Imelda Daza y Simón Trinidad, dos opciones de vida

El testimonio desconocido de Imelda Daza, ex dirigente política del departamento del Cesar y en los años 80 la amiga más cercana de Ricardo Palmera, comandante de las Farc preso en EE.UU.

“Ricardo Palmera fue mi gran amigo. Lo conocí por allá en 1976 cuando en Valledupar un grupo de jóvenes empezamos una intensa actividad alrededor de la Casa de la Cultura. Organizábamos exposiciones, conferencias y obras de teatro. El promotor de todo era él. Los dos somos economistas. Pasados los 20 años de edad ya estaba interesado por los problemas de los cesarenses. Vivía feliz con su esposa Margarita, sus dos hijos. Era dueño del primer local de alquier de películas de betamax que hubo en Valledupar, donde también vendía juguetes. También de un culltivo de algodón. Había estudiado en Bogotá y en Estados Unidos pero le encataba vivir en Valledupar por el ambiente de paz que se respiraba. No es que los Palmera fuera ricos. Tenían solvencia económica, finca y ganado. La riqueza de ellos era intelectual y moral. Gozaban de mucho aprecio.

A Ricardo le encantaba transmitirle a la gente algo de lo que había estudiado. El primer proyecto en el que coincidimos fue el Instituto Técnico Universitario del Cesar. Él enseñaba macroeconomía y yo introducción a la economía. Coincidíamos en nuestras opiniones, permanecíamos preocupados del bajo nivel académico de una ciudad en crecimiento, sin universidad y dependiente de lo que le diera la burocracia política. Ricardo era muy severo en sus juicios. Tenía la ventaja de que como pertencía a la élite no le daba temor criticar. Yo soy de la familia Daza, muy conservadora y de clase media. No tenía el mismo coraje pero me gustaba hablar con la gente. Yo era la del micrófono y los discursos y Ricardo el de las ideas. Él nunca fue a una manifestación porque lo cohibía su origen social. Tampoco iba a las parrandas, prefería cambiarle el pañal a sus hijos y darles tetero.

Hicimos nuestra primera protesta en la plaza Alfonso López para que el instituto se convirtiera en universidad. Ricardo escribió las carteleras para los muchachos. Decían: “Queremos educación plena”. Así nació la Universidad Popular del Cesar. Fue el profesor estrella. Redactó programas y consiguió la bibliografía. Luego fundamos la Asociación Sindical de Profesores Universitarios junto con José David López Terán y José Francisco Ramírez, después asesinados. Creamos un movimiento cívico para las elecciones municipales de 1980. No nos eligieron, pero quedamos picados por la política. En esas estábamos cuando surgió Luis Carlos Galán y el Nuevo Liberalismo.

Ricardo fue el primero que dijo: disolvamos este movimiento y trabajemos con Galán. El 10 de noviembre de 1981 escribió un pronunciamiento de adhesión que salió por la radio. Julio Villazón, el hombre de Galán en Valledupar, resultó ser familiar de Ricardo y pronto terminamos en campaña. Fue una experiencia extraordinaria que conmovió a Ricardo. Se desempeñó a fondo sin subir a las tarimas ni salir en las fotos.

Invitamos a Galán a Valledupar y el 16 de enero del 82 hicimos una manifestación histórica en la Plaza Alfonso López porque nunca antes se había llenado por obra de políticos que no fueran los liberales y conservadores tradicionales. Consuelo Araújo Noguera (La cacica) reseñó el evento en su columna de El Espectador y dijo que mi discurso había sido de antología. Lo que no sabía era que ese discurso lo escribió Ricardo, que es familiar de Consuelo. Nos convertimos en la izquierda del Nuevo Liberalismo.

Ricardo se conoció con Galán en el Hotel Sicarare. Quedó impresionado. Me dijo: Este hombre tiene madera. Con él vamos a incidir en la política nacional. Luego conoció a Rodrigo Lara Bonilla, quien le dejó mejor impresión. El jefe de esto debería ser Rodrigo Lara, decía Ricardo. Duramos dos años ayudándoles hasta que empezaron a vincularse con caciques políticos tradicionales. Ricardo comenzó a decepcionarse y nos influía a los demás. Terminamos rompiendo con Galán en una decisión que todos lamentamos.

En 1984 se nos unió Rodolfo Quintero, otro amigo brillante con el que decidimos reactivar nuestro movimiento cívico bajo el nombre de Causa Común. Entonces apareció el proceso de paz de Belisario Betancur con la guerrilla de las Farc y llegó la opción de la Unión Patriótica. El gobierno ofreció todas las garantías y las Farc nos enviaron por correo propaganda de la UP en sobres de manila. Eso nos asustó, estábamos convencidos de que la guerrilla dejaría la lucha armada. Ricardo nos reunía y nos decía: hay que prepararse, hay que estudiar, no podemos salir hablando güevonadas. Exigía mucho.

En junio de 1986 volvimos a llenar la Plaza Alfonso López con el candidato presidencial Jaime Pardo Leal. A él también lo conoció en el Hotel Sicarare, junto a José Antequera y a Braulio Herrera. Luego La Cacica invitó a su casa al vocero regional de las Farc, Adán Izquierdo, para que nos explicara qué era la UP. Allí estuvo Ricardo Palmera, conociendo por primera vez a un comandante guerrillero. Le hizo muchas preguntas sobre sus pretensiones políticas y si era definitiva la decisión de dejar las armas. Teníamos amigos que simpatizaban con el M-19. Ricardo admiraba a Jaime Bateman, pero desconfiaba de ese movimiento.

Una semana después del lanzamiento de la UP en Pueblo Bello empezó la violencia que marcó nuestras vidas. Fueron asesinados dos campesinos que dieron albergue a delegados de las Farc. Fue el primer golpe contra nosotros pero seguimos. Salí elegida concejal. En abril del 87 asesinaron al concejal de Becerril Toño Quiroz, amigo nuestro. El Ejército empezó a advertirnos que si no dejábamos la UP nos la cobrarían.

En julio vino el momento definitivo, el día del paro del nororiente. Ocho mil campesinos se tomaron la Plaza Alfonso López reclamando ayuda del gobierno. Nos apoderamos del paro que duró cinco días. Ricardo cada vez estaba más enfurecido por la intimidación de los militares. Qué difícil es hacer uso de la democracia en este país, alegaba energúmeno porque rodearon la plaza con soldados y tanquetas. Una semana después mataron al abogado José Ramírez, el amigo con el que más discutía Ricardo y quien había estado en la comisión negociadora de la protesta. La siguiente iba a ser yo.

Pasamos del miedo a la rabia. Ricardo maldecía a la clase dirigente del Cesar. Así cómo íbamos a hacer política. Esos días marcaron su decisión radical. Hicimos un último intento reuniéndonos con liberales y conservadores, pero no sirvió de nada. Yo le dije a Ricardo que me iba de Valledupar y él estuvo de acuerdo. Estaba embarazada y salí con mi esposo. Ricardo se despidió y me dijo que probablemente él también se iría. Quedó en veremos un proyecto de universidad privada que teníamos. Varios de nuestros amigos le decían que la única opción que quedaba era la lucha armada. Ricardo no les decía nada.

A los ocho días el que cayó fue Marcos Sánchez, un abogado de Santa Marta al que Ricardo consideraba más brillante que Bateman. Se lo había presentado Clementina Cayón, la mamá del entonces comandante del M-19. Ricardo quedó destrozado. Sin embargo, no se fue hasta el día en que yo lo llamé desde Bogotá para darle una noticia terrible. José Antequera me citó a la sede de la UP y me mostró una lista de los próximos que serían asesinados en Valledupar. Estaba incluido Ricardo Palmera. Lo llamé y le dije: Acabo de saber que te van a matar a ti y a nuestros demás amigos. Por favor avísales a todos que hay que dejar la ciudad. Él sólo dijo: OK, gracias por la información. Nunca más volví a hablar con él o a verlo. Después supe que les dijo a los demás que no iba a dejarse matar pero tampoco iba a huir. Si nos van a dar plomo, si esa es la alternativa que nos dejaron, yo también soy capaz, les comentó. Si él no se va, estaría muerto. De eso estoy segura. Todos los que se quedaron fueron asesinados, el último el año pasado. Cayeron 13 de nuestros amigos.

En junio de 1988, cuando salí exiliada, me confirmaron que Ricardo estaba en las Farc. Ya había citado a la dirigencia política del Cesar a la Serranía del Perijá. Yo vivo porque me exilié en Suecia. Lamento que un hombre de esa calidad haya tenido que optar por una decisión tan difícil porque en la vida política legal hubiera hecho mucho por el país. Que sea juzgado, sí, pero que también haya justicia para nuestros muertos. Hoy le digo que lo respeto y que sé que así sea desde la cárcel puede aportarle mucho a la solución de los problemas de Colombia”.

*Texto publicado originalmente en la revista Cromos hace diez años.

 

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