Entre el afán del Gobierno y la calma de las Farc

El miércoles, en el inicio de una nueva ronda de diálogos, se propondrá sesionar sin pausa hasta lograr un acuerdo y crear subcomisiones para resolver los puntos álgidos.

Frank Pearl, Jorge E. Mora y Humberto de la Calle, tres de los negociadores del Gobierno en Cuba. / EFE

El 18 de octubre de 2012, en Oslo (Noruega), ante la mirada expectante de Colombia entera, el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y las Farc instalaron oficialmente la mesa de negociaciones en busca de un “Acuerdo general para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera”. Un año después, tras 15 rondas de diálogo, está claro que las diferencias y los desacuerdos son profundos y que hoy, en la antesala del proceso electoral a Congreso y Presidencia de la República, los diálogos de paz que se desarrollan en La Habana (Cuba) caminan por terreno inestable. El escepticismo ciudadano crece, al igual que las presiones políticas —que giran en torno al anuncio que debe hacer el presidente sobre su reelección—, y se habla de la necesidad de mostrar resultados, al menos parciales, sobre el segundo punto de la agenda: el de la participación política, eje de la discusión.

El próximo miércoles, delegados de Gobierno y guerrilla volverán a la mesa, sabiendo que el reloj corre y que el mismo presidente Juan Manuel Santos ha fijado una fecha límite para presentarle acuerdos al país: “El 18 de noviembre se cumple un año de haber iniciado los diálogos; espero que de aquí allá podamos obtener nuevos resultados y mostrar que estamos avanzando, por el bien del proceso”, manifestó recientemente desde San Carlos (Antioquia), durante un acto de reparación a víctimas del conflicto armado. Con advertencia de por medio: “La voluntad mía es que tenemos que acelerar, porque la gente está comenzando a no creer en el proceso (...) la gente se pregunta por qué no se logran acuerdos. Por el bien del propio proceso necesitamos avanzar y llegar a acuerdos, porque de otra de forma se irá alentando el escepticismo y eso afecta los diálogos”.

Sólo que para las Farc no puede haber plazos fatales. “Esto perjudica porque empieza a presionarse por una resolución y se empieza a justificar el fin de los diálogos, si apenas estamos comenzando”, respondió Luis Alberto Albán, alias Marco León Calarcá, uno de los negociadores de la guerrilla en Cuba. “Nos atenemos a lo que acordamos. Ahí no hay meses, ahí se dice vamos a demorarnos el tiempo que sea necesario: si nos demoramos tres meses, excelente; si nos demoramos tres años, excelente. Nosotros no le apostamos a fechas fatales”, agregó. Un tire y afloje que persiste desde el primer momento de iniciado el proceso y que abre paso a propuestas como la que llevará el Gobierno este miércoles a la mesa: sesionar de corrido —sin pausas— hasta lograr resultados sobre participación política. Las rondas actuales de negociación son de 11 días y cada tres, las delegaciones trabajan por separado.

Otra alternativa que se estaría contemplando tiene que ver con la creación de subcomisiones que ayuden a destrabar los nudos gordianos que hoy persisten. No está claro quiénes o cómo estarían integradas, pero vale la pena recordar que en los diálogos de paz del Caguán, dada la enorme tensión entre las partes, a lo largo del proceso hubo la necesidad de constituir varias comisiones, entre las cuales se pueden mencionar el Frente Común por la Paz, integrado por representantes de diversos partidos políticos, y la misma Comisión de Notables, conformada en mayo de 2001 para que formulara recomendaciones sobre cómo acabar el paramilitarismo y disminuir la intensidad del conflicto. Una opción es contar con en dichas subcomisiones con el apoyo de la Iglesia católica y sectores de la sociedad civil que respaldan las conversaciones.

Mientras tanto, la agitación política aumenta en el país y está claro que inevitablemente la paz volverá a ser eje del debate electoral. Es tan consciente el Gobierno de eso que, según conoció El Espectador, recientemente, desde la Casa de Nariño, se mandó a hacer una encuesta que se manejó con mucha reserva, para conocer la percepción de la gente sobre el presidente Juan Manuel Santos y el proceso de La Habana. Y en los resultados queda evidenciado el escepticismo de los colombianos y el rechazo a la guerrilla. Ante la posibilidad de mantener los diálogos, la favorabilidad del jefe de Estado sube cerca de 10 puntos. Frente a una suspensión, no supera los cinco puntos. Y la opción de romper le da al presidente un salto de casi 30 puntos en su imagen.

Sin embargo, pese a este diagnóstico, se sabe que el primer mandatario sigue pensando en que se ha avanzado como nunca antes en una negociación con la guerrilla y que apostarle al fracaso de la paz y aumentar el escepticismo nacional es echar a perder la oportunidad histórica de que Colombia pueda al fin cerrar el conflicto. Lo que busca imperiosamente el Gobierno es hacerle entender al país que no es fácil salir de una guerra de 50 años y que ningún proceso de paz en el mundo ha sido breve. Que hay avances importantes, como el cambio de discurso de las Farc frente al reconocimiento a las víctimas y su intención de no pararse de la mesa hasta lograr un acuerdo definitivo. Pero inevitablemente la fecha del anuncio de la reelección le marca también un límite y de aquí allá la tormenta arreciará y habrá quienes seguirán buscando pretextos para romper el proceso.

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