adeptos en la misma medida en que el proceso de paz fracasaba estruendosamente.

En febrero de 2002, cuando Pastrana anunció la ruptura del proceso de paz, como en las carreras de caballos, la opción de Álvaro Uribe Vélez avanzó de atrás y terminó pasando de largo. Uribe no quiso sumarse a las filas del oficialismo liberal congregado alrededor de Horacio Serpa, y desde la plataforma Primero Colombia optó por una candidatura suprapartidista que ganara terreno entre liberales, conservadores e independientes. Al final, ganó en primera vuelta, pero para ello fue decisiva la división de la colectividad roja.

A imagen y semejanza de lo que había sucedido en los comicios de 1998, a última hora se le salieron a Serpa varios de sus baluartes, que corrieron a sumarse al candidato que punteaba las encuestas. En otras palabras, el transfuguismo liberal contribuyó decididamente a la victoria de Uribe, quien había iniciado su carrera política en el liberalismo, y ahora lo graduaba de opositor. Eso explica porqué la principal colectividad en contra del mandato de la Seguridad Democrática fue paradójicamente el partido Liberal que había respaldado a Serpa.

Como el liberalismo estaba en la oposición y Uribe cambió la Constitución para permitirse la reelección inmediata en 2006, sus copartidarios necesitaron crear una plataforma electoral nueva. Así nació el partido de la U, llamado de la Unidad Nacional pero, claramente, alrededor del uribismo. Sus dos principales proponentes fueron Óscar Iván Zuluaga y Juan Manuel Santos. Reelecto Uribe, el primero se convirtió en su ministro de Hacienda y el segundo, en su ministro de Defensa. El liberalismo siguió en el bando opositor.

Como a Uribe le fracasó la opción de un tercer mandato, empezó a buscar a su sucesor. Claramente, su elegido era su exministro de Agricultura Andrés Felipe Arias, pero este vio malograda su opción por el escándalo de Agro Ingreso Seguro pero, sobre todo, por su derrota con Noemí Sanín en la consulta que decidió hacer el conservatismo para tener un candidato propio en 2006. Ante las dos situaciones, Uribe optó por respaldar, desde el partido de la U a su exministro Juan Manuel Santos.

Santos, quien había debutado en la política como ministro de César Gaviria y luego su designado presidencial, y que además había sido opositor de Samper, ministro de Pastrana y adalid de Uribe, llegó a la Casa de Nariño en 2010. Aunque todo indicaba que iba a liderar el tercer capítulo de la Seguridad Democrática de Uribe, poco a poco fue tomando distancia de su mentor, hasta que sacó el as que definitivamente rompió el lazo que existía con su antiguo aliado: el proceso de paz con las Farc, en La Habana.

A partir de 2012, ya Santos desarrollaba su proyecto, acompañado por el partido de la U, que también se desmarcó del viejo uribismo. Lo mismo que hizo Cambio Radical, que primero fue aliado de Uribe y después opositor. En cambio, en el liberalismo oficialista, el asunto evolucionó de manera contraria. De opositor de Uribe pasó a convertirse en la pieza clave para garantizar la reelección de Juan Manuel Santos en el 2014. El proceso de paz se convirtió en el eje de su apretada victoria reeleccionista sobre el candidato de Uribe y el Centro Democrático que creó, Óscar Iván Zuluaga.

Con esos antecedentes y vueltas políticas, en los últimos 40 años, guarda lógica la crítica situación que hoy presenta el partido Liberal de cara a los comicios de 2018. Sus precandidatos son Humberto de la Calle y Juan Fernando Cristo, quienes recibieron el apoyo reciente de quienes también tenían pretensiones en la residencia presidencial: Edinson Delgado y Luis Fernando Velasco, respectivamente. Para tratar de unirlos alrededor de la opción de una consulta, asumió como director de la colectividad César Gaviria Trujillo, cuyo hijo Simón Gaviria, paradójicamente sonó en algún momento como fórmula vicepresidencial de varios candidatos, incluso no los que ahora defiende su padre.

En medio de todo este panorama, dos de los precandidatos con buen caudal electoral, anunciaron que no van en esa consulta, que se realizará este domingo 19 de noviembre. La senadora Viviane Morales, que viene librando una dura disputa con el senador Horacio Serpa y otros alfiles del liberalismo que han cuestionado su condición cristiana. Y Juan Manuel Galán, hijo del inmolado Luis Carlos Galán y hermano de Carlos Fernando Galán, quien siempre se ha mantenido incondicional de Germán Vargas Lleras. Su as bajo la manga, al quedar por fuera de la consulta está, curiosamente, en la reforma política que se tramita en el Congreso. Apoyará el transfuguismo para no quedarse por fuera de la contienda de mayo del año entrante. La pregunta es, ¿a qué partido migrará?

En resumidas cuentas, el partido que en los años 30 lideró los debates sobre asuntos laborales, que en los 40 resistió la violencia o en los 50 luchó con sus antagonistas contra la dictadura de Gustavo Rojas, desde que concluyó el Frente Nacional viene capoteando su propio deterioro. La disputa interna entre sus líderes, los escándalos de corrupción, el clientelismo político y la filtración de los ilegales en sus toldas, son también causas de un presente que poco tiene que ver con los días en que el trapo rojo sacaba a los electores de sus casas para asegurar la victoria.