“La paz es muy difícil mientras valga más una bala que una idea”: Horacio Serpa

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Alejado de la política y luchando contra un cáncer, Horacio Serpa Uribe reflexiona sobre su pasado, de lo cerca que estuvo de ser presidente de Colombia, de las traiciones y de la muerte.

Refugiado en sus cuarteles de invierno y alejado de las lides políticas, Horacio Serpa Uribe, quien, dicen muchos, tuvo que haber sido presidente de Colombia, afronta hoy la más dura de las batallas: la de la vida. Aquejado por un cáncer que lo ha obligado a intensas sesiones de quimioterapia, mantiene el entusiasmo que siempre lo caracterizó, convencido de que aún tiene cosas por hacer.

En este diálogo vía correo electrónico con El Espectador —que ocurrió antes de los acontecimientos de los últimos días sobre la medida de aseguramiento contra el expresidente Álvaro Uribe y la propuesta de una constituyente planteada por sus seguidores—, reflexiona sobre su pasado, habla de sus candidaturas, del “Toconser” (todos contra Serpa) y de las traiciones, reconoce que se le fue la mano con Humberto de la Calle cuando le dijo que no era “ni chicha ni limoná”, dice que nunca se imaginó que Juan Manuel Santos fuera a ser presidente, que en el Partido Liberal hay gente buena pero también “mucho mequetrefe” y habla de la muerte, a la cual mira sin miedo, pero con respeto.

Una primera y necesaria pregunta: ¿cómo está su salud?

Estoy muy mejorado. El cáncer me cogió duro: páncreas con metástasis en hígado y uno independiente en colon. Me operaron con éxito las dos primeras lesiones y estamos pendientes del colon. Hago quimioterapia y me encuentro bastante bien, ya hablo, leo, escribo, pienso, en fin, camino, estoy completo, gracias a Dios, la ciencia médica, la familia y la energía positiva de los amigos.

Usted ha sido un hombre de duras batallas, ¿siente que esta es la más difícil?

Sin duda ha sido la más dura. Estuve muy enfermo, pero voy saliendo adelante. Mucha disciplina, atendiendo a los médicos, escuchando a Rosita y la familia, con fe, de buen genio, con alegría, con optimismo.

En un reciente diálogo con la revista “Semana”, usted decía que nunca quiso ser presidente. ¿En serio? Discúlpeme que se lo diga, pero eso no se lo cree nadie…

En serio. Pensaba terminar mi carrera pública en el Ministerio del Interior que creamos en esa época con el doctor Ernesto Samper; ya había sido de todo en el sector público, para qué más. Fue una época difícil, el país se polarizó y yo estaba en medio de la trifulca, cuando se abrió una oportunidad para luchar la candidatura liberal. No dudé, no tenía nada qué perder y llevaba en el alma el servicio público y mi amor por la gente. Me metí porque me la encontré y consideré, con los amigos, que era mi deber asumirla.

Y la tuvo cerca cuando perdió con Pastrana, ¿qué cree que determinó esa derrota?

Sí, la tuve muy cerca. Pero era muy difícil, fueron los días del “Toconser” (todos contra Serpa). La luché, sin plata, sin mucho espacio en los medios de comunicación, pero éramos un equipo formidable, con mucho pueblo, y la íbamos a ganar. Se nos atravesó el pacto de Pastrana con Marulanda y las Farc, fue una gran jugada política, si se tiene en cuenta que mi tema principal era la paz. Quedamos colgados de la brocha.

¿No será que el haberse convertido en el fiel escudero de Samper afectó su propia proyección política?

Eso dicen, pero no fue así. Tuve la oportunidad de luchar por la Presidencia por ser afecto y leal a Samper. Ya era conocido en el país, había sido alcalde de Barrancabermeja, mi orgullo; representante a la Cámara, senador, consejero presidencial de Paz, procurador general, constituyente, en fin, se juntó todo eso y fui un buen candidato. Además, contaba con un partido organizado, liberal, berraco. No ha vuelto a presentarse una lucha política tan formidable como esa.

El escritor y periodista español Rafael Barret dice que “en política no hay amigos, sino cómplices”, ¿usted cree que es así?

Sí, y Porfirio Díaz, dictador de México, dijo que en política todos los amigos son traidores y todos los enemigos son de verdad. Yo sufrí traiciones, rebeliones internas, incomprensiones y desaires, pero tuve y tengo grandes amigos y compañeros que siguen siendo fieles. Los quiero y agradezco. Digamos que la verdadera política es una pasión, con distintas ideas, por el bien común. Si no hay mística no hay compromiso, es la politiquería y la corrupción.

Echándole una mirada al pasado, ¿cuál piensa que fue su principal contradictor?

A nivel nacional fueron el doctor Pastrana y el doctor Uribe. Pesadísimos, ¿no le parece? Tuve chance con Pastrana en el 98 y con Uribe en 2002, pero fue imposible. Pastrana me batió en la segunda vuelta, con una enorme votación inesperada en Antioquia. Con Uribe, en 2002, me quedé esperando la segunda vuelta. Todavía no tengo claro qué pasó.

¿A quién le gustaría cantarle la tabla?

A los ladrones y corruptos. Ni siquiera se han calmado con la pandemia, su fin es robar y robar. Hay que darles duro con la ley y las llamadas “ías”. ¡Que se vea!

¿A qué o a quien le haría “mamola” hoy?

Le hago “mamola” al coronavirus. Ha sido una desgracia. Me duele la gente necesitada, me duelen los enfermos, las víctimas, sus familias. Me conturba e indigna la pobreza, la miseria que salió a flote con la pandemia. Una lacra social oculta que no conocíamos. Me preocupa mucho, y ojalá todos sean conscientes, porque atenderla y cuidar de esos compatriotas debe ser el primer compromiso posvirus.

¿Qué reflexión le dejó haber participado en casi todos los procesos de paz, desde Belisario Betancur?

Participé en todos con compromiso y con mística. La paz es muy difícil mientras valga más una bala que una idea. Hay que buscar un gran acuerdo integral de largo plazo, mucho más allá de los períodos presidenciales, sin perjuicio de que siga la política, pero acatando y respetando los acuerdos para la paz.

¿La paz que logró Santos podrá ser algún día estable y duradera? Porque, la verdad, hoy se ven negros nubarrones sobre ella…

La paz de Santos fue un éxito, pero no fue integral porque no se pudo. Admiro la tenacidad y sinceridad del presidente Santos y su compromiso con la paz para todos los colombianos.

Por cierto, con la mano en el corazón, ¿usted creía que Juan Manuel Santos podría llegar a ser presidente algún día?

Con la mano en el pecho, no lo pensé. Lo vi siempre como un gran servidor público, inteligente y sagaz. Pero él sí sabía qué era lo que buscaba. Admiré cuando le paró el macho al doctor Uribe y dijo: “Sí hay un conflicto armado”. Y como al que no le gusta el caldo se le dan dos tazas, repitió. Y luego Nobel. Santos nos barrió, pero me pareció bien por la paz y por él.

¿Por qué cree que a principios de siglo se “uribizó” el país y qué consecuencias dejó?

El país se “uribizó” y se conservatizó porque Uribe es inteligente, porque cogió a la gente cansada del tema de la paz, y porque encontró aliados poderosos. El tema del paramilitarismo aún no ha sido bien dilucidado, pero no quiero hacer suspicacias. La historia o los jueces lo aclararán. Reconociendo éxitos y cosas saludables del doctor Uribe, creo que la reelección fue perjudicial. A Uribe le tengo amistad, a raíz de la relación en el poder popular y a que la vida nos ha puesto cerca en muchas ocasiones.

Y de todas esas vueltas aparece ahora Iván Duque, ¿cómo lo ve? ¿Será que, como decía Vargas Lleras, le falta mucho pelo pa’l moño?

Al doctor Iván Duque lo respeto y admiro. Qué tal eso de que a los cuarenta años uno tenga que hacerse cargo de un país de cincuenta millones de habitantes, en plena catástrofe universal. Asumirlo me pareció una machera. Al presidente hay que tratarlo con la mayor consideración, ayudarlo en todo este lío de la pandemia. Ha hecho lo que ha podido y me parece que bien.

Y ya que hablamos de él, ¿Vargas Lleras ya está quemado para la Presidencia?

El doctor Vargas Lleras indudablemente tiene “pelo pa’l moño”, pero ha jugado mal las cartas. No se llega a la Presidencia con solo burocracia y relaciones con los políticos. El pueblo quiere mucho más. No sé si sigue siendo cascarrabias, porque eso no le sirve. Aun es joven y en política las quemadas son transitorias.

De los dirigentes políticos actuales, ¿cuál cree que no es ni chicha ni limoná, como alguna vez definió a Humberto de la Calle?

Hay varios que no se definen, que son dispersos, que no se concretan, como si eso fuera una gracia enorme. Error. Pero no me meto en camisa de once varas mencionando a alguien (…) tener doctrina, ideas, conceptos no se opone a los acuerdos políticos, sin comprometer ideología y principios. Sobre el doctor De la Calle, me da pena el comentario, eran momentos de álgida controversia y reconozco que se me fue la mano. Siempre lo he apreciado, valoro su inteligencia y capacidad, es un auténtico demócrata comprometido con la paz, y si se lanza a la Presidencia, votaré por él y creo que no me costará trabajo convencer a Rosita.

Usted vio llegar a Gustavo Petro a la política, ¿cómo lo ve ahora?

Petro ha tenido la inteligencia de sostenerse en las grandes ligas de la política a punta de opinión. Lo apoyé cuando fue alcalde y lo querían sacar, lo hice como demócrata y por lo que él significa para la paz.

¿Y cómo ve a Sergio Fajardo?

A Fajardo, con respeto y franqueza, no lo veo en este momento en el ambiente nacional. Pero es sano e inteligente. Ah, le dejo una razoncita con cordialidad: en el Partido Liberal hay mucha gente buena. Acepto que también hay bastante mequetrefe.

De la Calle propuso recientemente la necesidad de una gran coalición de centroizquierda, sin egos ni vetos, para poder dirigir al país a partir de 2022. ¿Ese es el camino?, ¿lo cree posible?

Es una buena propuesta, porque al país y a la gente hay que sacarlos de la derecha intransigente e improductiva. Pero no es fácil. En la izquierda-izquierda no violenta hay muchos pareceres, ideologismos y antecedentes diferentes. Pero es una buena tarea para Humberto, pues él sabe dónde ponen las garzas. Me gusta, dado que siempre he sido un liberal de izquierda, de estirpe socialdemócrata.

Hay voces dentro del Partido Liberal, entre ellas las de hijo, que hablan de una renovación e incluso le piden a César Gaviria hacerse a un lado para darles paso a las nuevas generaciones, ¿qué piensa?

Como militante liberal, me gusta. Pero no estoy ni voy a estar en el rifirrafe político, por lo que debo ser prudente y estar callado. Quiero hacer otras cosas, en el plano ideológico, siempre con mis temas de paz, derechos humanos y pobreza.Por cierto, ¿cómo ha visto a su hijo en la política?A Horacio José lo veo bien, él es un joven bien formado, honrado, muy inteligente, estudiado, con sensibilidad social y moderno. Y, como decimos todos los papás, no es porque sea mi hijo. Va bien y le gusta.

¿Quiénes cree que van a pelear la Presidencia en 2022?

Muy complicado. Estarán los obvios, más Galán, con su gran votación en Bogotá, algunas y algunos de los alcaldes y gobernadores estrella, como Aníbal Gaviria, que saldrá bien del lío judicial, y mi paisano Rodolfo Hernández, que está empeñoso. Pero creo que las consecuencias de la pandemia van a modificar muchas cosas y muchas candidaturas. Lo del Centro Democrático no lo veo; muchas peleas, mucha rapiña, poca solidaridad con el presidente Duque, pero el doctor Uribe es un mago para esos tejemanejes.

¿Cuál fue el mejor político o presidente de su tiempo y cuál el más desacertado?

El mejor político de mi época, más de cincuenta años, fue el doctor Alfonso López Michelsen. Pero déjeme decirle que Ernesto Samper ha sido buen político y fue muy buen presidente. Nadie lo supera en lo social, que es lo que nuestro pueblo merece. ¿El más desacertado? No, no, ya no estoy en eso, vivo una época feliz, de tranquilidad, me gusta la política, pero solo intervendré y ayudaré en lo positivo, en lo apacible, en lo que le sirva al bien general.

¿Qué le dejan tantos años de política en cuanto a lo bueno y lo malo?

Me quedaron muchas experiencias. Todos los días desecho cosas inconvenientes y me quedo con lo bueno. No tengo tiempo para pleitos estériles.

¿Se arrepiente de algo que haya hecho o dejado de hacer? Por ahí leí que usted mismo considera que el error más grande de su vida fue haberse dejado convencer de lanzarse a la Presidencia por tercera vez…

Sí, sí me arrepiento de cosas y de errores que cometí, pero tuve más aciertos que equivocaciones. Ahora, a veces me tocó irme por la política bravera, porque entrar a “cachacalandia” y ubicarse bien es muy complicado. Me costó sangre, sudor y lágrimas.

¿Qué respondería si alguien le preguntara, hoy ya alejado de la política, cuál es el legado de Horacio Serpa para Colombia?

Eso toca que lo digan los demás. Planteo que fui un político coherente ideológicamente, un político no ladrón, un político sin escándalos, innovador para la época y colaboré en la construcción de la Constitución de 1991. También, que siempre puse a la familia por encima de todo, y eso es lo que hoy, aún con cangrejo adentro, me permite ser una persona feliz.

Una última pregunta y se la hago con todo respeto: ¿le tiene miedo a la muerte?

Pues al principio no le tenía miedo, la miraba con cierto desdén y fue la época en la que me le medí a todo, sin pensar en riesgos. Después vino una época de discusiones con los amigos, sobre la creación, sobre creer o no, sobre Dios, sobre Jesús, María y la eternidad. Me crié en el catolicismo, con la familia. Hoy soy hombre de fe, creyente, digamos una especie de católico librepensador. Pienso en la muerte, la examino sin miedo, pero con respeto; sé que llegará, como a todos, pero tengo todavía cosas que hacer y digo, con Barba Jacob, “que el día esté lejano”.

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