El Nobel para un obsesionado con la paz, Juan Manuel Santos

Desde la década de los 90, Juan Manuel Santos inició su cruzada por buscar la paz en Colombia. Su nombre quedará escrito en la historia como el presidente que logró desmovilizó a las Farc tras cinco décadas de guerra.

Pese a la oposición de muchos sectores, el presidente Santos firmó la paz con las Farc. / EFE

“Hacer la paz, increíblemente, es más difícil e impopular que hacer la guerra, pero uno no gobierna por la popularidad, sino por lo que es mejor para el país. Estoy dispuesto a jugarme todo mi capital político por ello". Es lo que ha dicho el presidente Juan Manuel Santos y sus palabras definen a la perfección los costos que ha tenido que pagar por haber persistido en la búsqueda de un acuerdo de paz con las Farc.

Una cruzada que se inició en firme pocos meses después de llegar al poder en 2010, cuando se dieron los primeros contactos con esa guerrilla, pero que se remonta a la década de los 90, en momentos en que país vivía tiempos de turbulencia por cuenta del escándalo del Proceso 8.000 y se conoció de su propuesta de una constituyente para facilitar una salida política a la crisis que afrontaba el entonces presidente Ernesto Samper.

Fue el exministro conservador Álvaro Leyva, quien precisamente fue uno de los asesores de la mesa de negociaciones de La Habana, el que reveló que la idea había sido ventilada por el mismo Santos ante las Farc y ante los grupos paramilitares. El gobierno Samper habló de “conspiración”, entre ellos uno de sus hoy aliados en la paz, Horacio Serpa, entonces ministro de Gobierno. En mayo de 2007, en un escrito para la revista Semana titulado “Historia de mi conspiración”, él mismo reconoció encuentros con Raúl Reyes y Olga Marín, por esa época voceros internacionales de las Farc, en Costa Rica; diálogos en la cárcel de Itagüí con Felipe Torres y Francisco Galán, voceros del Eln, y dos reuniones con Carlos Castaño, jefe de las Autodefensas, en Córdoba.

La idea, dijo, era construir una propuesta para superar la crisis institucional que padecía Colombia y, de paso, avanzar en la búsqueda de la paz. “La propuesta debía cumplir con unas condiciones básicas: el mantenimiento del orden constitucional, un cese al fuego de las hostilidades, respaldo internacional, la convocatoria de una constituyente y el establecimiento de una zona de despeje con garantías para entablar los diálogos. Pero lo que era más importante e histórico, se trataba de un proyecto de paz integral que consultaba a ‘calzón quitao’, los intereses de todos los actores del conflicto: la guerrilla, los paramilitares, el Gobierno y la sociedad civil”, escribió.

De hecho, quedó como constancia una carta a Samper en 1997, en la que le habla de la zona de distensión para los grupos guerrilleros, fórmula que recogió Andrés Pastrana en 1998 y en cuyo gobierno participó Santos, nombrado ministro de Hacienda en julio de 2000, en pleno fervor de las negociaciones del Caguán con las Farc. De hecho, fue en dicha cartera donde tuvo un duro choque con Álvaro Uribe, entonces senador, quien lo acusó de pretender revivir los auxilios parlamentarios. Y hay que decir que cuando Uribe cambió el “articulito” en la Constitución para su reelección en 2006, Santos se convirtió en uno de los más acérrimos críticos de la continuidad en el poder.

Pero como la política es dinámica y, como bien lo dijo el mismo Santos en un debate durante la campaña presidencial de 2010, “sólo los imbéciles no cambian de opinión”, al poco tiempo cambió de parecer, propuso una disidencia liberal para apoyar a Uribe, pues consideró que oponerse a alguien que tenía el 90 % de popularidad en las encuestas era un “suicidio político” y luego, junto con Óscar Iván Zuluaga, en la actualidad uno de sus más acérrimos contradictores y Luis Guillermo Vélez, exsenador ya fallecido, participó en la creación del Partido de la U, arrastrando a varios líderes liberales. El objetivo era defender e impulsar los postulados del uribismo.

En marzo de 2006 llegó el premio: Santos fue nombrado ministro de Defensa. La seguridad democrática estaba en todo su apogeo y las Farc comenzaron a sufrir los golpes más contundentes de su historia: vieron caer a su segundo comandante, Raúl Reyes, en la llamada operación Fénix, y al Negro Acacio y Martín Caballero en los Montes de María, entre otros. Además se incrementaron las desmovilizaciones voluntarias y el entonces comandante de las Fuerzas Armadas, Freddy Padilla, habló del “fin del fin de las Farc”.

Hábilmente, Santos fue construyendo su candidatura presidencial de 2010. En mayo de 2009 renunció al Ministerio y, cuando la Corte Constitucional declaró inexequible el referendo que buscaba abrir la puerta a un tercer mandato de Álvaro Uribe, destapó sus cartas mostrándose dispuesto a continuar el legado de la política de seguridad democrática. Palabras que hoy le cobra el uribismo, que no lo rebaja de “traidor”, todo por cuenta de su apuesta por la paz con las Farc como salida al conflicto armado que padece Colombia desde hace más de 50 años.

Desde un comienzo se mostró convencido de que las negociaciones de paz eran una oportunidad porque Colombia y el mundo han cambiado. “Será un camino difícil, pero un camino que debe ser aprovechado por cualquier gobernante responsable, porque cientos de colombianos tienen un familiar que ha sido víctima de la violencia”. Camino que llegó al final, al menos en su etapa de negociación, y que ahora debe afrontar el reto de comenzar a definir los cimientos para la construcción de una paz de verdad estable y duradera. Lo cierto es que mientras en Colombia la polarización política se agudiza, el mundo le reconoce a Juan Manuel Santos sus “tenaces esfuerzos para poner un fin a la guerra civil que ha vivido su país durante más de 50 años y que provocó el desplazamiento de cerca de seis millones de personas”, como dijo el Comité Nobel al anunciarlo, el pasado 7 de octubre, como el ganador del galardón de la paz.