La fuerza de las coaliciones

Unas de cal y otras de arena. Esa fue la realidad de los partidos tradicionales en los comicios de ayer, donde en regiones claves libraron un pulso cerrado con los movimientos independientes.

Lo que queda de la jornada

Luego de una más bien corta campaña electoral, ayer finalmente se cerraron las urnas y fueron proclamados preliminarmente por la Registraduría los mandatarios locales para los próximos cuatro años. A la celebración de los elegidos y las caras largas de los perdedores, le sigue la expectativa ciudadana, que está en su derecho de empezar a exigir el buen comportamiento de los ganadores y el balance de una jornada electoral que deja varias conclusiones.

Colombia ha enterrado para siempre el argumento de la lucha armada como consecuencia de la discriminación política. La victoria de Petro en Bogotá y de otros tantos candidatos de izquierda en Gobernaciones y Alcaldías, así lo demuestran. Su triunfo es sinónimo de que Colombia es un país que respeta la diversidad y protege a las personas para que defiendan sus ideas y participen en igualdad de oportunidades con los candidatos del “régimen”, sin que para ello sea necesario acudir a las vías de hecho y, por supuesto, mucho menos al levantamiento armado. Quienes persisten en luchar desde el monte son puros criminales a quienes no puede reconocerse vocería política de ninguna naturaleza.

En segundo lugar, resulta evidente que ha triunfado la política de seguridad de los últimos dos gobiernos. El domingo, salvo unos pocos acontecimientos aislados en zonas de peligro constante, no fueron siquiera noticia los incidentes negativos que se presentaron en materia de seguridad. Muchos no lo recuerdan, pero hace apenas unos años, los electores amedrentados pululaban en varias regiones del país, saliendo a votar con miedo por las represalias de actores armados ilegales que impulsaban el voto por ciertos candidatos.

Vale la pena mencionar también que así como la seguridad no es la principal amenaza ya para el proceso electoral, si lo es la corrupción del proceso político. La compra de votos, la entrega de materiales de construcción, contratos, empleos y toda clase de prebendas sigue siendo el principal motor para que un elevado número de ciudadanos salga a votar. Y si a esto le sumamos la vulnerabilidad de las reglas electorales y de su operador, la Registraduría, es evidente que no hay como luchar contra la trashumancia electoral y toda clase de fraudes electorales que van desde tarjetones marcados hasta ofrecimientos y denuncias por poner o quitar votos en las comisiones escrutadoras. Esto último debería hacernos pensar cuanto antes en la necesidad de introducir reglas claras y simples en el nuevo código electoral que se discute en el Congreso y en la ya urgente implementación del voto electrónico con registro biométrico para las próximas elecciones.

Y hay algo que no se puede ocultar. El desorden ideológico y administrativo de nuestros partidos políticos. En estas elecciones se vio de todo. Partidos que se insultan en una región, se abrazan en la contigua, candidatos salen de un partido, se inscriben por otro y más tarde renuncian y se adhieren a una tercera opción. Ideas conservadoras defendidas por candidatos de izquierda, y pensadores de derecha proponiendo programas demagógicos. Coaliciones indescifrables y candidatos por firmas apoyados sin ningún control. Todo a la medida para empeorar la construcción de partidos con sustratos ideológicos identificables y serios, que sirvan para el impulso de ideas, más allá de las personas.

Para terminar, hay que recordar que la gente con frecuencia se queja de sus políticos. Ojalá los elegidos de ayer no defrauden a sus gobernados, y sobre todo, que sus compromisos de campaña sean honrados por sus obras de gobierno. Solo así, aprenderemos a votar y a elegir y los candidatos a cumplir.