Fuego en el Congreso: 70 años de la balacera en la Cámara de Representantes

El 8 de septiembre de 1949, liberales y conservadores se enfrentaron a bala en la Cámara de Representantes. En el hecho murió el liberal boyacense Gustavo Jiménez Jiménez y resultó herido de gravedad Jorge Soto del Corral, quien murió en 1955 como consecuencia de la bala que lo impactó.

Policías resguardan el cuerpo del representante liberal Gustavo Jiménez.
Policías resguardan el cuerpo del representante liberal Gustavo Jiménez.Archivo El Espectador

En la madrugada del 8 de septiembre de 1949, en el Salón Elíptico de la Cámara de Representantes, del Capitolio Nacional, llovieron balas. Eran días de alta tensión política. Jorge Eliécer Gaitán había sido asesinado un año y cinco meses antes, el 9 de abril de 1948, y se empezaba a configurar en Colombia el período de profunda agresión partidista que quedó denominada en los libros de historia como La Violencia. Un tiempo en que los muertos se contaron por millares en las ciudades y los campos, como consecuencia del enfrentamiento armado de un país bipartidista que dividió sus afectos entre el Partido Liberal y el Partido Conservador.

Se vivían los últimos meses del gobierno del conservador Mariano Ospina Pérez, pero en el Congreso de la República la mayoría era liberal. Francisco Eladio Ramírez presidía el Senado y Julio César Turbay —gobernante de Colombia en el período 1978-1982— era la cabeza de la Cámara de Representantes. En el Congreso se discutían unas objeciones —totales por inconstitucionalidad y parciales por conveniencia— que el presidente Ospina Pérez había presentado a un proyecto de ley aprobado para adelantar las elecciones presidenciales para el 27 de noviembre de 1949. A la luz de la realidad política del momento, iban a ser negadas en ambas corporaciones. 

La prensa del 7 de septiembre registró que la plenaria de la Cámara quedó convocada para las cinco de la tarde, pero desde el conservatismo comenzaron los anuncios de guerra. El representante Humberto Silva Valdivieso dijo que no se iba a permitir, si las objeciones fracasaban, que los liberales votaran el 27 de noviembre y que eso se iba a hacer con violencia. Los liberales, por su parte, respondieron. “Es una declaración loca y antipatriótica”, expresó el representante Jorge Uribe Márquez. De hecho, como una afrenta a la futura constitucionalidad, el Partido Conservador publicó la resolución 97, que convocó para el 25 de febrero de 1950 a una convención nacional para proclamar candidatos a la Presidencia, desconociendo la ley que adelantaba las elecciones. 

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Estaba claro. En ese momento los liberales querían elecciones adelantadas, pero los conservadores no. Hacia las cinco y media de la tarde del 7de septiembre se inició la plenaria para discutir las objeciones y ya abundaban las advertencias en el ambiente. “A la curul de senador de Carlos Lleras Restrepo acudió una persona de apellido Salgar y le dijo que iba a haber vaina en la Cámara. Entonces, Lleras acudió a la Cámara y les dijo a Julio Roberto Salazar Ferro y a Jorge Uribe Márquez que no se dejaran provocar y que no contestaran a los ataques”, cuenta hoy Rodrigo Llano Isaza, historiador y veedor nacional del Partido Liberal. 

Las intervenciones comenzaron con el conservador Carlos Augusto Noriega y continuaron con el liberal Néstor Pineda. Luego, el conservador Bernardo Martínez Pereira empezó a lanzar improperios contra el representante liberal Pedro Nel Jiménez porque su padre era conservador. “El representante Jiménez contestó a Martínez Pereira con un discurso elevado, de corte literario, que fue aplaudido incluso por miembros de la representación conservadora”, reseñó el diario El Espectador en su edición del 8 de septiembre de 1949. También intervino el representante conservador José María Nieto Rojas, quien incluso manifestó que la candidatura liberal de Darío Echandía estaba manchada de sangre. 

El debate continuó subiendo de tono cuando el conservador Carlos del Castillo Isaza tomó la palabra y puso en marcha lo que se había planeado. “La idea que tenían los godos era matar a Julio Roberto. Eran como las nueve y media de la noche y mi papá me dijo: ‘Van a matar a Julio Roberto. Es necesario avisarle. Yo llamé a la Cámara, pero allá me dijeron que no podía pasar. Mi papá entonces cogió el teléfono, se comunicó con alguien de la bancada liberal y le ordenó: ‘Dígale a Julio Roberto que le prohíbo terminantemente que responda a los insultos y amenazas. Que no se pare a hablar porque lo van a matar’”. El relato es de Carlos Lleras de la Fuente, hijo del expresidente Carlos Lleras, y lo consignó Otty Patiño en su libro Historia privada de La Violencia en Colombia. 

 
Gustavo Jiménez y Carlos del Castillo.
Archivo El Espectador



El ataque

En efecto, Del Castillo Isaza comenzó a lanzar ataques personales contra Salazar Ferro y acusó a su hermano de ser el “único responsable” de la muerte de cuarenta conservadores en Gachetá (Cundinamarca). A pesar de la orden de Lleras Restrepo y de su estado de salud, Salazar Ferro le contestó a Del Castillo Isaza que su hermano había sido absuelto por el Tribunal Superior de Medellín. Pero Del Castillo no se detuvo y, por el contrario, aseguró que Salazar Ferro era el autor intelectual de la muerte de 1.500 conservadores en Boyacá. “Cuando ya faltaban pocos minutos para las doce de la noche, el presidente de la Cámara, representante Julio César Turbay, levantó la sesión y anunció que debía reanudarse a las doce y cinco minutos de la noche, ya del día 8. Antes de hacerlo, dejó el uso de la palabra al representante Del Castillo”, escribió El Espectador

Reanudada la sesión, Julio Roberto Salazar Ferro, quien por esos días se recuperaba de un infarto, no contestó más. En cambio, “el que se paró a contestar fue el representante por Sogamoso Gustavo Jiménez Jiménez, un hombre de treinta años, abogado de la Universidad Libre y jefe de la izquierda liberal de Boyacá. Contestó también de forma agresiva”, cuenta el historiador Llano Isaza. “Le dijo que él se había cambiado los apellidos porque figuraba en la Cámara como Del Castillo Isaza, cuando de verdad era Castillo Saza. Además agregó que él conocía muy bien a su familia y sabía de dónde venía y que esos no eran sus apellidos”. “En ese momento se formó un incidente cuando alguien añadió que el apellido de Del Castillo no era ese, y dio a entender que era un malnacido”, narra el historiador Alberto Abello. 

El Espectador registró así el cruce de insultos. 

“—Su señoría, honorable representante, no es Del Castillo ni Isaza. Su padre fue un modesto campesino boyacense, que por cierto murió en un lamentable accidente, y era Castillo y no Del Castillo. El apellido de su madre era Saza y no Isaza. 

El representante Del Castillo dijo: 

—¡Yo al menos soy hijo legítimo. Usted no lo es, y reaccione!

El representante Jiménez: 

—Miente… Malnacido”.

Del Castillo, registraron los periódicos, mantuvo su mano derecha en el bolsillo del saco y su actitud siempre fue amenazante. Ante el insulto de Jiménez, el conservador sacó su revólver y le disparó al liberal. De inmediato, varios representantes conservadores, entre los que estaban el general Amadeo Rodríguez, Ricardo Silva Valdivieso, Carlos Augusto Noriega y Daniel Lorza Roldán, subsecretario conservador de la Cámara, también sacaron sus armas y empezaron a disparar. Las balas de unos y otros se cruzaron en el Salón Elíptico. “Del Castillo le contestó diciendo que él era hijo natural y lo desafió a que disparara. Gustavo trató de sacar el revólver, pero Castillo Saza, que estaba listo, le disparó primero y se lo pegó en todo el corazón y lo mató”, recalca Llano Isaza. 

Los presentes se escondieron debajo de las curules, pero uno de ellos, el representante Jorge Soto del Corral —uno de los más notables liberales de la época, llamado la “conciencia tributaria” de la república liberal (1930-1946)—, dejó expuesta una pierna en uno de los pasillos y lo alcanzó una bala. Con dificultades fue sacado del recinto por el representante Virgilio Barco con la ayuda de otros congresistas y trasladado a la Clínica Bogotá. La herida le causó un trombo que se le subió a la cabeza y lo dejó en estado de invalidez permanente. Murió el 28 de junio de 1955 sin que pudiera recuperarse.

En varias notas periodísticas, dando crédito a las investigaciones judiciales, se dijo que se dispararon no menos de cien balas. Otras versiones aseguran que fueron 32 disparos. Lo cierto es que la muerte de Jiménez Jiménez fue instantánea. En el libro de Otty Patiño se incluyó este testimonio de Ricardo Vélez-Rodríguez: “Mi abuelo Amadeo Rodríguez participó y fue herido en el brazo. En el proceso penal que se abrió en su contra fue sobreseído por el juez a cargo”. “Le decían el general Abaleo”, contó por su parte Clara López Obregón en el mismo documento. A partir de ese día, Turbay Ayala, como presidente de la Cámara, prohibió la venta de licor y el porte de armas en la corporación.

 
En la edición del 8 de septiembre de 1949 quedó registrada la tragedia en la Cámara de Representantes.
Archivo El Espectador


El historiador Abello trae a colación una anécdota: “Había un chiste de que el doctor Forero Benavides, que era gordo, y Julio César Turbay se habían escondido en una misma curul y tuvo que acudir un carpintero a sacarlos. Dicen también que la curul de Álvaro Gómez Hurtado, que se paró en un momento dado, quedó con varios orificios de bala”. El cuerpo sin vida de Gustavo Jiménez fue ubicado en un salón contiguo a la presidencia de la Cámara y cubierto con el pabellón nacional. Entre tanto, las bancadas liberales y conservadoras sostuvieron reuniones por separado. A las cinco de la mañana, cuando se reanudó la sesión en el recinto del Senado sin conservadores, los liberales rechazaron las objeciones presidenciales.

Las consecuencias directas del grave suceso se dieron a partir del 9 de noviembre del mismo año, cuando el presidente Ospina Pérez, tras declarar el Estado de Sitio, cerró el Congreso e impuso la censura de prensa. Ese día, cuando los congresistas liberales se dirigían al Capitolio para finiquitar su idea de promover un juicio político contra el jefe de Estado, se encontraron con que las dos manzanas a la redonda del Capitolio estaban custodiadas por el Ejército. Las elecciones quedaron previstas para el 27 de noviembre. Los candidatos eran Darío Echandía por el liberalismo y Laureano Gómez por el Partido Conservador.

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Dos días antes, el 25, durante una manifestación liberal, el candidato Darío Echandía fue atacado y resultaron muertos su hermano Vicente, dos estudiantes y un comerciante. Así lo refiere Llano Isaza: “En una manifestación que hubo por la carrera 13, Echandía iba con su hermano Vicente al lado. El Ejército los esperó en el Centro Bavaria y disparó contra la manifestación. Le dispararon a Vicente creyendo que era Darío, porque se parecían mucho. Entonces, Darío hizo una alocución radial y explicó por qué el Partido Liberal se retiraba de las elecciones, por falta de garantías. El Gobierno logró que Laureano Gómez fuera elegido con el 98 % de los votos”. 

El episodio en el Congreso es uno de los más recordados de la época de La Violencia. “Las sesiones en el Congreso fueron caóticas y violentas y, en septiembre, después de un intercambio de insultos y en medio de pitidos, los representantes sacaron los revólveres”, escribió el historiador Jorge Orlando Melo en el libro Historia mínima de Colombia. “Tampoco en las ciudades duró mucho la tregua entre las élites políticas. En el propio recinto de la Cámara se enfrentaron a balazos parlamentarios liberales y conservadores”, consignó Antonio Caballero en su libro Historia de Colombia y sus oligarquías. 

¿Por qué entraban con armas al Congreso?

Para la época en la que ocurrió la balacera en la Cámara, el país estaba en pleno período conocido como La Violencia, que se incrementó con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948. “Los de la oposición, los liberales, no confiaban en la Policía, decían que era partidista, pero el 9 de abril varias estaciones se levantaron a favor de Gaitán. Los conservadores temían un atentado a la salida del Congreso, se formaban muchos tumultos en la Plaza de Bolívar y no había una Fuerza Pública tan grande para garantizar la seguridad”, cuenta el historiador Alberto Abello.

Sobre los hechos de ese día, Julio César Turbay Jr., hijo del expresidente Turbay Ayala, contó para el libro de Otty Patiño que todo el mundo entraba armado al Congreso, a pesar de que había un filtro. “Pusieron entonces un control para que dejaran los revólveres en la entrada, pero entonces compraron dos revólveres: uno para dejarlo en la entrada y el otro lo llevaban escondido”, comentó Turbay Jr. 

 

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Germán Gómez Polo - Twitter: @TresEnMil - [email protected]

Política

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