Las enfermedades del poder en Colombia

Breve recorrido por la historia de algunos presidentes cuyo estado de salud ha causado inquietud, vueltas políticas, intrigas palaciegas o incluso la muerte. Un solo mandatario ha fallecido en el mandato.

El estado de salud de los gobernantes es un tema de interés público en los tiempos actuales. La prueba es la inquietud que se ha creado en torno a la situación personal del presidente Juan Manuel Santos, quien esta semana se sometió a varios exámenes en el Centro Oncológico del Hospital Johns Hopkins, en Baltimore (Estados Unidos), para establecer si el tumor que le fue detectado en la próstata en 2012 tiene relación con el incremento en los valores del antígeno prostático que fue detectado por varios especialistas en Colombia.

Seguramente la expectativa es mayor ahora por el alcance de las comunicaciones, pero la historia de Colombia tiene múltiples episodios en los que la salud de los gobernantes también ha sido protagonista. Empezando por Simón Bolívar, cuyo estado de salud ya era precario en los años que antecedieron a la disolución de la Gran Colombia. Lo destaca Indalecio Liévano en su biografía sobre el Libertador, cuando refiere que después de la conspiración septembrina de 1828, su enfermedad pulmonar era notoria.

No obstante, el autor recoge la explicación que Bolívar dio a sus dolencias: “No son las leyes de la naturaleza las que me han puesto en este estado, sino las penas que me roen el corazón”. Además del intento de asesinato, la insurrección del general José María Córdova o el levantamiento de tropas en Perú, la oposición en su contra era creciente. Sobre todo después de su decreto orgánico de la dictadura de agosto de 1828. Por eso renunció a la jefatura de Estado en enero de 1830, y emprendió su último viaje en mayo para morir en Santa Marta en diciembre.

En la autopsia del médico francés Alejandro Próspero Reverend, quien lo asistió en Santa Marta, quedó escrito que un catarro pulmonar descuidado pasó a crónico y degeneró en tisis tuberculosa. “Su constitución favorecía la enfermedad, lo mismo que las afecciones morales, vivas y punzantes que afligían el alma del general”. Luego quedó para la historia el diagnóstico implacable: “El sepulcro estaba abierto aguardando a la ilustre víctima, y hubiera sido necesario hacer un milagro para impedir que descendiera a él”.

La salud de su antagonista y también padre de la patria, Francisco de Paula Santander, tampoco fue tranquila en esos tiempos tempestuosos. Según se lee en textos de Manuel José Forero y Antonio Martínez, desde 1824 le escribía a Bolívar que los cólicos lo atacaban mortalmente. “Estoy desesperado con esta enfermedad y ansioso de descargarme de papeles, gobierno y enredos para ponerme en curación formal”, agregó años después, cuando todavía los ánimos entre los dos héroes de la Independencia no se habían exacerbado.

Al final, los dolores abdominales y de espalda, sumados a los cólicos fueron minando su salud, a pesar de que la vida le permitió superar la cárcel en Cartagena, señalado de haber participado en la conspiración contra Bolívar, y el exilio en Europa antes de regresar al país para ejercer en propiedad la Presidencia. En 1837, cuando dejó el poder, sus médicos siguieron tratándolo. Murió el 6 de mayo de 1840 y, en términos de hoy, según el académico Hernando Forero, la causa fue una falla orgánica multisistémica por pancreatitis y hepatitis.

A lo largo del siglo XIX, en medio de guerras civiles y antagonismos políticos, la salud de los presidentes fue siempre un motivo aparte. La evidencia es el cartagenero Rafael Núñez, cuya salud siempre fue el pretexto para alejarse del poder, a pesar de que pocos como él lo ejercieron con tanta frecuencia. Entre 1880 y 1882, luego en el bienio 1884-1886 y de ahí hasta su muerte en 1894, a través de designados o vicepresidentes. La causa siempre fue la misma: afecciones nerviosas, que el propio Núñez atribuyó a su cansancio espiritual.

Lo cierto es que después de que impulsó la Constitución de 1886 y salió elegido para un sexenio hasta 1892, ante el Consejo de Delegatarios invocó la Ley 32 de 1882 para separarse del Ejecutivo “por necesidades de salud”. Otra ley le autorizó una asignación anual de $30.000, y por motivos de salud, dejándole la potestad de tomar posesión de su cargo cuando quisiera. Indalecio Liévano refiere en su biografía que de esta manera se quedó viviendo en su casa de El Cabrero, en Cartagena, al punto que en 1892 fue reelecto y en esa ciudad tomó posesión.

En su tránsito por el poder quedó una historia aparte relacionada con su ejercicio político. La del único presidente colombiano que ha fallecido mientras ejercía el cargo. El bogotano Francisco Javier Zaldúa, quien después de una notable carrera política en el liberalismo, a sus 71 años, fue postulado para gobernar en 1882, como una fórmula para atenuar la pugna entre liberales radicales y partidarios de Núñez, tranquilizando de paso a los conservadores. El 1° de abril de ese año asumió la jefatura del Estado, pero lo esperaba el caos.

En su obra Manual de Historia Presidencial”, Ignacio Arizmendi recuerda las palabras proféticas con las que aceptó su destino: “En la tarde de mi vida no tengo otra cosa que ofrecerle a la causa liberal que los pocos días que me quedan. Acepto la candidatura como mi sentencia de muerte”. Y así fue. La oposición de Núñez en el Congreso fue implacable, e incluso se hizo nombrar designado para estrechar el cerco. Los ataques políticos se volvieron personales y la mayoría de sus iniciativas y nombramientos fueron bloqueados en el Legislativo.

Apenas nueve meses después de posesionarse, hacia la una de la tarde del 21 de diciembre de 1882, falleció. Unos autores dicen que por infarto. Otros que por neumonía, porque desde años atrás padecía de una bronquitis catarral crónica. La historia dejó escrito que además de las dolencias físicas pesaron más las angustias y desengaños del poder. A manera de resarcimiento de su memoria se expidió un decreto de honores y su funeral fue de Estado, con toda la pompa y cañonazos. Lo reemplazó José Eusebio Otálora en calidad de encargado.

Como estaba previsto, en 1884 recobró el poder Núñez, para ser el artífice del movimiento de La Regeneración, que echó abajo la constitución liberal de Rionegro de 1863, y patentó un sistema político de libertades públicas restringidas, catolicismo a la médula y Estado de sitio. El modelo de gobierno que le ayudaron a formalizar los vicepresidentes Carlos Holguín y Miguel Antonio Caro como reales mandatarios. La muerte le llegó a Núñez en 1894 como lo había pensado: primero parálisis en los brazos y luego una hemorragia cerebral.

Antes de que cayera el telón del siglo XIX, Colombia vivió otro momento de enfermedad en el poder. A sus 85 años, en 1898, fue electo presidente Manuel Antonio Sanclemente. A pesar de su meritoria experiencia judicial y política, estaba tan enfermo que no se pudo posesionar. Lo hizo el vicepresidente de 71 años, José Manuel Marroquín. Sin embargo, presionado por el expresidente Miguel Antonio Caro, meses después asumió, pero tuvo que trasladarse a Villeta porque la altura de Bogotá era lesiva para su corazón al borde de infarto.

Entre Anapoima, Tena o Villeta, como resalta Héctor Echeverri en su obra Pinceladas y brochazos presidenciales, el decrépito anciano buscaba algo de salud mientras su ministro de Gobierno, Rafael María Palacios, llamado el “pájaro carpintero”, iba y venía buscando su firma. En ese inestable destino, en octubre de 1899 estalló la Guerra de los Mil Días, y las presiones llevaron a que el vicepresidente Marroquín depusiera al enfermo Sanclemente el 31 de julio de 1900. Lo demás es un capítulo triste de la memoria nacional.

La guerra siguió de largo con miles de víctimas mortales, viudas y huérfanos, y el desgobierno fue total. Preso en su casa y enfermo del corazón, Sanclemente se negó a renunciar a su dignidad. “Detenido o en libertad, aquí o en cualquier parte, siempre seré el presidente de la República mientras tenga el mandato de la ley”, reclamó el alicaído gobernante, quien no se cansó de interponer demandas o vender sus bienes para defender su derecho. El 19 de marzo de 1902 falleció en Villeta. La guerra concluyó ese año y en 1903 se perdió Panamá.

En la cronología del siglo XX no faltan los momentos de presidentes enfermos o reemplazantes por licencia médica. El caso más recordado ocurrió en 1951, cuando el titular conservador Laureano Gómez, quien intentaba desarrollar un gobierno anticomunista y antiliberal, sufrió un infarto el 5 de noviembre durante una revista aérea y tuvo que entregar su cargo a Roberto Urdaneta Arbeláez. El día que quiso recobrarlo, 13 de junio de 1953, fue la misma fecha del golpe de opinión de Gustavo Rojas Pinilla.

En tiempos recientes, se recuerda que el 4 de febrero de 1981, asumió como presidente y ejerció por ocho días el dirigente caucano Víctor Mosquera Chaux. La palomita gubernamental fue posible porque el titular Julio César Turbay pidió una licencia médica para hacerse unos chequeos en Nueva York. Algo parecido a lo sucedido con el también político caucano Carlos Lemos Simmonds por diez días, a partir del 14 de enero de 1998, porque el presidente Samper se fue a Canadá a revisar las secuelas que le había dejado un atentado en 1989.

Años antes, el presidente Virgilio Barco y su más cercano círculo de colaboradores habían protagonizado una doble circunstancia de salud gubernamental. En septiembre de 1987, durante un viaje a Corea, el mandatario tuvo que ser intervenido de urgencia por una afección intestinal. El caso fue conocido. Lo que aún está por contarse es qué tanto había desarrollado el presidente Barco el mal de alzhéimer durante la última etapa de su mandato. A sus 75 años, Barco falleció el 20 de mayo de 1997.

En conclusión, a diferencia de otras naciones donde la salud de los gobernantes se ampara en el sigilo, en Colombia es parte de su historia y memoria. Aún se recuerda la laberintitis que afectó al presidente Uribe en febrero de 2005 en plena crisis diplomática con Venezuela por el caso Rodrigo Granda, o el anuncio de que se había contagiado con la gripe AH1N1 en agosto de 2009. La novedad del momento es el estado de salud del presidente Juan Manuel Santos, a quien le faltan 21 meses de gobierno para afianzar el camino hacia la paz.

* Editor general de El Espectador

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