A propósito de los 30 años del magnicidio de Luis Carlos Galán

“Hubo ministros aguas tibias”: Guillermo Perry

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El exministro publica el libro “Decidí contarlo” (Debate), en el que revela, entre otros episodios, el trasfondo de la época del narcoterrorismo. Fragmento.

Cayeron amigos suyos como Enrique Low y Luis Carlos Galán.

Sí, varios. Me afectó muchísimo, primero, el asesinato de Enrique Low Murtra, un hombre admirable y un amigo muy cercano. Enrique fue un gran abogado, matemático y doctor en economía de la Universidad de Harvard (¡tres grados en carreras diferentes!). Un tipo extraordinario y un gran ser humano. Sencillo, cálido y con un gran sentido del humor. Ocupaba el cargo de ministro de Justicia cuando uno de los capos del cartel de Medellín, Jorge Luis Ochoa, y sus amigos corrompieron a un juez (que terminó luego preso), a los guardias y aparentemente al director de la cárcel para dejarlo salir libre como Pedro por su casa, mientras que organizaron como distracción de la fuerza pública un intento de fuga en la cárcel Modelo de Bogotá. Al igual que Rodrigo Lara antes, Enrique se sintió obligado, en su frustración, a apretar el acelerador contra los narcos. Descubrió que se podía revivir por vía administrativa la extradición, pues la Corte había tumbado el acuerdo con los Estados Unidos. (Murió autor de foto icónica de Galán).

La Corte avaló su interpretación y comenzamos a hacer extradiciones que teníamos que firmar todos los ministros. Recuerdo perfectamente esas discusiones en el Consejo de Ministros. Unos aguas tibias, muertos de susto (no diré quiénes para no hacerlos quedar mal), y otros que apoyábamos totalmente a Enrique. Entre estos últimos estaba César Gaviria, con quien tenía diferencias en temas económicos, pero no en los políticos, pues él era un demócrata y liberal integral. El más famoso de los extraditados fue Carlos Lehder, a quien a comienzos de 1987 lo capturaron en una finca cerca de Armenia, en medio de una orgía gay con muchachos jóvenes y mucha droga. Solo tenía unos guardias jóvenes inexpertos que no opusieron resistencia. Le pregunté a Gustavo Vasco: (Más: La historia del narcoterrorismo).

—¿Cómo puede ser que no tuviera una guardia bien armada y experimentada?

—¿Usted no se fijó que el día anterior el presidente cambió simultáneamente al director de la brigada del Ejército y al director de la Policía para Antioquia? Descubrimos que recibían dinero del cartel de Medellín y les avisaban de todos los operativos.

Por eso el tipo estaba haciendo su orgía tranquilo. De manera inmediata lo extraditamos. El cartel de Medellín comenzó a poner bombas en todas partes: aviones, centros comerciales, etc. Hasta volaron el edificio del DAS. Unos meses después Enrique me contó que él y su familia estaban muy amenazados y que había escrito a Vito Tanzi, el director del departamento de asuntos fiscales en el Fondo Monetario Internacional, con quien había trabajado en temas tributarios, pidiéndole que lo que nombraran allí para poderse ir del país. Pero Tanzi no tenía vacantes en ese momento.

Fui a hablar con Barco:

—Presidente —le dije—, usted tiene que hacer algo con Enrique porque se va a repetir lo de Rodrigo Lara.

—¿Qué considera que debo hacer?

—Nombrarlo en una embajada muy segura.

Y Barco lo mandó de embajador a Suiza, el país más seguro del mundo, con un acuerdo especial de protección. Gaviria y Luis Fernando Jaramillo eran colegas nuestros de gabinete. Supieron los riesgos que corría Enrique y a pesar de eso en el gobierno Gaviria, Jaramillo como canciller, buscando votos para ser nombrado como ministro delegatario (una especie de vicepresidente), comenzó a canjear embajadas por votos en el Congreso y sacó a Enrique y otros embajadores que no tenían poder político. Lo irónico es que lo cambió por Enrique Parejo, del Nuevo Liberalismo, quien sucedió a Rodrigo Lara como ministro de Justicia, también estaba amenazado por el narcotráfico y había sufrido un atentado cuando se desempeñaba como embajador ante Hungría.

Enrique se devolvió al país y no le brindaron protección. Lo asesinaron saliendo de dar clase en una universidad. Esto me provocó tal dolor e indignación que publiqué en mi columna de El Tiempo una carta abierta a la familia de Enrique, haciendo una crítica pública a Gaviria y a Jaramillo por haberlo traído sin protección, sabiendo el riesgo que corría.

Después siguió el asesinato de ese periodista extraordinario que fue don Guillermo Cano y quien estaba llevando a cabo una agresiva campaña contra los carteles desde la dirección de El Espectador. Y así varios otros.

Las cosas se pusieron mucho peor después, durante la campaña presidencial, cuando el narcotráfico asesinó tres candidatos presidenciales: Luis Carlos Galán, quien era entonces precandidato del Partido Liberal e iba a ser el seguro presidente, dada su enorme popularidad; Carlos Pizarro Leongómez, el candidato del M-19, movimiento que había ingresado a la política después del acuerdo de paz firmado con Barco, y Bernardo Jaramillo, el candidato de la Unión Patriótica, más conocida como la UP, movimiento procedente de las Farc que había ingresado a la política durante el gobierno de Betancur y cuyos miembros fueron diezmados por una alianza terrible entre el narcotráfico y algunos sectores de las fuerzas armadas.

Ernesto Samper, siendo también precandidato del Partido Liberal, disputando la candidatura con Galán y Hernando Durán Dussán, recibió tres tiros en el abdomen porque estando en el aeropuerto se acercó a saludar a José Antequera, de la UP, a quien en ese momento le hicieron un atentado. Antequera murió en el acto. Samper se salvó de milagro, pero estuvo varias semanas en recuperación.

¿Cómo manejaron en el movimiento la ausencia forzada de Samper?

Álvaro Uribe Vélez me llamó para decirme que como suplente de Samper yo debería tomar las riendas del movimiento y prepararme para lo peor. Pero yo consideré que el encargado debería ser Horacio Serpa, quien estaba de ministro del Interior, pues era quien entre nosotros tenía mayor trayectoria y autoridad política. Reuní a un grupo de dirigentes del movimiento, les propuse que le pidiéramos a Horacio asumir la dirección y ellos estuvieron de acuerdo. Serpa renunció al ministerio y estuvo al frente del movimiento y la campaña mientras Samper se recuperó. Una noche en la clínica, cuando parecía improbable que Samper sobreviviera, hablamos largamente con Luis Carlos Galán sobre la situación de violencia que vivía el país. ¡Quién iba a pensar entonces que unos meses después Galán caería asesinado por balas del narcotráfico en un acto público de su campaña en Soacha!

El asesinato de Galán estaba prácticamente anunciadoy no lo protegieron.

El asesinato de Galán estaba desafortunadamente cantado desde años atrás, cuando un día, Iván Marulanda, quien era, con Rodrigo Lara, la mano derecha de Galán, supo que un tipo que había salido elegido al Congreso por las listas del Nuevo Liberalismo era un narcotraficante. Enterado Galán, lo expulsó públicamente del movimiento. Y ese político en ciernes, Pablo Escobar, a quien el país aún no conocía, tuvo que entregar su curul en el Congreso y juró que mataría a Galán, como en efecto lo hizo tiempo después, al parecer con la colaboración de gente del DAS. La actuación del DAS fue muy sospechosa, pues los escoltas asignados para proteger a Galán desaparecieron y facilitaron la labor del asesino.

Maza Márquez era el director del DAS de ese momento, pero me cuesta trabajo pensar que hubiera colaborado con el cartel de Medellín en este magnicidio, pues había perseguido al cartel. Fue por eso que le volaron el edificio del DAS. Y luego logró ubicar a Pablo Escobar con la ayuda de los gringos, lo que condujo a la muerte del capo. Lo que sí parece indudable es que Maza Márquez, para pelear con el cartel de Medellín, se alió con el cartel de Cali y terminó untado en manos de ellos.

La responsabilidad intelectual de Santofimio en el asesinato de Galán me parece mucho más probable. Fue aliado del cartel de Medellín y tuvo una cercanía comprobada con Escobar. Hay varias fotos suyas departiendo amablemente con Escobar y testimonios de que usaba sus helicópteros para sus campañas. Y había un motivo: Galán lo estaba desplazando en su carrera hacia la presidencia. El propio Galán advirtió poco antes de morir que si lo llegaban a matar miraran hacia el Tolima.

Los magnicidios de Galán, Pizarro, Jaramillo, Hoyos, Lara Bonilla, Low Murtra, Carlos Mauro Hoyos y Guillermo Cano y el asalto al Palacio de Justicia por intermedio del M-19 fueron los episodios de violencia del narcotráfico que más conmovieron y desestabilizaron al país. Pero hubo muchísimos más. Se decía en esa época que a los jueces y magistrados, a los generales, coroneles, policías y soldados les disparaban cañonazos de plomo o de millones de dólares. Muchos sucumbían muertos o corrompidos. Por eso Barco decidió enfrentar al narcotráfico y trató de reformar la justicia mediante una reforma constitucional, puesto que la justicia existente era incapaz de investigarlos y juzgarlos. Y cuando esa reforma se frustró, inició el proceso que condujo a la Asamblea Constituyente de 1991.

* Cortesía del autor y de Penguin Random House Grupo Editorial.

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