El reto que plantea la rechifla al presidente

Aunque Santos llamó a la unidad y homenajeó a militares y policías, la silbatina en su contra, de un sector de los asistentes a la carrera en solidaridad con los uniformados, marcó un hecho político

 La participación del presidente Juan Manuel Santos en la carrera 10K de ayer en Bogotá parecía un hecho protocolario más en su agenda. Pero el primer mandatario no pudo ofrecer su discurso a plenitud ante cerca de 8000 asistentes entre los que se mezclaron militares y policías, oficiales en retiro, y civiles. Muchos de ellos corrieron, concretamente, para respaldar al Ejército y a las familias de los once militares que murieron en el ataque perpetrado por las Farc el pasado martes en Buenos Aires, Cauca.

El centro de las palabras de Santos fue la solidaridad y el respeto por las familias de los soldados muertos. "Sé el dolor que están sintiendo los colombianos, los soldados, los policías de la patria. Un dolor que tenemos que encauzar hacia algo más positivo, hacia algo que realmente nos llene el corazón de esperanza", dijo el jefe de Estado en una clara alusión al fin del conflicto que podría pactar su gobierno con las Farc en la mesa de conversaciones de La Habana (Cuba). Sin embargo, el mensaje del primer mandatario se perdió en el ruido que generó la rechifla de un grupo de asistentes que, además de silbar, gritaban consignas como “¡No más Farc!”.

Fue el ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, un hombre muy querido entre los uniformados por sus vínculos con el estamento militar, el que tomó los micrófonos para pedir respeto por Santos. Pinzón afirmó que “duélale a quien le duela” el presidente es el comandante supremo de las fuerzas y pidió silencio a los militares y policías que estaban allí para la competencia. Pese a que la intervención del ministro amainó la protesta, el hecho demostró, una vez más, que el proceso de paz es un asunto que polariza políticamente al país.

No es un secreto que, precisamente, entre sectores como el Centro Democrático y las organizaciones de reserva de las fuerzas, que fueron participantes activos en la marcha de solidaridad de ayer, el proceso de negociación con las Farc despierta malquerencias e incertidumbres. Tampoco es desconocido que la incursión de la guerrilla en el Cauca terminó por distanciar del todo a esos grupos de la mesa de La Habana. Sin embargo, por su participación, no es posible negar la espontaneidad de la silbatina y la participación de personas que, seguramente, no tienen filiación partidista.

Uno de los factores que hacen de esta rechifla un hecho político es el tiempo en el que se presentó. Justo ahora, las conversaciones con la guerrilla pasan por un momento crucial. Luego del ataque en el Cauca, el gobierno Santos reanudó los bombardeos contra la guerrilla (que había suspendido en febrero pasado como una medida de desescalamiento del conflicto) y habló de ponerle plazos perentorios a la negociación para conseguir un acuerdo final. La guerrilla no ha respondido pero sus negociadores han sido claros en que la paz no puede tener plazos fatales.

También, justo ahora, se desarrollan discusiones sobre el modelo de justicia transicional que será aplicado a las partes en la guerra y se negocian, con una participación activa de oficiales en ejercicio, los pasos que deberán surtirse para lograr el silencio de los fusiles. Una discusión en la que, aunque no se conoce un acuerdo, muchos dicen que se está negociando el status de la fuerza pública y su legitimidad en la sociedad.

Si bien puede ser cierto que en el pasado reciente no hay registro de un presidente chiflado en un escenario con nutrida presencia de uniformados, no es la primera vez que un jefe de Estado ve interrumpido su discurso por el repudio del auditorio. Para no ir más lejos, durante su tiempo en el poder, el expresidente Álvaro Uribe fue víctima de la misma clase de saboteos: silbado en la minga indígena de Cali en 2008, expulsado entre insultos de la Universidad Javeriana en 2006 y silenciado en escenarios internacionales como el Parlamento Europeo y un evento académico en Argentina por defensores de derechos humanos.

Esta vez, más allá del rechazo que pudo generar en un sector de los asistentes la presencia de Santos, el mensaje trasciende a la favorabilidad que puede alcanzar, después de casi dos años y medio de diálogos formales, la mesa con las Farc. Es la vez que Colombia ha estado más cerca de conseguir el fin del conflicto, pero, paradójicamente, quienes conducen la negociación no se enfrentan exclusivamente a una contraparte representada en la guerrilla, sino a otra que, mientras el acuerdo de paz siga siendo una esperanza, parece estar dispuesta a hacer explícitas en cuanto escenario sea posible sus criticas al Gobierno, a la mesa y su repudio a la guerrilla.

El reto que plantea la rechifla es el cómo puede Santos tender puentes de diálogo con ese sector de la sociedad. Desoirlos, o negar la validez de la construcción de sus argumentos, solo profundizará las tensiones que hoy polarizan al país. No es la primera vez que se dice: si se trata de conseguir la paz, la primera necesidad es llegar a unos mínimos que resulten aceptables para todos los actores sociales y, así, garantizar que los ciclos de la guerra no se perpetúen.

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