La exgalanista que mandó al infierno a Gabo

La polémica representante del Centro Democrático, que esta semana protagonizó una ardua pelea con una víctima de las Farc, viene de una familia llena de primos que se casaban, fue criada por una nana negra que adora y es consciente de lo políticamente incorrecta que es.

María Fernanda Cabal fue la cabeza de lista del partido de Álvaro Uribe para la Cámara de Representantes por Bogotá. Obtuvieron 317.898 votos. / Gustavo Torrijos

María Fernanda Cabal Molina, la mujer que mandó al infierno a Gabo por su amistad con Fidel Castro; la misma que acusó a una víctima de las Farc de padecer el Síndrome de Estocolmo por aparecer sonriendo en una foto en La Habana; aquella que casi nunca va a misa y, sin embargo, le agradeció al expresidente Álvaro Uribe y “al Todopoderoso” por no “dejar caer la patria en manos del comunismo ateo” —sea lo que sea que eso signifique—; esa a quien califican de sectaria y ponzoñosa por sus lenguaraces trinos, lleva años nadando en las aguas de la controversia. Se le nota a leguas: está más que acostumbrada. Y no sólo por ser la esposa del polémico José Félix Lafaurie.

Tiene 48 años, 1,74 metros de estatura, un pasado galanista y una familia llena de amores cruzados. “Mis papás son primos entre sí, no en primer grado, pero sí varias veces porque vienen de una familia de una consanguinidad muy alta”, cuenta Cabal. Sus cuatro abuelos, todos de Buga, también estaban emparentados. “Lo único que tenemos de sangre distinta a Buga es porque mi bisabuela materna llegó de Abejorral, Antioquia. Mi mamá dice que por eso nos salvamos de salir tontos”. De las tres hijas de Santiago Cabal y Amparo Molina sólo una, la del medio, se casó con un primo lejano. Se divorció luego, y ahí murió la tradición de que los apellidos Cabal y Molina se alternaran de generación en generación.

La enfermedad de su hermana mayor, diagnosticada como maniaco–depresiva, es un recordatorio de las consecuencias de la endogamia que solía ser tan habitual entre las familias adineradas. En ese tema la congresista prefiere no ahondar: “A ellos les parecía normal, era pueblo”, señala, mientras recuerda que durante su infancia siempre se entendió mejor con esa hermana “compinche”. Con la del medio, dice, la cercanía vino más tarde. Vive en Miami desde que casi secuestran a su hijo mayor en Cali. “No volvió al país, no quiso, de la angustia. A veces me ayuda. Le hizo la campaña al presidente Uribe en 2002, y cuando él viajaba a Miami, en su casa se quedaba”.

Cabal, como ella misma lo proclama a los cuatro vientos, es una escudera incondicional de Álvaro Uribe Vélez. Cuando el Centro Democrático se lanzó a la búsqueda de firmas para poder participar en las elecciones de 2014, a ella le gritaban en la calle cosas como “paraca hijueputa”; Cabal lo ve como “gajes del oficio”. La pastora de la iglesia cristiana a la que ocasionalmente asiste le dijo que a ella le iría muy bien, y el 9 de marzo el Centro Democrático fue el partido con mayor cantidad de votos en Bogotá. “Obviamente es Uribe —admite Cabal—, pero un Uribe sin gobierno ni Distrital ni Nacional, y uno haciendo trabajo puerta a puerta”.
Esa pastora se llama Alba Ruby Valencia Carmona y la recibe en su iglesia, Los Ungidos de Dios, desde hace más de siete años, cuando una empleada de Cabal las presentó. Ella visita este espacio cristiano situado en el sur de Bogotá algunos martes o jueves para orar de 6 a 7 de la mañana. “Allí pasan cosas fuera de lo común, pero si las digo me van a creer más loca de lo que ya me creen”. La pastora le corresponde el cariño y asegura que Cabal “vive deseando ayudar a los colombianos. Es una mujer con muy buenos principios y valores, con un corazón y una entrega total a los pobres para ayudarlos a salir adelante. Ama a Dios y lo respeta; ama a las personas y las respeta”.

Quienes han padecido las arremetidas de la representante, sin embargo, discrepan. Como Ángela Giraldo, hermana de Francisco Giraldo, uno de los 10 diputados del Valle que fue masacrado por las Farc en 2007 tras cinco años de cautiverio. Ángela estuvo en el primer grupo de 12 víctimas que viajó a Cuba la semana pasada y apareció en una foto saludando a un hombre mientras sonreía. “Esta ‘víctima’ saluda a las Farc muy contenta... ¿Síndrome de Estocolmo?”, expresó Cabal en Twitter. El hombre resultó ser Jaime Avendaño, delegado del Gobierno. Antes de disculparse, Cabal refutó: “¿Y qué quiere, que cada vez que comente una foto les pida el pasado judicial a los que aparecen en la imagen?”.

Ese comentario en redes sociales le costó a Cabal una denuncia: Giraldo fue a la Fiscalía y dijo que la congresista la había injuriado y calumniado. “Quieren encasillarnos a las víctimas en el pasado, pero desde que mataron a mi hermano yo tomé la decisión de trabajar por la paz de Colombia. No retiré la denuncia porque me han seguido llegando amenazas. Nos puso en una situación incómoda a ambas. Yo no la conozco, pero me quedé con la impresión de que ella es una persona fría y cruel”, le dijo Giraldo a este diario. Todo este lío conllevó a que la Fiscalía le pidiera a la Corte Suprema —juez natural de Cabal ahora que es congresista— que la investigara no sólo por calumnia, sino también por hostigamiento.

“Si quieren que deje de trinar, tendrán que asesinarme”, respondió Cabal. No es ésta, tampoco, la primera vez que se enfrenta a la Fiscalía General con ese tono desafiante. Lo hizo igualmente hace cinco años, cuando dejó de ser la jefa de la Oficina de Asuntos Internacionales durante la era de Mario Iguarán. Salió en medio de acusaciones de que había filtrado información a narcotraficantes y de que se le había atravesado a la decisión de vincular a 69 militares en el expediente de la masacre de San José de Apartadó, aquel bárbaro episodio del conflicto nacional en el que ocho personas fueron asesinadas: tres eran niños, y a una pequeña de 2 años la degollaron. En ese entonces, en entrevista con este diario, le dijo a Iguarán que a su equipo de trabajo le faltaba mundo.

Su animadversión hacia la izquierda es tan conocida como la de su esposo, José Félix Lafaurie, quien en el primer periodo de Uribe fue superintendente de Notariado y Registro y ahora preside la Federación Colombiana de Ganaderos (Fedegán). Su oposición a los diálogos con las Farc ha sido tan férrea que alguna vez un ministro de Santos habló de una “vaca muerta” atravesada en el camino de la paz; columnistas como León Valencia lo han señalado de ser un poder sin control que influye hasta en la elección del presidente de Colombia; y la Fiscalía indaga si es cierto que buscó a los paramilitares para asegurarse de que Mario Iguarán llegara a la Fiscalía. Lafaurie niega cada acusación, sostiene que nunca ha hecho algo ilegal y argumenta que el proceso de paz no va para ninguna parte. Lo mismo piensa su esposa.

Lo que pocos saben es que María Fernanda Cabal hace tres décadas se declaraba galanista: “Yo recuerdo los discursos de Galán que eran un espectáculo, y además me parecía guapísimo: yo de 16 años; él de ojos azules y una sonrisa… Me firmó un libro con su autógrafo, no me acuerdo dónde está”, cuenta con pesar. “¿Galanista? (Risas) Francamente no sé qué decir al respecto. Es muy distinto lo que representa el Centro Democrático de lo que representaba Luis Carlos Galán y el Nuevo Liberalismo, que era un movimiento de centro–izquierda”, resalta Carlos Fernando Galán, hijo del inmolado líder político y primíparo en el Congreso como Cabal Molina.

Con su padre, Santiago Cabal Rivera, compartía varias aficiones: el galanismo, el amor por la literatura, la cultura y la historia, el teatro, la ópera y “la pasión de un pueblo”. Santiago Cabal, ingeniero mecánico estudiado en la Universidad de Michigan, fue uno de los fundadores del Club América de Cali. La primera vez que su hija menor pisó el estadio Pascual Guerrero, recuerda ella, tenía 4 años, los pies no le llegaban al suelo y se sentaron en Oriental porque Occidental no se había construido todavía. “Conservo la boleta de la primera estrella del América, 19 de diciembre de 1979”. Hecha adolescente, se iba con sus primas al norte de Cali a intentar ver jugadores como Juan Manuel Battaglia, “vivíamos enamoradas”.

Santiago Cabal Rivera fue, además, “muy llerista de Carlos Lleras”. El mismo presidente entre 1966 y 1970 de quien proviene Germán Vargas Lleras, hoy vicepresidente del Gobierno del que Cabal es tan opositora como lo es Álvaro Uribe. A él le profesa toda su lealtad pero ni así coinciden en todo: mientras el Uribe jefe de Estado pedía en 2005 que los jóvenes dejaran “el gustico para la familia”, Cabal dice que por ideas así “es que la hija de uno queda preñada. No se trata del extremo religioso de la abstinencia, ¿a quién no le gusta tirar?”. Tampoco comulga con la penalización del aborto: “Me gusta defender la vida pero no encarcelando a una mujer. A las mujeres hay que enseñarles primero a quererse y a cuidarse”.

Aclara, eso sí, que no está de acuerdo “con la promoción del aborto como modelo, que es lo mismo que me pasa con el tema homosexual. Yo no tengo problema con ningún maricón, tengo amigos y gente que trabaja conmigo, pero no me impongás el modelo gay pa’ los niñitos”. De hecho, el gerente de su agencia de viajes para estudiantes, Pedro Nel Montemiranda, es gay: “Nos conocimos en Cali hace 14 años y he estado a su lado por mucho tiempo. Siempre muy querida conmigo, muy cordial con mis parejas. Ella es una persona de un corazón muy grande”, le dijo a este diario. “Es posible que su personalidad la meta en líos y en eso quizá debería tener más cuidado, pero nunca con el ánimo de ofender, eso es claro”.

“En la universidad ya me decían radical, pero es que siempre he sido de posiciones, y lo que digo lo mantengo. Hay cosas que no me soporto y termino siendo políticamente incorrecta”, asegura. Unos lo consideran sinceridad espontánea; otros lo llaman patanería. Ella entiende el feminismo desde aquella posición errada de odio hacia los hombres y reclama: “¿Yo por qué voy a odiarlos si no hay cosa más deliciosa?”. Pero ella misma, aunque no lo vea así, es el reflejo de esa ideología que rechaza. Su abuelo paterno fue tan liberal que les dio estudios universitarios a sus tías. A las feministas se les debe, entre otras cosas, la posibilidad de que las mujeres elijan y sean elegidas. Es decir, Cabal les debe el puesto.

María Fernanda Cabal Molina creció en una familia que oscilaba entre el liberalismo paterno y el conservatismo materno que en tiempos electorales llenaba la casa de afiches de Álvaro Gómez. Idolatra a su nana, Leyda Marta Alegría, “la única verraca negra que siendo de Puerto Tejada es hincha del Cali”, y explica que desde pequeña ha sentido una gran afinidad hacia los negros: lleva años trabajando con comunidades afrodescendientes, igual que lo ha hecho con campesinos con programas como “Una vaca por la paz”. Su radicalismo y sus comentarios venenosos, sin embargo, parecen ser la promesa de que de una forma u otra la polémica siempre le tendrá un espacio reservado en primera fila.


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