Guerrera anfibia

Consolidó en 2014 su influencia política apoyando la reelección de Santos y convirtiéndose en una senadora que lidera los debates más candentes contra el propio gobierno o la oposición.

"Formación de casa”, así de somera fue la respuesta que dio doña María del Carmen Hernández, madre de la senadora Claudia López, cuando le preguntaron qué influencias determinaron la ideología de quien es uno de los personajes más notables de este año en Colombia. Doña María del Carmen fue maestra del Distrito durante 40 años, sindicalista muy activa, fundadora de grupos de danza y música, y tiene tres hijos más (Claudia es la mayor): un músico, un filósofo y una trabajadora social, esta última especializada en trabajos con habitantes de la calle.

En esa caldera familiar de oficios generosos retoñó el talante guerrero que le permitió a la muchacha mayor obtener, en las elecciones pasadas, ochenta y siete mil votos. Ahora el país cuenta con otra voz que contribuirá a ponerlo al día en varias materias atrasadas para insertarlo en la contemporaneidad, así como suena: reivindicación de la vida por encima de la criminalidad institucionalizada, respeto a las opciones sexuales estigmatizadas por un estado confesional, garantía de un medio ambiente sano en el que los imperativos del mercado no conspiren contra la naturaleza, atención absoluta a la salud y la educación, sin cálculos de una rentabilidad distinta a la victoria contra la enfermedad y la ignorancia, equidad para con las regiones a las que las élites urbanas han dejado botadas para beneficio de los mafiosos y políticos locales. No está todo ahí, pero en esa enumeración de prioridades pudiera sintetizarse “el pacto entre política y ciudadanía” que propone esta senadora. Y aunque considera que el ámbito realista para esos logros es el posconflicto, no sería extraño que los pidiera para ya, pues es algo acelerada.

En cualquier tertulia progresista esos deseos circulan desde hace rato. Pero el que esta carismática mujer les haya dado identidad y convertido en programa, tiene la virtud de hacerlos parecer viables. Y por eso ha tenido que pagar —como otras personas, que no son tantas en este país gregario— con amenazas y exilios su temeridad.

Raras veces una científica social desea embarcarse en la batahola de las refriegas políticas. La mayoría prefiere el estrés menos mediático de la academia y del debate bibliográfico. Pero Claudia López es anfibia y compra peleas a campo abierto. Y la verdad es que los entuertos que ha descubierto en sus pesquisas de documentos hacen explicable el temperamento polémico que tiene en su ADN. Imposible que su adrenalina hubiera podido contenerse al revelársele, con datos fehacientes, esa alegre componenda en que se la pasaban, en la aldea colombiana, la clase política, los mafiosos y esa criatura que parieron entre ambos: los paramilitares. Eso era una sola robadera de plata y un chorreadero de sangre, lo que no ha cambiado mucho.

Fueron justamente Claudia López y León Valencia —trabajando por separado y sin conocerse entre sí, ella quemándose las pestañas en archivos y bibliotecas, y él a través de la Fundación Arco Iris, y con un riguroso trabajo de campo con muchos asistentes— quienes en un foro convocado por Rafael Santos, en 2005, dieron a la luz pública esa primicia trágica sobre la captura del Estado, en las regiones, por parte del crimen organizado y los poderes locales. Sus datos coincidían de manera inquietante y probatoria.

Después, nada volvió a ser igual. La Corte condenó a los primeros siete parapolíticos y siguió jalando del hilo hasta lograr un efecto dominó que llenó las cárceles.
Ama entrañablemente los perros, en especial su labrador. Por la custodia de éste libró y ganó un litigio fortísimo con su penúltima pareja de cinco años. Sus amigos le dicen la “rompecorazones”.

Discrepo de la rigidez que le hace ver como simétricos a los paras con los guerrilleros. Debiera investigar mejor eso. También pensó que Uribe y Santos eran la misma cosa. Al final, y con reservas, opinó distinto del último, y lo ayudó a ganar.

* Columnista de El Espectador