“La Constitución abrió una nación que habíamos tenido en el congelador”: Humberto de la Calle

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El entonces ministro de Gobierno de César Gaviria habló de su papel en la redacción de la Constitución de 1991 y de los avances que trajo la carta magna en el país.

El 4 de julio de 1991, cuando se firmó la Constitución, Humberto de la Calle recibió una multitudinaria ovación que duró varios minutos. Los constituyentes y demás presentes en el capitolio reconocieron el importante papel que tuvo el entonces ministro de Gobierno en la redacción de la nueva carta magna. Fue esencial en el proyecto previo que presentó el Gobierno para la nueva Constitución y después fue la única voz permitida del Ejecutivo en las discusiones de la asamblea. En diálogo con El Espectador, De la Calle recordó varios detalles del proceso a treinta años de su realización.

¿Cuál cree que fue su papel en la redacción de la nueva Constitución?

Comencé en este tema por invitación de César Gaviria. Primero fui asesor del grupo que fue construyendo lo que se suponía que iba a ser un proyecto unificado, discutido con todas las fuerzas políticas, con la idea de que la constituyente fuera una especie de aval o de refrendación de ese trabajo de casi la totalidad de las fuerzas políticas. Eso cambió porque la Corte Suprema, cuando le dio vía libre a la constituyente, dijo que esta era soberana. De tal manera que este proyecto unificado ya no fue y se convirtió en proyecto del Gobierno.

Estando yo en ese momento como asesor, se retiró el ministro de Gobierno y Gaviria me nombró como vocero único frente a la constituyente. Obviamente, la guía por la que me regí fue por el proyecto que habíamos elaborado durante varios meses; pero, en una actitud siempre de respeto y muy académica, se llevó a cabo la constituyente. Fue un escenario extraordinariamente racional y respetuoso. Hubo un gran interés en generar consenso.

¿Qué implicaciones tuvo ser el único enlace entre el Gobierno y la asamblea?

Al principio fue una situación difícil. En un proyecto de reglamento se dijo en un primer momento que los ministros podían ser escuchados por la asamblea. Pero el reglamento final prohibió esa posibilidad. De tal manera que el único gobierno era yo. Eso fue un privilegio, pero una enorme responsabilidad. La esencia de lo que aporté fue la discusión razonable.

En un principio hubo prevención conmigo, la asamblea quería reafirmarse como soberana y de algún modo entré yo en una posición difícil y medio marginal. Alguna vez conté una anécdota graciosa y es que cuando servían la comida para los constituyentes a mí no me daban porque yo no era constituyente. Eso era estrambótico, pero cambió. Al final se pudo ejercer un papel de liderazgo conjunto con otras personas que terminó en un aplauso prolongado y una ovación de pie hacia mí el día de la expedición de la constituyente. Ese ha sido uno de los momentos más felices de mi vida

¿Qué destacaría del presidente César Gaviria frente a la constituyente?

El liderazgo de Gaviria se expresó desde el principio. Cuando los estudiantes idearon la llamada Séptima Papeleta, él era candidato presidencial y fue el primero que recogió la idea y se comprometió con ella. Yo sostengo que el presidente no solo se comprometió como candidato, sino que tan pronto se posesionó comenzó el trabajo al que ya aludí de configuración del acuerdo unificado, en el que vigiló hasta el último detalle: desde las nociones constitucionales hasta el funcionamiento de la constituyente. Me atrevería a decir que sin Gaviria hubiera sido una idea interesante, pero que probablemente habría muerto por inanición, como suele ocurrir.

¿Cómo recuerda el episodio de la presidencia y la intención de bloquear a los liberales?

La primera idea del Partido Liberal fue que, aunque muchos liberales llegaron por listas separadas, el recuento de escaños favorecía al Partido Liberal. Entonces reivindicó la presidencia. En ese momento Salvación Nacional y el M-19 se unieron para impedir ese resultado con el argumento de que también tenían formaciones sólidas y que sumados terminaban siendo mayoritarios. La solución fue mágica, parecía inviable cuando se habló de la presidencia conjunta tripartita (Álvaro Gómez, Antonio Navarro y Horacio Serpa). Lo que pudo haber sido un gran fracaso funcionó perfectamente. Digo que fue casi milagroso, porque tres presidentes, con el mismo poder, la misma fuerza e incidencia jurídica siempre cooperaron aun con matices y diferencias en el logro de la Constitución.

Hubo un episodio muy controversial y fue el asunto de la revocatoria del Congreso. A la luz de treinta años después, ¿cree que fue necesario?

Voy a decir una especie de sacrilegio que puede ser también un adelanto de un libro que estoy escribiendo y está próximo a salir. Lo más triste de la revocatoria es que había razones mecánicas para justificarla, porque cambió la composición del Congreso y ahora había circunscripción nacional. Pero las razones políticas fracasaron. No ganamos nada y en el nuevo Congreso, después de esa oleada de cambio que trajo la constituyente con esa idea de nuevo país, se repitió la historia y hasta peor. El nuevo Congreso no satisfizo las expectativas y las viejas maquinarias, seguramente advertidas del cambio, coparon el escenario electoral.

Hablando con constituyentes, califican lo vivido en los cinco meses de asamblea como algo casi mágico e irrepetible. ¿Cree que es así? ¿Cómo lo vivió usted?

Yo sí creo que fue así. Primero porque a la constituyente llegamos en un momento muy crítico al que contribuyeron distintos vectores. Por un lado, la crisis política que se convirtió en una gran crisis de orden público: la muerte de los candidatos presidenciales, entre ellos Luis Carlos Galán. Hubo una sensación de límite, que se había caído en el abismo, acentuado mucho entre los jóvenes. Por eso surgió aquel movimiento de la Séptima Papeleta. Pero simultáneamente había una gran fatiga con la clase y tradición política. La degradación y las uñas de la corrupción empezaron a ser determinantes en las elecciones. Había un desencantamiento. Por un lado estaban la muerte y la violencia del narcotráfico, pero por otro estaba la capacidad de recuperación y de traer esperanza en medio de una falta de confianza absoluta.

El tercer elemento es que había un deseo de romper las prácticas que traía la Constitución anterior, algunas muy autoritarias. Los jóvenes de hoy no alcanzan a calibrar eso. Por ejemplo, el presidente con los ministros, sin un juez de por medio, podía detener personas por un tiempo alegando problemas de inseguridad o riesgo del orden público. Esta figura se enmarcaba en el estado de sitio, lo que significaba poderes de orden público, que se convirtió en la forma de gobernar y legislar. La legislación terminó en manos de los presidentes. Supuestamente había límites, pero en la realidad era un país con una arquitectura deforme en la que las decisiones eran de carácter presidencial.

¿Cuál cree que es su huella en la Constitución de 1991?

Yo de lo que me siento más orgulloso es de que en el momento que realmente hubo debate fue para la creación de la Corte Constitucional. De tal manera, sin vanidades, allí mi aporte fue determinante porque fue un momento en el que combatimos a la manera de un cuerpo tradicional pero tuvimos un triunfo importante. El Gobierno incidió en el tema de la tutela, pero eso no solo fui yo sino otros asesores, como Manuel José Cepeda, y muchos constituyentes.

¿Cuál fue el gran logro de la constituyente?

Lo importante es el impacto político y cultural. La Constitución abrió una nación que habíamos tenido en el congelador. Mostró que éramos multiculturales y reconoció a las etnias y la base fundamental, que es el pluralismo, el respeto a las ideas ajenas y la idea de que hay distintos poderes que pueden coexistir mutuamente. Ese es el alma de la Constitución y el alma está viva. Aunque hay cierto reflujo hacia un grado de autoritarismo que se está viendo en el ambiente.

¿Cuáles fueron esos grandes errores de la constituyente y los pendientes que tiene?

El error más visible fue el de tratar de derogar una ley natural que dice que las manzanas podridas terminan pudriendo a las manzanas buenas y nosotros cometimos el error de creer que se podía volver al revés. Entonces ahí se tomó la idea de incorporar a los jueces a determinadas elecciones de las contralorías y de órganos de control. Entonces la justicia, sobre todo las altas Cortes, se llenaron de competencias electorales. El resultado fue el contrario al que queríamos. Entonces las manzanas podridas de la mala política terminaron infectando a algunos miembros de la rama Judicial y crearon una cierta sensación de politización de la rama que hoy estamos padeciendo.

Después de treinta años, ¿cree que se necesita una nueva constituyente, como proponen sectores del uribismo?

Es una discusión que se puede desde distintos ángulos. Una de las preguntas es si es necesaria. ¿Se han bloqueado de tal manera los elementos de cambio democrático para dar ese salto? Yo no lo creo, entre otras cosas porque lo esencial de la Constitución está vigente y es lo que nos debe regir. No digo que la Constitución actual sea intocable, he señalado varios defectos. Pero el propósito central, como hoja de ruta para Colombia, no exige una constituyente.

Lo segundo es la discusión de que la manera como se está presentando esa constituyente encierra un grave peligro: es un lobo con piel de oveja. Se apela al pueblo y a la mayoría, pero detrás de ello hay una figura que ha auspiciado el Centro Democrático y es el llamado estado de opinión. En algún momento llegaron a decir que este era la fase superior del estado de derecho, pero eso quiere decir que se renuncia a la deliberación, a la representación y a la reflexión para que, emotivamente, se empiecen a tocar aquellos temas de derechos intangibles que pueden ser minoritarios, pero responden a la dignidad humana.

Yo veo que en la cultura colombiana hay un retroceso. Me da pena decir, pero en el 91 comenzó un proceso de reconocimiento de ideas de apertura y del reconocimiento de las diferencias geográficas -con la descentralización y autonomía-, personales -con el reconocimiento de las étnias- y culturales -con el respeto a las visiones alternativas y minoritarias-. También estuvo la separación de la iglesia de las políticas públicas que nos permitió respirar por fuera de simples convicciones religiosas así sean mayoritarias.

Hace 30 años usted fue la representación del gobierno en la constituyente y hace 5 años fue jefe negociador en los acuerdos de la Habana. ¿Cree que su papel como negociador fue una continuación en su trabajo en la constituyente?

No tengo duda, respondo categóricamente que sí. No solo por el derecho en la paz en sí mismo y los esfuerzos de un país de lograr la garantía de ese derecho que se desprende el ejercicio de otros derechos, sino porque la línea que presentamos tanto en Caracas -en los diálogos con la Coordinadora Guerrillera- como en los cinco años de la Habana son propuestas que desarrollan la constitución. Es una cosa muy interesante porque dicen que la constitución fracasó porque se armó en pro de la paz y decían que las Farc siguió y otros, pero la pregunta era qué había que cambiar para lograr la paz. Las conversaciones de la paz demostraron que había que recuperar las ideas originales de la constitución para adelantar el proceso de la consecución de la paz.

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